Jorge Salazar: Mirarse en el espejo


Por Roland Forgues

(Lima, 1983)

¿Crees que la situación acomodada de tu medio familiar y social han influido de alguna manera en tu decisión de hacerte escritor primero y luego en la orientación de tu narrativa?

Yo pienso que sí, porque la infancia nos marca a todos y particularmente aquí en el Perú. La infancia en el Perú es una etapa de silencio. Porque ésta –por lo menos la que me tocó vivir a mí- es una sociedad patriarcal, conservadora, donde los viejos mandan y los hijos callan. En el tipo de familia donde yo he vivido; la figura del padre es la figura central de toda la problemática familiar.
Yo creo que la infancia es un momento terriblemente receptivo y cuando uno ha tenido que guardar silencio durante tanto tiempo, llega otro momento en el que no puede dejar de hablar. Llega un instante en que todo lo que has acumulado con tu sensibilidad, tienes que volcarlo. Hay que reconocer que a veces algunos temas, algunos personajes te sirven para enmascarar al niño ése que éramos en la infancia que, desgraciadamente, ya no somos. Pero por ratos, este niño aparece y desaparece como un cuento de brujos.


¿Dónde naciste exactamente? ¿En la misma Lima o en las afueras?

Yo nací en Chosica, un pueblo serrano junto a Lima, a unos cuarenta kilómetros. Evidentemente soy de la provincia de Lima, pero Chosica conserva algunos hábitos provincianos. Cuando me integro a la ciudad de Lima el choque es tremendo. Porque la vida del pueblo gira en torno a la plaza y al parque. La violencia es mínima comparada con la de Lima. No hay más que una sola calle principal por la que pasan todos los carros que van a Lima o vienen de Lima. Chosica es un lugar acogedor con un río, con un paisaje agradable, donde todos nos conocemos, donde no hay robos, donde no se habla de política y donde fundamentalmente no llega la muerte bajo ninguna de sus formas; pareciera que todos se fueran a morir a Lima.


¿En qué momento y cómo despertaron tus afanes de ser escritor?

Mira, todos los días me estoy preguntando eso. Sin duda hay varias respuestas, pero resulta que de niño, como todos los niños, me enamoré de una niña de seis años. Yo tendría siete, y no encontraba las palabras para dirigirme a ella. Entonces iba a la casa de mi tía Clara que tenía en su biblioteca libros de Chocano, Verlaine, Becquer. Yo cogía esos poemas, los transformaba a mi manera y se los dedicaba a la niña.
Luego, a veces tenía ganas de mentarle la madre a mi papá o de protestar. Por ejemplo, yo iba a un colegio de curas. Nos decían que no había que mentir, que había que amar al prójimo, y cosas por el estilo. Y veía que todos hacían lo contrario. Te hablaban de la libertad  y en el momento que tú querías ejercer esa libertad te mandaban a la cama o te mataban a golpes. Y al no poder hablar entonces tenías que escribir lo que sentías. Es un poco por eso que soy escritor. Creo que ahí comenzó todo.


Entonces para ti era, por una parte, expresar tu impotencia y por otra, tu inconformidad. ¿Pero cómo consideras hoy tu rol de escritor?

Hoy en el Perú yo creo que el papel del escritor es un papel de testigo que es la única manera de contribuir a que algunas veces este país tenga una verdadera identidad. Como intelectuales, como escritores, o como gente que maneja la palabra o está cerca de la cultura, nuestro deber es contar lo que hemos vivido. Porque este país una historia que es un poco la leyenda negra de España, mezclada con la leyenda blanca o azul del incanato y con la leyenda del imperialismo. En este país la historia ha sido escrita por los conquistadores, nunca por los testigos.


¿Quieres decir que nunca ha sido escrito por los verdaderos actores de la historia, esto es por los vencidos?

Sí. Yo me imagino por ejemplo si le hubiesen hecho una entrevista a Jesús de Nazaret hubiéramos tenido una idea mucho más clara de la religión, de su historia, de lo que comía, de lo que padecía, etc. Aquí la historia ha sido escrita fundamentalmente por los gobiernos o los políticos de turno en base a sus concepciones ideológicas. Y me pregunto: ¿Esto es la historia? Y respondo: No. La historia no es otra cosa que la vida de todos los días, la vida cotidiana. La historia no es solo la historia de batallas, es también lo que comemos, lo que dormimos, lo que vivimos todos los días.


Esto es lo que ya decía Miguel de Unamuno con el concepto de intra historia…

Exacto. Por ratos yo me siento un poco unamuniano. Definitivamente yo escribo para enseñar experiencias vividas. Por ello hay una mezcla de mis problemas con los del Perú y a veces no sé diferenciar lo que me ha ocurrido a mí y lo que le ha sucedido al Perú. Pero esto no me importa. Lo único que me interesa es que a los otros no les pase lo que a mí. Que encuentren un camino en el pasado.


¿Qué tipos de huellas ha dejado en ti la educación cristiana que recibiste en tu juventud?

Yo creo que hoy día me he limpiado, me he lavado de esa educación. Y les tengo una profunda desconfianza a las instituciones religiosas. Sin embargo, la educación cristiana despertó en mí el interés, la curiosidad de querer llegar a conocer quién era la figura de Jesús de Nazaret. Se desvirtuaba tanto esta figura que hace diez años que estoy trabajando en una novela sobre Jesús para presentarlo tal como fue. Me parece fascinante el tema, porque vuelvo a analizar las cosas con otra visión. Este es el lado positivo de la educación cristiana. Pero tiene también su lado negativo, y es que yo no quiero, por ejemplo, a las mujeres peruanas que ofrecen una serie de cosas como la virginidad, que para mí no tiene ningún valor.


¿Por eso te has casado con una alemana?

Probablemente. A veces intento tener relaciones con peruanas, pero es imposible porque la carga de la religión cristiana en ellas es tremenda. Aquí la religión, desgraciadamente, ha marcado mucho las relaciones entre parejas. La idea de felicidad es trasladada siempre a otro mundo. El cielo, el paraíso y todas esas cosas para mí no existen sino en esta vida. Yo no espero morirme para ser feliz. Este es evidentemente mi divorcio con la religión. Todas estas cosas me marcaron tanto que yo acabé siendo comunista. Pero después de matricularme en el comunismo me di cuenta de que simplemente había cambiado de iglesia.


¿Ya no crees en el comunismo?

No. No creo en ninguna iglesia. Te estoy hablando de cuando tenía veinte años: fui militante comunista; he peleado, he participado en acciones subversivas; porque creía un poco que así se iba a crear el paraíso en la tierra; creía en el paraíso rojo, hoy día, no.


Se notan en tu narrativa una fuerte influencia de la cultura europea y una gran admiración por Francia. ¿A qué se deben?

Te hablaba de dogmas refiriéndome al mundo de la iglesia, del Vaticano. A este imperio se opone la razón de Descartes. Yo creo en la razón; de ahí viene mi admiración por Francia. Además ser culto en este país, ser libre, significa ser afrancesado y no me da vergüenza. A mí Francia me proporciona una salida a la sin razón. Evidentemente hay un choque entre Roma y París y definitivamente yo me quedo con París.


Justamente, desde las primeras líneas de tu novela “La ópera de los fantasmas”, haces una comparación entre el palacio de Versailles, “orgullo de Francia”, según dices, y el estadio Nacional de Lima, inaugurado por Odría, “orgullo del Perú”, como agregas un tanto irónicamente. ¿Se debe ver en esa oposición Cultura-Juego, el símbolo de la oposición Libertad-Alienación?

Yo no lo hice con esa intención. Pero ahora que tú lo dices, si me pongo a pensar, creo que evidentemente hay algo de eso. Hay también una comparación con nuestro Versailles de la Plaza San Martín que tú conoces, donde se reunía la flor y nata de la intelectualidad sanmarquina de mi generación, y en general de la intelectualidad peruana porque Lima en aquella época todavía era el Perú. Entonces, pese a que considero que la cultura no es patrimonio de los razonables, pero sí es necesaria, fundamental, el hecho que nos reuniéramos en nuestro Versailles te muestra que para nosotros Francia representaba el súnmun de la cultura contemporánea. Pero yo marco en mi libro la diferencia que hay entre el Versailles francés y el Versailles limeño, que es más francés que el verdadero Versailles. Y por supuesto, es mi manera de burlarme un poco de todo esto, de ridiculizarlo, porque nuestro Versailles de la Plaza San Martín era en aquel entonces lo que hoy día es el Haiti de Miraflores.


Y al respecto, ¿puedes hablarme de tu manera de apreciar el humor que desempeña un papel importante en tus libros?

He aprendido a ser irónico. Antes, era un tipo muy serio, pero después descubrí que una de las cosas más terribles que nos puede pasar es no reír. Llorar o lamentarnos sería lo más fácil en un país en que los diez mil años de historia son diez mil años de esclavitud, diez mil años de levantar piedras sobre piedras. Porque Machu Picchu y toda la putamadre fue llevado a hombros, con millones y millones de muertos. A mí me produce cierto temblor saber que no existía la rueda y el caballo. Y cuando la gente admirada pregunta: ¿cómo hicieron para construir estos monumentos? Yo respondo: con sangre, con sangre, con mucha sangre.


Esto lo refieren los cronistas Guamán Poma de Ayala, Cieza de León, Morúa y otros cuando nos hablan de las famosas “piedras cansadas”…

Sí, a mí esto me duele mucho. Ahora bien, si me pongo a llorar por eso y por lo que nos ocurre todos los días, me jodo. Yo creo que hay un remedio: reír y hacer reír. Pienso que mañana va a ser mejor y que hay que estar entrenado para la alegría. Para saber de qué se trata. Tú has notado que entre mi primera novela y “La ópera de los fantasmas” he dado un salto. El primer libro es triste, ácido y el segundo es más irónico.


¿No crees que ese salto traduce, al fin y al cabo, una especie de escepticismo como si te sintieras realmente impotente frente a la realidad?

Yo soy escéptico, pero sigo teniendo sueños. Es cierto que me siento impotente frente a la realidad pero, de otro lado, estoy unido al futuro. Porque sé que hoy en día el Perú no se acaba con ese régimen conservador, ni con Sendero Luminoso, ni con las masacres de indios o como fuera. Este es un país que ha dado pruebas de fuerza, de energía, de sabiduría. Este es un país de artesanos maravillosos, de artistas que han hecho grandes cosas. Entonces algo de eso hemos heredado. Creo que al final vamos a ganar quienes creemos que al comienzo y al último de todo está la vida. Yo me burlo y me río de mi propia muerte o de la mis compañeros.


Justamente tu primera novela Piensan que estamos muertos, escrita en colaboración con Alaín Elías y publicada en 1976, es una novela testimonial sobre la época de las guerrillas y la muerte de tu compañero y amigo Javier Heraud. ¿Podrías hablarme un poco de tu propia participación en el movimiento guerrillero?

Sí, pero para esto tengo que remontarme un poco a la época de mi infancia, a la educación rígida que recibí en el hogar. Como te conté mi padre era un tipo muy especial que quería hacer de mí una especie de lord inglés. Entonces decía que desgraciadamente lo teníamos todo y que no íbamos a sufrir como él.
Así que durante las vacaciones me mandaba fuera del país, generalmente a Estados Unidos o a Europa. Y ¿Qué pasó? Que yo nunca conocí el verano en mi país. Mientras mis amigos se estaban bañando en las playas, yo me estaba cagando de frío en San Francisco o Nueva York. A veces mi padre me mandaba hasta Reykjavik, a Islandia, a Escocia, a Berlín. Me mandaba a la putamadre para que me haga hombre.
Cuando volvía al colegio yo tenía menos frío que mis compañeros, físicamente estaba mucho más preparado, pero estaba un poco aislado. Además cuando entré a la Universidad yo me había divorciado de mi familia. Entonces ¿Qué ocurrió? En el grupo yo encontré una verdadera familia –esto lo sé ahora- porque además daba la casualidad que muchos habían sido compañeros míos en el Santa Rosa de Chosica.
Nosotros crecimos al lado de la Revolución Cubana y cuando Fidel entra a La Habana vemos que por primera vez es un movimiento en el cual son jóvenes quienes toman el poder y provocan un cambio total en el país. Y nosotros cuando nos lanzamos a la guerrilla teníamos más o menos la misma edad de esos jóvenes cuando iniciaron la gran aventura del Gramma.


Pero sin duda me figuro que hubo otras motivaciones más profundas que la de la proximidad de edad que los impulsaron a tomar las armas. ¿Cuáles fueron?

Nosotros somos los elegidos, repetíamos. Fidel Castro había dicho que había que convertir los Andes en una inmensa Sierra Maestra; el Che decía que había que escuchar la voz de la Revolución. Entonces nosotros nos enrolamos en el Partido Comunista, porque creíamos que el partido iba a hacer la revolución. Nosotros éramos marxistas y teníamos cierto nivel de conciencia porque la mayoría habíamos estado en Europa y en Francia. La gran mayoría era gente, pues, con un nivel cultural y político muy alto por contacto permanente con la cultura europea y también por extracción de clase, clase media acomodada o alta.


Hablas de la importancia que tuvo la cultura europea en tu compromiso con la Revolución, así como en el de tus compañeros. ¿A qué tipo de cultura europea te refieres exactamente?

Me refiero sobre todo el existencialismo, que era para nosotros pan de cada día. A Sartre lo leíamos tanto como cualquier joven francés. Y la lectura de Sartre, por supuesto, nos motivaba para entrar a la acción revolucionaria. Además como te digo, éramos una gran familia. Y cuando se funda el movimiento insurreccional nosotros respondemos presente, porque era disparar contra nuestra propia familia, contra nuestros hogares, encontrar nuestra propia identidad negada en la infancia. Había en nosotros una forma de mesianismo por difundir las opciones marxistas, pero en el fondo, hay que decirlo, no teníamos nada que hacer en las guerrillas.  Conocíamos mucho más a Marx que nuestra propia realidad, quizá sea una explicación.


Participaste en varias acciones de asaltos a bancos que se dieron en aquella época para apoyar el movimiento guerrillero. ¿Cuál fue tu rol exactamente? Y ¿cómo juzgas hoy día tu pasada militancia revolucionaria?

Esta es una faceta de la lucha a la que he entrado y mi rol era el que le correspondía a un dirigente. Pero considero que estas acciones no fueron más que manotazos de gente desesperada por una u otra razón. Yo reconozco mi papel directriz pero hoy día a veces me arrepiento porque me doy cuenta que yo no tenía nada que hacer con todo esto. Hubo mucho de desesperación en todas nuestras acciones. Mi participación política fue una participación desesperada en busca de calor, de amistad y también de muerte, porque había detrás de esto una vocación suicida. Como no podía vivir en este país, entonces me decía: preferible morir. Había en mí, como en mis compañeros, un poco de esa cosa de la Pasionaria: “Mejor morir de pie que vivir de rodillas”, ¿no? Entonces realizamos una serie de acciones descabelladas de las cuales yo, hoy día, me río simplemente. Forma parte de una historia que parece no fuera mía.


Entonces parece que hubieras cambiado mucho desde aquella época. ¿Qué es lo que motivó este retroceso en tu actividad política? Me has dicho por otra parte que te sentías comprometido con la transformación de tu país pero, ¿cómo participas tú en la lucha por esa transformación?

Yo desde que me retiré de la escena política me he dedicado a escribir. Tengo miles y miles de artículos escritos. Diría que soy uno de los cronistas más prolíferos de este país. Trabajo en “Caretas”, soy corresponsal del “Spiegel” de Alemania, escribo para “Vanguardia” de Barcelona y para “Cambio 16” de Madrid. Yo creo que solo he cambiado en apariencias y que sigo siendo fundamentalmente el mismo. Mis escritos hablan.
Pero ahora estoy trabajando para  vivir sueños pero de manera más madura. Creo que uno de los grandes vacíos peruanos es la verdadera motivación para dedicarse a lo que se elige, como ocurre en la política.
Para ser escritor, putamadre, necesitas una capacidad de abstracción, de conocimiento de ti mismo que es la cosa más difícil, más dura; tienes que estar alerta, tienes que aprender a ayunar en todos los sentidos, a hacer sacrificios. Cosas que no quieren hacer los políticos en este país.
Para ser político en este país no se requiere nada. Cualquier canalla, cualquier hijo de puta puede ser político. Eso aprendí, también que cuando haces política, estás expuesto a qué cualquier hijo de puta te haga una putada y que acabes convirtiéndote en un canalla. Por eso abandoné la militancia. Por eso salí de la política para dedicarme a escribir.
Ahora no tengo nada que hacer con la política partidaria, pero sí me interesa el destino de mi país y me siento comprometido con escribir lo que siento de mi país.


Tu segunda novela “La ópera de los fantasmas”, publicada en el 80, es también una novela testimonial. Parte de un hecho concreto, la masacre ocurrida el 24 de mayo de 1964 en el Estadio Nacional de Lima con motivo del partido de fútbol que disputaban el Perú y Argentina para concurrir a las olimpiadas de Tokio. Pero este suceso no me parece más que un pretexto para denunciar el orden burgués. Dicho con otras palabras, creo que esta novela es fundamentalmente una novela política y social que nos presenta una reflexión sobre la historia y sus consecuencias. ¿Qué te parece?

Totalmente de acuerdo contigo y me alegro de que hayas visto que mi novela sólo era un pretexto. Yo simplemente como periodista asistí a ese acto. Entonces me gasté una verdadera fortuna reuniendo todas esas fotografías que no se publicaron, publicándolas para que la posteridad, o quien quiera, las viera y comprendiera lo que significó Belaunde.
Yo he hecho algo que no han hecho los políticos: es mostrar con la publicación de estas fotos que este señor Belaunde ha presidido los gobiernos de masacres del Perú… Sólo la conquista hispánica había llevado tanta muerte al habitante del Ande. Casualidad o qué sé yo, el actual Presidente del Perú simboliza al Ángel Exterminador… ni Santiago, ese apóstol matamoros y mata indios, había conseguido un exterminio tan puntual. Y la izquierda, esta izquierda en la que yo militaba, fue incapaz de elaborar un documento serio para denunciar los crímenes que se cometieron bajo el gobierno de este señor.


Concretamente, ¿fue por esta razón que dejaste de militar en la izquierda?

En parte sí. Yo me he retirado de la militancia porque me he sentido defraudado, engañado. Entonces sentí que me había equivocado y quise empezar de nuevo. He empezado de nuevo un poco tarde, pero creo que bien, porque todas mis experiencias políticas me proporcionan un material importante. Y hoy día me siento con la suficiente capacidad de elaborarlo. Además yo siempre he tenido la vocación de escritor y todos mis amigos te pueden decir que cuando yo militaba tenía un cajón donde guardaba documentos que puedo utilizar hoy día.


Dices que fundamentalmente no has cambiado, pese a que has dejado de militar en la izquierda. Sin embargo trabajas en Caretas que es una revista de derecha y pro-gubernamental; es decir una revista que apoya a este señor que simboliza, según tu propia expresión, al Ángel Exterminador ¿No te parece un tanto paradójico todo esto?

Es cierto que trabajo en una revista muy cerca del poder, pero yo no como en la mesa de mi patrón. Yo trabajo y punto. Además, en este país –y en esto hay que ser claros- cierta derecha tiene por los intelectuales, por los escritores, por los artistas, un mayor reconocimiento que cierta izquierda, digamos más o menos oficial. Más aún te diré que el único sitio donde me han censurado en mi trabajo ha sido en la revista Marka que yo contribuí a fundar. Entonces me salí de la revista Marka.
Donde yo voy a trabajar, exijo poder decir lo que quiero, sino no entro, porque yo tengo medios suficientes para subsistir, para vivir más o menos con dignidad. Además prefiero morirme de hambre a no hacer lo que a mí me guste, a no decir lo que yo quiera.


¿Cómo se dio en ti ese proceso de independencia al cual te estás refiriendo?

Se dio a raíz de mi matrimonio, de conversaciones con algunos amigos, como el psicoanalista Max Hernández, de discusiones con otros escritores, del aliento de algunos compañeros míos. De modo que entré en un proceso de soledad que me hizo una suerte de fortaleza. Al darte cuenta de que no tienes familia, no tienes partido, no tienes país y toda la putamadre, y de que solamente te tienes a ti, te compras un espejo. Así cuando te despiertas en la noche y tienes miedo porque estás solo, y tienes ganas de suicidarte porque estás solo, entonces el espejo te sirve para mirarte y ver que no estás solo, sino que estás contigo. Eso hago: me miro en el espejo. Yo vivo con mi espejo y me he acostumbrado.
Ya no necesito a nadie.


Me parece que hay mucha frustración y desengaño en semejante actitud. ¿Estás de acuerdo con tu personaje Antonio que dice mirando la estatua de San Martín: “a los libertadores hay que mirarlos con cautela. Los libertadores siempre terminan por someter a los que liberan”?

Totalmente. Mira, hoy día estoy preparando un número especial de Caretas sobre Bolívar con motivo del bicentenario de su nacimiento. He reunido y leído un montón de trabajos y la conclusión que saco es que en Bolívar, el famoso libertador de América, está el primer germen del dictador latinoamericano. Y esto hay que decirlo. Porque Bolívar es el primero que comienza a partir países y regalárselos a sus generales, a sus favoritos. Y esto no lo dice nadie. ¿Por qué? Porque si tú lo dices, entonces se va picando la embajada de Venezuela y ya no te va a vender petróleo.
Detrás de la imagen que tienen los libertadores, en especial Bolívar y San Martín, hay el germen de todas las dictaduras posteriores. Libran batallas, se reparten el país, hablan de panamericanismo y se quieren coronar emperadores. Son una especie de Napoleón en borrador, tal vez por su afrancesamiento. Al final parece que el poder es un mecanismo que atrapa a mucha gente.
Sin duda que los libertadores nacieron con grandes deseos de libertad para ellos y para todos; pero , al final, acaban por oprimir. Ocurre lo mismo con Pérez Jiménez, con Odría, con Velazco. Yo no les tengo ninguna confianza.


En otra página de la misma novela escribes “Para que se terminen las desigualdades no se necesita mucha inteligencia, solamente los brazos y las manos de los trabajadores. ¿Por qué no te callas? Para realizar la Revolución no se precisan tantas ideas y tanta poesía, lo que hace falta son armas, fuerza, lo que importa es la primera parte de la lucha, es la victoria como sea. ¿Por qué no te callas? No puedes tener aplastadas las nalgas sobre la silla. Hablando como hablas no se resuelve nada. Miles antes que tú han pensado así, y ¿qué tenemos? Nada.” Y concluyes: “Nadie borra la ley que los siglos de esclavitud grabaron sobre nosotros. Ni los poetas”. ¿No te parece algo pesimista esta visión de la Historia?

Yo te diría que no es una visión pesimista, es simplemente una visión real, dura, áspera, pero real. Yo no creo evidentemente, que la libertad se consiga porque uno de estos generales de los que hablamos antes, o sea San Martín, proclame desde un balcón: “El Perú es libre e independiente”. La esclavitud es una enfermedad que no se va a curar de la noche a la mañana, y menos aún por decreto o través de la poesía. Este país de una manera o de otra, debería tener un largo periodo de recuperación, como una larga convalecencia.
La esclavitud no se va a poder borrar porque tome el poder Sendero Luminoso o porque venga Fidel Castro. Hoy día lo sé porque visito Cuba y veo que, a pesar de veinticinco años de Revolución, Cuba todavía no logra un standard de confort para todos. ¿Por qué? Yo creo que es la marca anterior, porque los cubanos de hoy no son los cubanos que conocí, son los hijos, pero los hijos que tienen toda la herencia ancestral. Y eso que Cuba es un país infante frente a la tradición de esclavitud que tenemos nosotros. Ya hemos hablado de esa cosa tremenda que fueron las “piedras cansadas”.


Pese a todo esto, destaca de las páginas finales de tu libro cierta esperanza cuando dices por ejemplo: “Y nuestra lucha, princesa de mis sueños, consiste en tomar por asalto a la tristeza y hablar, gritar, gritar por los que nunca tuvieron voz”. Piensas que el escritor debe ser el portavoz de su pueblo?

Yo creo que sí. Hemos hablado de Europa, de París; de Estados Unidos. Pero, carajo, ¿qué soy yo? Si me quitase este blue jean y esta mierda de seda y me pusiese un poncho, yo podría ser un indiecito de Huancavelica o de otro lugar. Yo sé que miles de hermanos míos no pueden hablar aquí y por eso mi tarea es hablar por ellos. Yo tengo que decir aquello que nos es negado a mí y mi pueblo no es otro que ese indio de Huancavelica. Esto lo siento dentro de mí. Lo vivo.


¿Crees en la responsabilidad colectiva del escritor?

No.


Sin embargo afirmas lo contrario en el epílogo de tu novela. Allí escribes entre otras cosas: “Si un hombre tiene la ocasión de contemplar algo extraordinario, como la erupción de una montaña destruyendo florecientes poblados, o el alzamiento de la muchedumbre oprimida por un todopoderoso señor, o la invasión de la tierra patria por un pueblo desconocido y desenfrenado… Quien todo eso viere tiene la obligación de contarlo en un papel…”

Es una responsabilidad que yo me doy a mi mismo y la señalo para quien quiera tomarla, pero no es una obligación. Yo, por ejemplo, soy amigo de Vargas Llosa y soy incapaz de decirle: “Mira, Mario, tu tarea es esta”. La tarea de Mario es la que él se señale. Te digo esto porque tenemos que respetar a los que son individuales. Eso también he descubierto. Yo me fijo mis propias tares y respondo por mis escritos, nada más.
Yo quiero ser útil, sentirme que sirvo para algo. Es la tarea que me he fijado, porque me siento feliz, me hace bien y duermo tranquilo. Es una opción personal. Yo hablo de mí y de mi pueblo jodido. Putamadre, nadie pregunta: “¿Dónde están nuestros muertos?”. Yo lo he hecho con el primer gobierno de Belaúnde y lo sigo haciendo. Esto creo que niega la acusación que me hacen a mí de estar cerca del poder. Pero te diré que no me interesa mucho ser comprendido por los partidos, ni siquiera por las grandes mayorías.


Volviendo a “La ópera de los fantasmas”, es una novela que me parece realmente bien trabajada desde el punto de vista del manejo de la técnica narrativa como la confusión de los tiempos, los cambios frecuentes del punto de vista de la narración, la inclusión del diálogo dentro de lo narrado, que reflejan indudablemente tu preocupación por dar las diferentes perspectivas de la Historia. Pero lo que más me ha llamado la atención es la manera como manejas el humor y sobre todo cómo pareces servirte de ciertos conocimientos de psicoanálisis. ¿Es una opción deliberada de tu parte?

Sí, yo tengo mucha influencia freudiana a través de uno de los grandes discípulos de Freud que es el psicoanalista Max Hernández, un tipo de gran calidad humana. En los últimos años he estado muy cerca del estilo de sus trabajos, he colaborado con él en algunas cosas y él me ha proporcionado una serie de luces acerca de cómo investigar. Entonces lo que has observado con razón en la novela es un poco el reflejo de eso y de mis propias vivencias. A mí la vida se me presenta como una serie de sucesiones de imágenes en distintos tiempos.
Por otro lado, he utilizado el humor en el lenguaje, para hablar de los militares, porque me parece que el lenguaje irónico se adecua mucho más que otro tipo de lenguaje para hablar de ellos. En cambio trabajar este tipo de lenguaje en torno al juez, hubiera sido contraproducente porque hubiera producido una distorsión. De  aquí que hay otro tipo de lenguaje más lineal, más simple cuando se habla de él.
En cuanto a los saltos, los hice para evitar el sensacionalismo, es decir que hubiera podido hacer una especie de novela con sabor a crónica donde se describiera en un capítulo entero la imagen de la barbarie, de la masacre; pero esto hubiera sido un poco sacrificarse a la gran moda, al sensacionalismo. No se trataba para mí hacer un best-seller con fotos, no. Los cambios de tiempos me permiten retroceder un poco a la época de la guerra con Chile, porque yo todavía tengo en la memoria los dictados de mi abuela, de mi padre, del profesor, sobre todo esto porque éste es un país de orden pasadista pero que, al mismo tiempo, a partir de los años cincuenta, ha sufrido un gran cambio. Yo he querido reflejar un poco todo esto.


Entonces, se trata simple y llanamente de traducir la historia en todas sus dimensiones, incluyendo las de la vida cotidiana de las que ya hemos hablado, ¿no?

Exacto. Yo he querido retratar cómo me llega a mí la historia, es decir la vida. Nunca llega completa porque estamos hablando por ejemplo de un partido de fútbol y, de repente, se interrumpe la conversación porque llega la noticia de un matrimonio dada por algún vendedor de periódico o de suerte. A la misma hora en otro lugar alguien se esta muriendo de hambre o preguntando por algún familiar que tiene en el Frontón. Entonces cada uno tiene su propia historia y su propio lenguaje, pese a que convivimos aparentemente en el mismo país. Y mi novela es una novela quebrada porque pretende reflejar todo esto.
Yo siempre tuve duda de que la novela fuera legible por los demás. Pero, finalmente, ha tenido suerte y se ha difundido muy bien después de haber ganado el Premio Casa de las Américas. Esto me ha dado seguridad para empezar otros trabajos.


¿En la misma línea de creación, o abarcando otros horizontes?

Los dos. Estoy trabajando algo del mismo estilo entre la historia y la cotidianidad, el pasado y el presente, pero ya no a nivel de masacre. Lo que quiero reflejar es lo que hemos vivido, un poco el Perú contemporáneo.
En este país se podría poner un epitafio general que diría: “Pasaron por la vida y no se dieron cuenta”, y yo quisiera que se me pusiese: “Pasó por la vida y se dio cuenta”. Que me di cuenta, con mi lenguaje, con mi locura, pero me di cuenta. Además tengo la impresión que me di cuenta porque sé, carajo, que he tenido suficiente plata, la oportunidad de educarme y de estudiar. Entonces esto me implica una deuda con la vida, porque esta oportunidad me la ha dado la vida y nadie más. Entonces hay que pagar la vida para que nuestros muertos no mueran tanto, o no mueran tan de improviso. Ya no es solamente tiempo de morir sino de vivir. Esto es lo que me empuja a escribir.


Entonces escribir para ti es fundamentalmente un acto de conciencia. ¿En qué condiciones te pones a escribir?

Por el momento estoy bastante atareado con esto de la revista y no escribo en las condiciones que yo quisiera. Pero estoy trabajando para conseguir mejoras y espero, a partir de este libro que estoy trabajando, obtener contratos más ventajosos, lo cual me permitiría escribir más.


¿Sobre qué está tratando el libro que estás escribiendo ahora?

Es sobre un crimen ocurrido en 1944, un crimen que dicen que cometió un japonés. Fue uno de los casos policiales más sonados del país. Dicen que este japonés mató a su hermano, al socio de su hermano y a toda su familia. Pero esto se da en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, en la época de Hiroshima _esta familia era justamente de Hiroshima-, en el contexto de la xenofobia desatada por el fascismo peruano desde los años treinta contra los japoneses. Parece que el fascismo ha necesitado un elemento racista para descargar su odio; en Italia fueron los etíopes, en Alemania los judíos,  y acá los japoneses. Aunque parezca una contradicción, el  gobierno fascista del Perú declaró la guerra al Japón, otra  potencia fascista.


No me parece tan contradictorio porque la persecución de los japoneses tiene sin duda causas profundas que se enraízan en la misma historia socio-económica del Perú de los años treinta y de los años posteriores, momento en que los japoneses empiezan a tener situaciones bastantes florecientes y envidiables, especialmente en el comercio.

Exacto. Los japoneses tenían situaciones florecientes fundamentalmente en cultivos arroceros en el norte donde habían traído técnicas de agricultura superiores. Entonces los japoneses tenían cinco veces más tierra que los peruanos y las hacían rendir diez veces más. Entonces la burguesía peruana echó ojo a cómo apropiarse de esto.  Y ¿qué  mejor cosa que declararle la guerra al Japón, coger a todos los japoneses del país y mandarles a un campo de concentración a Estados Unidos? Así se forma la naciente burguesía  que llega con Prado.  Y los japoneses empezaron a vender sus cosas, a entregarlas a testaferros peruanos, y mi padre era uno de ellos, porque era funcionario del gobierno de Prado. Yo, en mi infancia, me preguntaba lo que hacían esos japoneses en mi casa, a qué venían; siempre nos traían regalos inmensos. En realidad buscaban el apoyo de las autoridades para protegerse. Esto se produjo a gran escala. E incluso después del bombardeo de Pearl Harbor, el gobierno de Prado empujó a la población limeña a que saquee los comercios de los japoneses. En fin, una cosa terrible. En ese contexto se da el asesinato del que te hablo.


¿Qué tipo de satisfacción te procura escribir?

Para mí escribir es todo. Me produce alegría y tristeza. Pero cuando escribes terminas en un dios, porque creas mundos que te reemplazan toda aquella cosa que ya no tienes, o en la que ya no crees, como decíamos cuando hablábamos de religión.


Y esa relación entre el escritor y su creación, ¿piensas que se da también entre el creador y el lector?

En esto, yo tengo experiencias muy concretas e increíbles. A veces yo salía del diario Expreso a las doce de la noche, después de terminada mi columna, y me encontraba con una señora que me decía: “¿El señor Jorge Salazar?” Sí, le resondía y ella decía: “Usted ha hablado tal cosa en su columna. Justamente es el caso de mi hijo: se lo han llevado preso. Parece que usted está con los pobres”. De repente la gente me traía regalos. Es increíble el número de cartas que recibí cuando trabajaba en Expreso. Para mí es tremendamente satisfactorio saber que esa gente me entiende, que ven en mí algo de ellos.


Y, ¿cuáles son tus relaciones con la crítica peruana?

¿Hay crítica en el Perú? Yo creo que no hay crítica en este país o si la hay es definitivamente servil porque buena parte de los que pretenden hacer crítica en este país son seres frustrados. Ven las cosas que ellos no pueden hacer y, entonces, intentan destruirlas porque no llevan su nombre.
El arma de los que hacen crítica acá es el silencio porque la mayoría están vinculados a algunas editoriales, a algunas empresas que dan premios, o se encuentran en la cercanía del poder. Mi novela que ganó el premio “Casa de las Américas” aquí la han silenciado. Pero, al final, yo creo que cada uno se defiende con sus obras porque las obras se defienden solas. 


Foto: Daphne Zileri