Palabra de fantasma

por Jorge Salazar

No, no creo que el libro, La ópera de los fantasmas, sea una crónica detallada de lo que ocurrió en el Estadio Nacional la tarde del 24 de mayo de 1964. Mi intensión ha sido otra: narrar el pavor, la muerte, la esperanza y la complejidad misteriosa que conlleva el haber nacido peruano. Mestizo. 

Para mí, escribir y vivir es la misma cosa; de allí que a veces me sea tan difícil diferenciar lo imaginado de lo vivido. Confundo a menudo mis sueños con mis deseos. 

Ahora bien, a mí me arrojó mi madre en el Perú, y el Perú me arroja temas en el rostro, me los regala. Me pregunto a menudo: ¿Qué debo hacer yo? Respondo a medias: calar hondo, combinar pasión con lucidez, no tener miedo; esto es lo que me digo. Escribo. 

Me nacen necesidades; narrar acerca de la gente que conocí y que me transmitió su odio o su amor. Su temblor o su fuerza. Su vida y su muerte. Tengo pasión por todo lo que me toca de cerca, ya sea para herirme o para amarme. Y me vuelvo a preguntar: ¿Esa violencia en el amar y en el odiar, dios mío, de dónde viene? La muerte de inocentes, la desaparición física de los hombres a manos de otros hombres, es estremecedora. 

Pero también conmueve profundamente que, en medio del caos mortal, hayan seres capaces de reanimar a los medio-muertos. Hombres, peruanos dispuestos a darlo todo por trasmitir su pasión por la vida, por la libertad. 

No, la verdad es que no se trata de un gesto de soberbia. Tampoco, como en la hora en que nacieron estos textos, estoy inmerso en algún personal combate con sombras tercas. Un amigo muy querido, Max Hernández, me enseñó el camino para escapar de las contradicciones y los espantos. Ahora sé que soy lo que he ido siendo; no lo que fui, ni tampoco lo que aparento ser. 

Es por ello que estos personajes, construidos con la misma sustancia de la que están hechos los seres humanos, vuelven. No para morir nuevamente, sino para demostrar que en este doloroso país nuestro, dos y dos no siempre son cuatro. Vuelven para decir a gritos que hay espacios –los estadios, las universidades- que deben ser preservados del daño, la violencia y la muerte. 


Miraflores, mayo de 2008