El Guerrillero del Markham, Alaín Elías y Jorge Salazar


A 40 años de la muerte del poeta Javier Heraud, acribillado en Madre de Dios, los alumnos de su colegio libran otras batallas: el éxito económico. Javier Heraud egresó del Markham en 1957 con el segundo premio de su promoción y el primer premio en Literatura. Además, obtuvo varios galardones deportivos.

 EL 14 de mayo de 1963 un enfrentamiento ya los había menguado. En esa víspera, Alaín Elías, encargado de la misión, había visto cómo Heraud destrozaba sus poemas, canciones, cuadernos y le increpó por hacerlo. El poeta, como toda explicación, lanzó una pregunta: "¿para qué sirven los poemas?".

El 15, derrotados, antes de que los acribillen, habían amarrado una bandera blanca a un remo, signo universal de la paz que, por el contrario, azuzó a los policías, que abrieron fuego. "21 años y 29 balazos", recordaría después Cecilia, la hermana del poeta. Entre ellos, una bala explosiva que le reventó en el estómago, de esas que se usan para cazar fieras. 3 impactos más hirieron a Elías. El cuerpo caído del poeta, en la chalupa que ya encallaba en la ribera del río Madre de Dios, evitó que su compañero muriera.

Han pasado 40 años. ¿Pero qué piensan los alumnos del Markham de Heraud? Consultamos con tres de ellos, Leoncio Aspauza (18), Oswaldo Bravo (18) y Jorge Luis Pando (17), estudiantes del Bachillerato Internacional que piensan dedicarse a la banca, ingeniería civil y economía, respectivamente. Sólo el primero sabía quién era el poeta. Afirman que en sus clases nunca lo trataron. Pero los tres coinciden en asociar la palabra "revolución" con "sangre", "caos", "guerra", "crimen", "falta de estabilidad"; aunque, luego, afirmen respeto por la efigie del poeta, pena y admiración por su coraje.

Aseguran existe la posibilidad de realizar cambios sin armas, de luchar por ideales aunque no de una manera violenta, pero no pueden dar ejemplos de ello. Leoncio realiza actualmente una monografía sobre la concepción de la mujer en "100 años de Soledad"; Oswaldo, de la figura del héroe en Camus; y Jorge Luis, la variabilidad del precio en las cadenas multicines. Todos piensan salir del país lo más pronto posible. Alguno de ellos asegura irse incluso a Afganistán si le ponen en frente un contrato de US$10 mil.

La posibilidad de un levantamiento armado les escarapela el cuerpo, la sombra de Sendero está presente como una pesadilla de su niñez. Oswaldo recuerda apagones y Jorge Luis relata cómo su carro fue hecho coche bomba. Si alguien los invita a adoctrinarse e iniciar la lucha armada, le responderían con frescura: "no chupes tanto". La pérdida de horizontes ideológicos que canalicen el descontento encierra todo en un limbo.

Mario Vargas Llosa, sobre la actual juventud, escribió: "cuando yo era adolescente, muchos jóvenes privilegiados... que sentían de pronto, disgusto de su medio y tomaban conciencia de la ceguera e ineptitud de sus mayores para haber hecho del Perú un país menos injusto, sin los horrendos contrastes económicos, culturales y sociales que luce, abrazaban la revolución ¿Qué hacen, pues, a dónde van los jovencitos de la burguesía peruana que padecen crisis de sensibilidad y se descubren inquietudes espirituales? A las organizaciones católicas integristas..." (CARETAS 1754).

El caso es, como afirma el sociólogo Sandro Venturo, "la pérdida de referentes plantea un dilema para los insatisfechos, no para los felices". Así, una de las preguntas clave que la muerte de Heraud abre después de la caída del Muro de Berlín es: ¿Qué lleva a un joven salido de las aulas del Markham a abrir un frente guerrillero en la selva?

Jorge Salazar, compañero de luchas y letras, responde. "Era un hombre de su tiempo. La posibilidad de cambio era real. Nosotros teníamos la edad de quienes en Cuba habían llegado al poder. Vietnam se independizaba de Francia, Nasser surgía en Egipto. Castro soñaba y nosotros con él con hacer de los Andes una inmensa Sierra Maestra". La ideología era un vehículo para canalizar la inconformidad con el status quo, y un motor para instaurar una opción alterna de gobierno. Idealismo, sensibilidad.

Eso es lo que lo convierte en lo que Sandro Venturo, en su libro Contrajuventud, llama héroes intelectuales, "los que se presentan como referentes éticos en la medida que proponen un modo de vida...". Ser coherente hasta la muerte. "...constituyen una especie en extinción desde fines de los setenta puesto que se han agotado los discursos (y los sueños) que decían que el paraíso sí era posible en la tierra".

La discusión después es otra. Alaín Elías, luego de 4 décadas, señala que el germen de esas batallas permitieron la revolución que Velasco hiciera en el 68. No considera que Heraud ni él hayan sido ingenuos, "cuando se habla de inocencia, se habla de un candelejón manipulado, no era nuestro caso. Lo que decíamos, lo hacíamos. No había doble discurso".

Jorge Salazar disiente. "La ingenuidad era de todos. Ni siquiera Fidel Castro sabía a dónde iba a conducir su revolución. Yo formé parte de organizaciones subversivas, he expuesto mi pellejo y he pagado por ello. Éramos suicidas, algunos con más suerte que otros".

Entonces las frases son las siguientes: Para Elías: "la filosofía se vive, no solamente se recita". Para Salazar: "los jóvenes a los 20 años no pueden cambiar el mundo, pero pueden cambiar ellos".

Revista CARETAS, 15 de mayo de 2003

(J.P.P.)