Mostrando las entradas con la etiqueta "Los papeles de Damasco". Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta "Los papeles de Damasco". Mostrar todas las entradas

El Evangelio según Salazar

Por Jerónimo Pimentel 



Cristo no murió en la cruz. Se publica “Los Papeles de Damasco”, la nueva novela de Jorge Salazar que inaugura el sello editorial Suma en Lima.

Cinco de las diez teorías más peligrosas del mundo, de acuerdo con el portal www.edge.org –que alberga a buena parte de la élite científica global–, están relacionadas con dilemas metafísicos: la materialidad del alma; la posibilidad de asir racionalmente a Dios; la capacidad de entender el universo; de afrontar que estamos realmente solos en él; y, finalmente, afrontar el hecho de que lo que más abunda cósmicamente es la nada. Para no doblarse ante el horror que provoca la suma de dichas ideas se requiere, en la mayoría de los casos, de un sistema de creencias, que provea de sentido y orientación (algunos le dicen religión). 

Por eso, así como el siglo XIX fue de la máquina y el vapor, y el XX estuvo marcado por la bomba atómica, el XXI será el de la búsqueda espiritual. Lo asegura Jorge Salazar (Lima, 1942), acaso lo más cercano que ha tenido el Perú a un escritor de pos-guerra, mientras ofrece aquello que no puede faltar en un hogar revestido con una biblioteca selecta: buen café. Su jean descolorido coronado por un gorro de AC/DC (para más oscurantismo, ‘Back in Black’) cobija una figura desgarbada de maneras finas, casi anacrónicas en un país que grita cuando quiere hablar y calla cuando debe exaltarse.

Pero Salazar no ha callado nunca, más bien, su obra es una viril reafirmación de la palabra a través de una de las exploraciones más originales que ha legado la segunda mitad del siglo XX peruano. Viril, porque los que escribimos, más allá de cómo nos vaya, nos enfrentamos con nosotros mismos, cuando la mayoría de la gente pasa por la vida y no se da cuenta de nada. Reafirmación de la palabra porque ‘Los Papeles de Damasco’ (Suma, 2006), nueva novela en la que plantea una relectura de los últimos días de Jesús a través de los ojos de un cronista romano, tienen una sola intención, convencer de que cualquier hombre puede curar porque tenemos eso que Jesús tenía, la palabra. Cuando Él dice ‘Levántate Lázaro’ no usa nada más que la palabra y ese es el milagro. Cualquier hombre, si hace un esfuerzo, puede ser como Jesús.

El Código Salazar

A raíz de una luna de miel que lo llevó a Sudán allá por los 70s, entró a un templo –que misteriosamente se parecía al bar La Capilla– donde contempló una inscripción referida a Claudia Prócula, la esposa cristiana de Poncio Pilatos. Despertado su olfato periodístico, la libre asociación de ideas y un poderoso sentimiento infantil (sufría mucho de niño en semana santa y siempre esperaba que viniera el Sétimo de Caballería y Lo salvara) le llevó a investigar acerca de ciertas contradicciones expuestas por la versión católica romana oficial. Como aperitivo, sólo dos: (1) No hay crucifixión de tres horas. La crucifixión es una pena que para la época de Cristo ya tenía 1 600 años, la practicaban los fenicios. Se trata de una pena con tortura, el crucificado tiene que agonizar de 4 a 6 días para que sufra y sirva de escarmiento. 

Por eso no acepto la muerte por crucifixión. Si lo hubiesen querido matar en tres horas lo asaetan, le cortan la cabeza o se lo dan a los judíos para que lo apedreen. (2) Dicen que Judas vende a Jesús por 30 dinarios de plata. Nunca creí eso. Judas era el contador, el sponsor del movimiento. Y además, a Jesús lo conocía todo el mundo, no tiene sentido delatarlo. Es como decir ahora: ‘señálame al presidente Toledo’. Jesús, el domingo anterior, había entrado triunfal en Jerusalén. -Ha aparecido ‘El Evangelio de Judas’ donde se baraja que Iscariote, más que traicionar a Jesús, sacrificó su lugar en la historia para cumplir el destino trágico de Cristo.

–Yo leí ‘El Evangelio de Judas’ hace décadas en Hungría, me lo tradujo un estudioso polaco. He leído muchos evangelios gnósticos.

Esto, más un oportuno manuscrito hallado en Damasco en uno de sus muchos viajes (también pasó por Medio Oriente, El Cairo y Alejandría), le permitieron desarrollar a lo largo de tres décadas interrumpidas en este volumen que abarca historia, leyendas europeas y esoterismo una conclusión paralizante: Jesús no murió en la cruz. Quienes han podido leer el libro no sólo aseguran que ‘Los Papeles de Damasco’ es la mejor novela de Salazar, sino que si éste fuera inglés, por la vigencia del tema y la calidad literaria, en este momento sería millonario.

La vida de Jesús y sus últimos días han sido un motivo recurrente entre los escritores, y sus antecedentes se pueden rastrear desde la inquietante Barrabás (1950) del sueco Pär Lagerkvist, al suceso editorial El Código DaVinci (2003) de Dan Brown, cuya versión fílmica a cargo de Ron Howard está a punto de aparecer bajo una almohada de 40 millones de copias vendidas a base de marketing, una trivia pocas veces tan trivial y la más superficial teología. Pero así como Norman Mailer se atrevió a escribir un testimonio de Jesús en primera persona en El Evangelio según el Hijo (1998), Salazar ha optado por echar mano de otra de sus obsesiones, la prensa, para tal propósito.

En efecto, la narración, superado el preámbulo que puede pasar por alto el lector de novelas, plantea la indagación de un periodista romano –¿cuándo no?– en problemas que, junto a su maestro y amante griego, se adentra en la rebelión espiritual surgida en Palestina. Éste será el punto de partida para verter los hallazgos históricos de Salazar a la vez que se reconstruye la inmensidad de Jesús, lo que sirve de punto de inflexión para develar eso que Malraux llamaba la condición humana, su usual ceguera y también la liberación a través de la palabra, o sea el conocimiento, o sea la verdad.

Y es que las preocupaciones de Jorge Salazar responden a las de un escritor de su tiempo. Y en un mundo pos Hiroshima el leit motiv es la muerte y la moral. No en vano Salazar ha dedicado buena parte de su obra al tanatos, ya sea en forma de sedición política (Piensan que Estamos Muertos –junto a Alaín Elías, 1976), reelaborando la tragedia del Estadio Nacional (la genial y perturbadora La Ópera de los Fantasmas– Premio Casa de las Américas, 1980); presentando ese compendio aterrizado de asesinato y psicología forense (Poggi, la Verdad del Caso-1987) o teniendo al crimen como múltiple homologador histórico (La Medianoche del Japonés-1991). Amén del primer compendio de crónica policial peruana (tres tomos de Historia de la Noticia), que apenas le ha dejado destilar su eros en una joyita que disfrutarán especialmente los sibaritas de las letras, las recientes Crónicas Gastronómicas (2004).

Inclasificable e insular, Salazar ha superado despreocupadamente la vida de cenáculos que exige Lima para sus figuras menos dotadas, a través de una prosa trepidante donde el nervio supera la asepsia formal a la que aspiran muchos escribas hoy. De la misma forma los ecos de sus personajes atribulados, moralmente perturbados y siempre incómodos tanto en sus roles de perpetradores o testigos, apenas refieren a aquel muchacho criado en Barrios Altos al que sus padres tenían por maricón prostituible por saberlo aficionado al baile.

–¿Y cuál es tu búsqueda espiritual? ¿Cómo resuelves el tema de la muerte? ¿A qué le temes?

–He sido medio administrador de un puticlub en Madrid y me han operado el corazón. Vivo de lo que escribo.
¿Qué más? ¿Miedo? Sí, tengo miedo porque soy un peruano que ha tirado pelota en Cocharcas y este tipo de trabajo lo hacen los alemanes -ironiza.

Y en seguida se corrige. Y mientras termina de chupar un Chesterfield que definitivamente no debió fumar empieza ese momento sobrecogedor en el que un artista dice exactamente lo que quiere decir, y uno, empequeñecido por la oportunidad y el privilegio, escucha como un apóstol próximo a un predicador, un sanador dirían los esenios, porque las palabras curan: No temo a la muerte. La muerte para mí es dejar de ser lo que uno eligió.

Foto: Sergio Urday


Los papeles de Damasco


¿Fue Jesús verdaderamente crucificado por los romanos? ¿Fue rescatado de esa ignominiosa muerte destinada a los peores delincuentes, esclavos, piratas y sediciosos? ¿La hermosa Claudia Prócula, sobrina influyente del emperador Tiberio y esposa de Poncio Pilatos, intercedió para que lo bajaran de la cruz? Marcio, un joven cronista romano, acompañado de su siervo, maestro y amante griego, Teófilo, intentarán develar uno de los misterios que han encantado y ofuscado a todas las generaciones.


Jorge Salazar
Suma de letras, Penguin Random House Grupo Editorial, Lima, 2006 

Un diálogo con Jorge Salazar

Jerónimo Pimentel

"La muerte, a mi parecer, es dejar de ser lo que uno eligió. Así en definitiva, los hombres y mujeres que verdaderamente aman la vida, están dispuestos a morir por ella. Nada más."
Jorge Salazar, Los papeles de Damasco (Suma de Letras, 2006).


Tendría que haber ido a su casa el sábado pasado. Él me habría recibido con una sonrisa y dos huevos revueltos crudos, preparados a la inglesa, como le gustaban. Nos habríamos sentado en la sala de su pequeño departamento de la cuadra siete de Benavides, en esos sillones viejos y mullidos que decoraban una pieza revestida, hasta el techo, de libros e historias. Le hubiera preguntado cómo iba el corazón y él me habría contestado “a la izquierda”. Luego contaría alguna historia de mi padre mientras me invitaba un café sin azúcar, quizá cuando regresaron juntos en barco desde España. Comentaríamos los últimos partidos del Cristal o el biopic que están filmando de Heraud. Luego habría entrado a tema, ya con un Chesterfield en la mano.

Ansioso, es probable que yo haya soltado un ejército de preguntas: ¿este es un buen punto de partida para articular una teoría de la violencia peruana? ¿Es moralmente legítimo sociologizar un crimen? ¿Tienen valor los diagnósticos psiquiátricos televisados? ¿Es trivial o pragmático convertir en símbolo o síntoma un homicidio real? ¿Tiene una víctima el derecho constitucional a la imagen propia, así sea post mortem? ¿Se puede hablar de feminicidio? ¿Habría sido verosímil una matanza de esta proporción en un distrito con más policías per cápita? ¿Que haya ocurrido en un mall nos obliga a considerar un apunte al capitalismo? ¿O lo realmente aterrador es que el banco haya abierto al día siguiente a diferencia de la discoteca, que cerró a manera de luto?

Y él habría contestado: No. No. No. Ambas. No. Sí. No. Sí. No.

Vamos, Coco, habría insistido. La idea es que incorpores este asesinato múltiple a la historia secreta del Perú, esa biografía escrita con cuchillos, garrotes, correas, martillos y balas. La que protagonizan Tatán, Shimizu, el Monstruo de Armendáriz, Patita de Cuy, Poggi, Luza y Clímaco. Cuéntanos si estarías de acuerdo en hablar de una mexicanización de la violencia local. O si Estados Unidos está exportando patologías a través de su industria cultural; es decir, si todo esto no es más que un subproducto de la alienación. Se suponía que la descarga dosificada de violencia —la mentada de madre cotidiana, el escupitajo en cada esquina, el empujón en la entrada del Metropolitano, la incapacidad de ceder el paso o saludar— nos haría un país espantoso, sí, en la frontera de lo invivible, tal vez, pero un país liberado de estas explosiones brutales que solo son entretenidas cuando vienen mediadas por el cine o Internet. Lo nuestro era más atávico, la ronda homofóbica, digamos, o más político, como Ilave.

Él, entonces, habría desdeñado la cháchara y habría buscado dos cosas: el centro del horror y la historia. Y habría replicado: ¿has salido a reportear? ¿Has hecho el recorrido como si fueras tú quien porta la Beretta de nueve milímetros? ¿Te has puesto a pensar como un asesino? ¿Sabes qué lo motiva? ¿Puedes identificar el origen de su afición por las armas y la razón de su exhibicionismo en redes sociales? ¿Conoces su historia clínica? ¿Has investigado el estado de la salud mental en el Perú? ¿Has entrevistado al psiquiatra que le emitió el certificado para portar armas? ¿Tienes una idea de lo que significa vender salchipapas en un puesto ambulante en Independencia, y que te lo prohíban? ¿Por qué lo llamaban “Gringo” o “Colorao”? ¿Cómo es el sistema de coimas de los fiscalizadores de la municipalidad? ¿Por qué no continuó su carrera en la Marina? ¿Quiénes son las víctimas? ¿Has encontrado un patrón? Pero sobre todo: ¿cómo vas a resolver el misterio si ni siquiera lo puedes plantear?

Y yo no habría tenido respuestas.

La verdad, Coco, es que no entendemos nada. La crónica policial, a punto de alcanzar el estatus de género extinto —¿por qué cierta nobleza aparece como pátina sobre las especies que están a punto de desaparecer?—, ha muerto para todo fin práctico. Su reemplazo, ¿lo llegaste a prever?, es un trío de lágrimas: titulares exentos de toda gracia que ofrecen ordinariez en vez de la difícil labor de hermanar oficio con información y sensibilidad; noticieros en modo gore que creen que su función es documentar el rictus de una mujer recién baleada; y toneladas de ligereza y estupidez que día a día, hora a hora, post a post, amenazan con zozobrar al lector desavisado que, por casualidad, busca informarse en la marea de likes. No es esta una de las bellas artes, ni su remedo siquiera. Nos hemos vuelto un poco más cínicos y, a la vez, somos más fáciles de satisfacer.

Un caballero no bebe antes del mediodía, habrías contestado de manera elusiva, como quien propone temas más amables ante la derrota rival. Eras compasivo. Entonces podíamos haber hablado de fogones y copas, de Bud Spencer y Terence Hill, de Sandokán y Jesús, de Gina Lollobrigida y Raquel Welch. Pero yo habría insistido, quizá con una cita pretenciosa, para volver al pleito: James Wood dice que la muerte origina la primera pregunta (“¿por qué?”), pero también mata todas las respuestas. Y habría esperado ansioso la lección del maestro.

Ah, se habría despertado en tu rostro esa mueca entre alegre e irónica de quien nunca deja pasar un lance. ¿Un as bajo la manga?

Cada quien juega con las cartas que tiene, Coco.

Y tú habrías acabado la partida: Yo no le temo a la muerte. La muerte para mí es dejar de ser lo que uno eligió.

Diario El Comercio 01.03.2017

Sobre "Los papeles de Damasco" de Jorge Salazar


Por Juan Ochoa López


El novelista y cronista Jorge Salazar, con su reciente obra “Los Papeles de Damasco”, reafirma su pluma heredotiana. Salazar es, ahora, un narrador romano que describe una especie de odisea mística e intelectual en busca del Jesucristo taumaturgo y profeta. Pero ojo, el cronista es un romano de linaje llamado Marcio, un joven sensitivo, inquieto, homosexual y fisonomista, que vuelca sus nostalgias históricas con prolijidad, erudición y, en ciertos párrafos, con atormentada angustia.
Su narración nos traslada a dos mundos opuestos, que Salazar establece quizás sin proponérselo: la Roma de los Césares y el lejano Oriente hacia donde apunta la historia. Pocas veces, una pluma peruana ha descrito, tan literaria y dignamente, la Roma latina de trompeta y de mármol, aquel imperio panteísta, cruel, veleidoso y vasto. Maduro en su prosa, el autor logra páginas consumadas cuando trasmite, descarnadamente, las tragedias imperiales envueltas en cuadrigas, insignias, lictores (ministros de Justicia), águilas, togas y sentencias. Marcio nos cuenta “su” Roma, que abarca desde la fértil Egipto a la bárbara Germania. Cuando Tito, hijo de Vespasiano, cruza el Arco Triunfal que hoy lleva su nombre o cuando Marcio comenta la “vocación terrestre” de la hegemónica Roma, el autor intenta y alcanza pasajes de soberbia factura.
Mas cuando Marcio, discípulo de su maestro y amante, el cretense Teófilo, marcha primero a Alejandría y luego a Jerusalén, tras el sendero mágico de Jesús, el libro ingresa en un universo extraño donde la grandilocuencia del paisaje palatino da paso a otro menos material y más platónico, que requiere de una minuciosa lectura y de una absoluta y amplia tolerancia religiosa. Salazar nos ofrece a un Jesús no mártir ni estampita católica, sino al hombre al que algunos críticos definen como el mesías terapeuta, cabalista y “nesoraya” (nazareno). Con la audacia del escritor que sabe lo que dice (de otra manera no podrían publicarse estos interesantes papeles damasquinos), el libro se refiere al Cristo político y al maestro iluminado por sabidurías esenias, que el Catolicismo tradicional rechaza.
De esta manera, el autor pasa de ser un Suetonio iberoamericano (o un moderno Sienkiewicz, creador de Quo Vadis) a un escritor que, con pasmosa tranquilidad, puede acercarnos el Zohar, la Torá, el Zend Avesta de los persas, a Gautama Buda o a los terapeutas de Qumran. La lectura de estos pasajes orientalistas debe ser acuciosa pues el Judaísmo y el Jesús “sanador” ( Mario Satz recuerda que Yehoshúa significa “salvador que sana”), mezclados con semidioses como Gilgamesh o maestros como Filón de Alejandría, requieren de un lector que lea “entrelíneas”, como cuando se lee en hebreo o en árabe. Y además, hay que calibrar bien, repetimos, al Mesías político que el libro propone, cuya doctrina de amor y fraternidad se oponía a la de los subversivos zelotes como Barrrabás, que aspiraban una Israel libre del infame yugo romano.
Por eso, este Jesús inédito, cuyo cuerpo ensangrentado desaparece pero su palabra perdura, nos llena de acertijos, de interrogantes. La Jerusalén de este libro no es aquella de la que nos habló Torcuato Tasso en sus epopeyas de la primera cruzada. Es otra, pero también es. Como este Jesús mágico de Salazar no será el de Renán, el de Giovanni Papini ni mucho menos el de San Lucas. Más se acerca al Jesús de H.G. Wells, el hombre despojado de la divinidad pero que nos lleva a ella, el orador oriental que, como bien afirmó el judío Mario Satz: “deseo ser pan y vino para sus contemporáneos como Kunt-se, Confucio, deseó ser sabroso melón para la boca de sus discípulos”. Y como lo es este valioso libro de Jorge Salazar quien ha ejecutado un texto dinámico que nos muestra, como nunca antes, una Roma y un Jesús tan desnudos, tan humanos y, al mismo tiempo, tan complejamente eternos.

Sobre "Los papeles de Damasco"



por José Gabriel Chueca.

"El origen de este libro creo que se remonta a mi infancia. Desde muy temprano nos piden ser racionales, que usemos el cerebro, pero a la vez a uno le inoculan estos hábitos religiosos que contradicen ese pedido. Por otro lado, la Semana Santa de mi infancia era muy diferente: para un niño, estaba llena de terror. Era obligatorio ver la vida, pasión y muerte de Cristo en matiné, vermú y noche; no se podía oír música ni hablar alto, y decir una lisura era condenarse. Pero conmigo pasaba algo.", explica Jorge Salazar.

¿Algo como qué?
Yo leía mucho las aventuras de Sandokán, del Corsario Negro, de Robin Hood; todos bandidos, pero siempre en busca de la justicia. Entonces, cuando veía la crucifixión de Cristo, siempre me preguntaba -también iba mucho al cine- a qué hora llegaba el sétimo batallón de caballería a salvarlo. Y probablemente en mi mente fabulé que había que salvar a este hombre tan bueno al que hacían sufrir tanto. Entonces, vivía con angustias porque, cada vez que hacía preguntas acerca de lo que me parecía contradictorio, las respuestas eran una especie de 'calla mierda'.

En su libro relata que el trabajo empezó en el Medio Oriente.
En mi primera juventud, me fui a la Madrid franquista, donde trabajé en el diario Informaciones y tuve la suerte de que me mandaran, durante la Guerra de los Seis Días, a Damasco.

¿Es cierto que se encontró esos rollos antiguos en un taxi de Damasco?
Claro que sí. Estaban escritos en varias lenguas antiguas, por lo que pensé que era el olvido de un paleógrafo, y me llevaron a retomar aquellas angustias de niño. Una serie de amigos en Europa me ayudaron a traducir esos rollos, que me hicieron entrar en contacto con historiadores y hacer una serie de investigaciones.

¿Y conserva esos rollos?
No. Se los regalé a mi primera esposa, una alemana que me ayudó muchísimo -a ella está dedicado el libro- y que, como buena alemana, los donó a una biblioteca.

¿De qué hablaban esos rollos?
De una secta cristiana que no conocemos y del florecimiento de una serie de comunidades cristianas en Damasco. Hablaban de Jesús, pero como un mago, y de Claudia Prócula (la esposa de Poncio Pilatos), que es una santa. Sin embargo, no me interesa hablar sobre teología o discutir. Lo que me interesa es que el libro entretenga.

Ha reunido información histórica. Es totalmente correcta.
Eso es lo que me ha tomado años.

En su libro, el padre de Jesús era un soldado griego.
Eso lo sostiene un historiador como Robert Graves. Hay muchas investigaciones realizadas en torno a este tema, solo que se mantienen en cierta clandestinidad. Nosotros somos tan cristianos como cualquier inglés. No creo que las angustias sean exclusivas de un chico de Santa Beatriz, pero por respeto a la religión de mis padres y de mi pueblo, no me interesa discutir eso.

"El Código Da Vinci" ha puesto en agenda temas similares.
Pero lo mío no es eso. Y espero que los lectores vean que lo mío es una reflexión muy seria que empezó en la infancia y que me ha tomado muchísimos años y mucho dinero. Pero yo soy feliz con esto.

Usted hace una descripción de la Alejandría del siglo I formidable.
Estuve ahí, con mi esposa. Y la he reconstruido basado en informaciones recopiladas. Asimismo, reconstruí el ambiente social de Roma. También visité los santos lugares.

También muestra las rivalidades y facciones dentro del pueblo judío y propone otra historia para Judas.
Judas y su padre, de alguna manera, eran el soporte económico de la fraternidad que construye Jesús. Por eso no creo que Judas lo fuera a vender por unas míseras monedas. Y, además, pedirle a Judas que lo señalara era absurdo. Era como pedirle a alguien que señale a Maradona. Jesús había entrado antes a la ciudad, siendo recibido por multitudes. Ahora bien, ¿por qué se suicidó? Yo soy periodista, investigador; entonces, deduzco que se mató por el amor de una mujer que nunca lo quiso a él, pese a que Jesús ya había muerto. Esa explicación a mí me satisface.

Lo suyo es una novela, es fantasía.
Y es mi fantasía. Nada más que eso.

¿Ha satisfecho su curiosidad?
Todo es estudio. Cuando escribí este libro no quería ser 'peruano' en el sentido de improvisar -que podía hacerlo porque es una novela-. Yo quería satisfacer mi propia curiosidad y mi propia angustia. Y creo estar menos angustiado que antes, porque siento que he encontrado a 'mi' Jesús, al que yo no quería que muriera. Y descubro que no ha muerto, que vive en mí. Eso es todo. No me interesa que nadie crea en lo que escribo. El mío es el libro de un niño desesperado. Lo que hice fue seguir lo que dijo el propio Jesús: 'Búscame'.

Autoficha
Nací en los Barrios Altos, en 1940. Buena parte de mi infancia la pasé en Chosica y un poco en Santa Beatriz, con incursiones en La Victoria. Estudié en San Marcos, pasé por Filosofía en París y también por universidades alemanas; terminé estudiando Arte y Periodismo en Madrid. tenía una familia pudiente que me mandó allá. Mi tránsito literario incluye La ópera de los fantasmas, con la que tuve la fortuna de ganar el premio Casa de las Américas; también gané un premio de ensayo en Holanda. Soy un hombre de suerte, un periodista de suerte, creo que soy un escritor de suerte.


Diario Perú 21. Martes 16 de mayo del 2006.

"No busco polémica, solo entretener a mis lectores"


Por Jack Martínez

Jorge Salazar acaba de publicar Los papeles de Damasco. Una historia en los tiempos de Cristo (SUMA), novela que aborda un tema siempre misterioso (el cristianismo), que en esta ocasión no encierra ninguna clave, y que es desarrollado a modo de crónicas, con un ágil lenguaje.

-Las novelas de temática cristiana son muy poco frecuentes, sobre todo en nuestro país. ¿Qué lo motivó a escribirla?
-La idea de realizar esta novela nace de mis recuerdos de infancia. Cuando pequeño, las épocas en que se celebraba la Semana Santa me agobiaban sobremanera, a mí, y a todos los niños de aquella generación. Y es que en ese entonces las personas pasaban por las calles vestidas de un luto riguroso, nunca hablaban en voz alta, se comía bacalao, sopa de yuyo, y la simulación del sufrimiento se convertía en el pan de cada día.

-Entonces, esas experiencias han sido determinantes…
-Por supuesto, porque este libro habla de Jesucristo, ese personaje que otrora, con ojos de infante, veía crucificado y sufriente, y que ahora, a raíz de mis investigaciones e innumerables viajes por los lugares que en este libro he nombrado, muestro desde una perspectiva diferente.

-En esta historia ambientada en los tiempos de Cristo, ¿qué libertades se ha tomado como escritor, respecto a la realidad?
-Es importante señalar que el contexto histórico es real. Narro parte de la expansión romana, la idiosincrasia de la sociedad judía, la admiración que se tenía por ese personaje llamado mago porque curaba tan sólo con la palabra, y que en realidad era Jesucristo.

-¿Y a qué fuentes ha recurrido a lo largo de su investigación?
-Innumerables, por supuesto. Hay que tomar en cuenta que este libro es el resultado de más de veinticinco años de investigación. En ese tiempo he conversado con maestros europeos de la cultura grecorromana, estudiado archivos romanos, conocido la Tierra Santa y muchos otros lugares vinculados a Jesucristo.

-Por tanto, queda claro que la temática de esta publicación no obedece simplemente a la búsqueda de un éxito en las ventas…
-Es comprensible que tras la polémica universal, surgida a raíz de El código Da Vinci, algunos piensen que este libro busca entrar en la misma categoría que el texto de Brown. Felizmente no es así. Como ya lo expliqué, este libro no se ha escrito de un día a otro; todo lo contrario.
No pretendo polemizar con él, porque el objetivo de haberlo escrito no es ése, sino el de entretener a los lectores y, personalmente, de calmar las angustias que desde niño he estado acarreando.

-A propósito de ello, ¿qué opinión le merecen las discusiones en torno a El código Da Vinci?
-No se puede cuestionar a una novela más que con argumentos puramente literarios. Por eso, las polémicas despertadas fuera de ese contexto se encuentran por de más, porque en una novela, el escritor, creador y recreador de mundos posibles está en la libertad de escribir las historias que desee.
No hay que subestimar al lector ni confundirlo con discusiones inútiles, pues él sabe muy bien que una novela no tiene el deber de decir siempre la verdad.


Dato
Jorge Salazar (1940) ha trabajado en casi todos los medios escritos del Perú y en algunos del extranjero, además de haber escrito varios libros. En 1980 ganó el Premio Casa de las Américas por su novela La ópera de los fantasmas. Actualmente es catedrático universitario.

La Primera, Lima 23/05/06

La dimensión de Cristo, según Jorge Salazar


Por Víctor Cortés

Alto y delgado, de tez morena y rostro curtido por los avatares del tiempo y por las noches de desvelo leyendo o escribiendo, consumiendo café y cigarrillos, Salazar me recibe en su departamento del 7° piso de un edificio de la Av. Benavides.

-¿Abordar este tema de la vida de Jesús no es una forma de estar en la moda?
No, nada de eso. Yo tuve desde mi infancia una preocupación muy grande sobre la religión. Por una parte porque la educación impone a nuestros padres que nos conviertan en seres racionales, inteligentes, que seamos lógicos. Sin embargo, la religión es una materia en la que no entran esas cosas. Nos piden que seamos razonables y nos cuentan una historia muy poco razonable, entonces mi curiosidad me llevó a indagar.

-¿Has descubierto hechos novedosos?
Con este libro no trato de darle claves a nadie. Más bien claves para mí, para entender a este ser maravilloso que nos enseñó tanto con la palabra. Precisamente una de las admiraciones que tengo por el maestro Jesús es su dominio maravilloso de la palabra.

-¿Por su lenguaje, por sus frases llenas de metáforas...?
Sí, claro, las metáforas, la enseñanza, pero sobre todo el tremendo poder persuasivo que tiene la palabra, el carácter mágico de la palabra. Porque sus milagros no están hechos con pomadas o bálsamos o cosas de los brujos o los charlatanes, sino en base a la palabra. ¡Lázaro, levántate y anda!. Y se levanta y anda… Ahí no hay vuelta que darle.

-¿Por qué el título "Los Papeles de Damasco"?
En 1967, cuando trabajaba para el periódico español Informaciones, coincidí en Damasco con un cronista suizo famoso, Walter Tower, quien llegó a ser jefe de la página internacional del diario alemán Dier Spiegel. Allí encontré unos manuscritos que quise entregar a las autoridades, pero nadie me hizo caso porque estaban en plena guerra. Damasco había sido bombardeada.

-¿A qué se refieren esos manuscritos?
Traen referencias antiguas de hechos vinculados a Jesús, fundamentalmente de andanzas de cristianos en Damasco, donde había una comunidad cristiana al parecer muy fuerte. De Damasco se conoce muy poco, salvo la referencia al viaje de Saulo o Pablo, que va camino a Damasco a perseguir cristianos y es allí donde escucha una voz misteriosa que le dice: ¡Saulo... por qué me persigues...!

-¿En qué lenguaje están escritos, acaso en cóptico?
No, en latín y griego antiguo… Una serie de amigos me ayudaron en Londres y en Polonia a traducirlo para entender de qué se trataba, y me pareció muy interesante porque hay menciones a Pablo, a Judas, a Jesús... un poco dispersas, pero me sirvió de base y me volvió a despertar esa angustia que tenía desde niño.

-¿Y cuál fue el destino de esos papeles?
Bueno, después de que terminamos la traducción de los documentos, se los obsequié a mi esposa de ese entonces, una alemana; y ella al cabo de un tiempo los donó a una biblioteca de Berlín.

-¿Cuál es tu opinión sobre Dan Brown y su obra?
Creo que muchos de los escritores producen pensando en la fama, en el cine, pensando en hacer algo muy espectacular, muy americano, y eso es finalmente. Yo me he entretenido con esta novela y con otras. Me entretiene mucho pero no me la tomo en serio.

-¿Qué piensas del Evangelio de Judas hecho público hace poco por National Geographic?
También entra en la moda. Conozco el manuscrito e incluso tengo una traducción, porque fue descubierto hace muchos años. Lo han sacado como respuesta a esa angustia que está despertando en el hombre del siglo XXI, el más allá. Son manuscritos que datan casi de la misma época de los Manuscritos del Mar Muerto, encontrados en el Monasterio de Qumrán, en los que se dice que Jesús aprendió las artes médicas.

-¿Tu novela entonces está contextualizada en la época?
El contexto es absolutamente real. He consultado a decenas de historiadores y gente entendida en la materia, y yo mismo me he metido con todo en el tema. De ahí que se llame "Una historia en los tiempos de Cristo". Me he trasladado a esa época y he tratado de reconstruir ese mundo, en la medida de mis posibilidades.

-¿Haber terminado el libro ha resuelto la angustia que mencionas?
En parte sí, porque una de las cosas que creo haber descubierto, que a mí no me terminaba de convencer, es la tremenda dimensión humana de este ser tan maravilloso que es Jesucristo. Su tremenda honradez, y su enorme capacidad de estudio, de trabajo.

El libro relata la vida de un cronista de nombre Marcio, quien acompañado de su siervo Teófilo decide indagar acerca de la vida de Jesús Ben Josef, más conocido como Cristo, el Mesías, en razón de que ha escuchado de sus "milagros" y enseñanzas. Entonces emprende viaje a la tierra donde este vivió y luego al lugar donde se dice murió crucificado. En su travesía, encuentra un mundo desconocido con personajes históricos como Poncio Pilatos y otros más. Trata de esclarecer sus dudas acerca de la muerte y resurrección de Cristo, hecho que le resulta inconcebible porque viola la legislación romana.

Expreso, Lima 09/05/06

En tiempos de Cristo


por Ricardo González Vigil

Ahora que el éxito desmesurado de la novela (con su secuela fílmica) "El Código Da Vinci" ha desencadenado un interés superficialmente mediático sobre la figura de Cristo y sus discípulos (al extremo de inflar el 'hallazgo' del llamado Evangelio de Judas), basado en datos y documentos de dudoso origen, da gusto la publicación de una novela histórica de la calidad literaria y la seriedad histórico-cultural que ostenta "Los papeles de Damasco", subtitulada "Una historia en los tiempos de Cristo".

Su autor cuenta con una destacada trayectoria como novelista, periodista y ensayista, ganador del premio De Gius de los Países Bajos 1969 (por su ensayo "Una visión del Perú"), del premio Casa de las Américas 1980 (su novela-testimonio "La ópera de los fantasmas") y del Gourmand World Cookbook Award 2006 (sus "Crónicas gastronómicas"). Desde hace más de 25 años ha venido investigando el marco histórico de Roma (en especial, sus lazos con Grecia y Egipto) y la problemática que le planteó enfrentarse al monoteísmo judío y la expansión del cristianismo. Como todos sus libros, ha nacido de necesidades internas de su sensibilidad y sus inquietudes intelectuales, y no de modas del mercado editorial, conforme lo aclara el narrador de "Los papeles de Damasco": "Escribir es una actividad gratuita y desinteresada. Cuando se escribe, se enseña y también se aprende. Se enseña vida y se aprende a vivir. () Estoy convencido de que cuando se escribe a las órdenes de alguien, se termina por anotar historias absurdas y aburridas" (pp. 21-22).

Por eso, "Papeles de Damasco" se ajusta al espíritu creador de Salazar, tan diestro en confeccionar crónicas (policiales, deportivas, gastronómicas). Puesto a tejer una novela histórica, pudo seguir los pasos de un Papini, un Lagerkvist, o un Borges (autores de ficciones sobre el entorno de Cristo), o de las celebradas "Memorias de Adriano" de Yourcenar (comparten la visión "desde dentro" de la Roma imperial); pero optó por ofrecernos la crónica de un romano cultivado en la filosofía, las creencias religiosas y la narración historiográfica (menciona a Herodoto, reconoce el talento del joven Tácito, lamenta las adulteraciones efectuadas por Flavio Josefo): "He sido un cronista que amontonó puntualmente, aunque tal vez sin mucho orden, testimonios, imágenes, historias y pormenores del tiempo que me tocó vivir" (p. 19).

La óptica de la crónica corresponde a un romano cultivado: admiración por la cultura griega (con un racionalismo que reduce a Jesús a un "mago" educado en Alejandría y la India, y la resurrección a una estratagema de Claudia Prócula: fue bajado vivo de la Cruz y residió luego en Damasco, donde Saulo, el futuro San Pablo, pudo conocerlo) e interés por la fusión entre la herencia cultural de Occidente con el Oriente que se producía en Alejandría. El cronista reivindica figuras satanizadas, como las de Nerón y Barrabás; en cambio, "sataniza" a San Pablo, a quien acusa de deformar las enseñanzas de Cristo en lo que pasarían a ser dogmas del "Cristianismo". Y, si bien muestra a Jesús sin tratos sexuales, supone que Judas estaba perdidamente enamorado de María Magdalena.

Argumento
A lo largo de cuarenta años, desde el emperador Tiberio (en cuyo gobierno se sitúa la muerte de Cristo) hasta Vespasiano (cuyo hijo Tito asoló Jerusalén), Marcio Cornelio escribe una crónica sobre los hechos y personajes relevantes que presenció o sobre los que obtuvo testimonios de primera mano. Traza un cuadro notable de la Roma imperial, la civilizada Alejandría y la turbulenta Judea y retrata a personajes tan diversos, como Tiberio y Nerón, Pilatos y su esposa Claudia Prócula, el filósofo Filón de Alejandría y el historiador Flavio Josefo, Barrabás y Pablo de Tarso (el del camino de Damasco). En ese ámbito, despierta su admiración lo que le cuentan sobre el tolerante Buda y el "mago Jesús".