LA ÓPERA DE LOS FANTASMAS, de Jorge Salazar.


Novela ganadora del premio Casa de Las Américas (1980), luego publicada en Perú en la editorial Mosca Azul (1981), reeditada 30 años después en el catálogo de Proyecto Literal, inaugurando la colección de narrativa Naranja Dulce. La tercera edición de “La ópera de los fantasmas” fue presentada el pasado 7 de noviembre en su lugar de origen (un retorno): Lima.
Una efeméride histórica no comunica ninguna tragedia. En una fecha no se concentra ni el terror ni la tristeza. El verdadero efecto de cierta situación nacional aparece en la intimidad de las ciudadanías, el instante en el que se abre un periódico o se enciende la televisión para enterarse que la cotidianeidad toma otro rumbo (en sí, no experimentamos al cien por ciento la guerra que inició Estados Unidos hace poco, el impacto para los otros países fue el de la imagen de las Torres Gemelas cayendo). En “El niño y el muro”, por ejemplo, se plantea cómo afectó mental y emocionalmente el Muro de Berlín, cuya construcción iniciaba, en la clase trabajadora. Entre las varias escenas y situaciones nos enteramos de la historia del dueño de una juguetería, su esposa quedó atrapada en Berlín Occidental y él vive en la parte Oriental, junto con su hija adolescente. Tiene que lidiar con el despertar sexual de la muchacha, aunque sin conocimiento del lenguaje femenino, por lo que termina comportándose como un hombre conservador a pesar de no serlo.
En el mismo tenor (purgado de las demagogias de Ismael Rodríguez) Jorge Salazar construye un cuadro, entre costumbrista y extravagante. Conviven seres de rubros altamente diferenciados, los “comunes y corrientes” y los de la cloaca, en un Perú minado por la dictadura. No está presente la entidad obscena del político, el tirano no cuenta como personaje. El discurso mediático tiene el poder real sobre la población. Salazar hace intervenciones precisas con slogans publicitarios, creando un contraste entre la herrumbre y el ensueño mediático, y la furia del pueblo no está representada panfletariamente, sino en su dimensión (la verdadera) nimia y trágica. El hecho central es de una simpleza aparente: es un partido de fútbol, los contrincantes son Perú y Argentina y se disputan la victoria para pasar a las Olimpiadas de Tokio. En el segundo tiempo se anula el gol ganador de Perú. La gente protesta e inicia el motín que asciende al nivel simbólico de revolución política, o sea, la gota que derramó el vaso, el momento y lugar equivocado que la gente eligió para explotar. Las catástrofes que precedieron al suceso pertenecen al individuo, a la existencia anónima (un estudiante universitario, una prostituta, un preso) y se entretejen creando un ritmo bastante cinematográfico, paralelo al García Márquez policiaco.
El regreso de “La ópera de los fantasmas” al Perú puede resultar una ironía agria. Si, está basada en una historia real, pero eso es un mero pretexto para la ficción. Aunque el lector avezado puede encontrar coincidencias entre una novela de hace 30 años con el contexto actual de Perú.