Vivir para contarla: Yo fui P

Por Juan Gargurevich



Los historiadores han rastreado el origen de este género que propone ir más allá de la cobertura simple y rutinaria para descubrir –y luego mostrar con detalle– vidas, lugares e historias que resultan invisibles ante los ojos de los lectores habituados a los resúmenes informativos. Entre los pioneros de este tipo de búsquedas está nada menos que el célebre Charles Dickens quien, en 1836, con solo 21 años, recibió el encargo de The Morning Chronicle de abandonar las coberturas políticas para buscar historias en la sordidez del Londres desconocido. Sus relatos tuvieron gran éxito y es probable que fueran la semilla de sus posteriores novelas. A partir de entonces la lista de reporteros que lograron fama por sus trabajos de “inmersión” es larga, aunque es necesario decirlo, tenemos referencias amplias del periodismo norteamericano, pero escasas del europeo. Por ejemplo conocemos los casos de Nellie Bly, reportera del World, de Pulitzer, que logró hacerse pasar por demente, ser internada en un manicomio neoyorkino y luego publicar una demoledora serie denunciando las terribles condiciones de los enfermos mentales. Dos periodistas que andando los años se harían famosos tuvieron experiencias parecidas en los bajos mundos de Londres y París. En 1902, el entonces reportero Jack London pretendía viajar a Sudáfrica para cubrir la guerra de los bóers. Llevaba varios meses varado en Londres, sin ninguna posibilidad de viajar, hasta que se le ocurrió la idea de hacerse pasar por marinero desempleado y vivir como mendigo. La experiencia fue contada en el libro El pueblo del abismo (The People of the Abyss) y provocó gran conmoción. En su introducción London escribió: “Viví las experiencias recogidas en este volumen en el verano de 1902. Bajé a los submundos de Londres con una actitud mental propia de un explorador. Estaba abierto a ser más convencido por lo que vieran mis propios ojos que por las enseñanzas de esos que fueron y vieron antes que yo”. El otro caso es George Orwell, el célebre autor de 1984. Orwell (cuyo verdadero nombre era Eric Blair), pasó penurias de mendigo en París y Londres, en 1931. Dos años tardó en escribir y finalmente publicar una larga crónica-testimonio sobre esta experiencia. La tituló Down and Out in Paris and London (en la edición en castellano se llama Sin blanca en París y Londres. Al final de su relato escribió: “A pesar de todo, algo he aprendido. Nunca volveré a pensar que los vagabundos son malhechores borrachos, ni esperaré que un mendigo se sienta agradecido cuando le dé un penique, ni me sorprenderá que a los desempleados les falten energías, ni haré donativos al Ejército de Salvación, ni empeñaré mi ropa, ni rechazaré un folleto por la calle, ni disfrutaré de una comida en un restaurante pequeño. Por algo se empieza”. Otro relato famoso de periodismo gonzo es el del norteamericano Hunter Thompson, quien se infiltró en la temible banda de motociclistas Ángeles del Infierno y compartió con sus miembros una vida de alcohol, drogas y latrocinio para luego contarla en crónicas que le costaron, como represalia, una terrible paliza de sus antiguos compañeros de ruta. De Europa debemos destacar al alemán Günter Wallraff, quien ha acuñado esta fórmula de hacer periodismo: “Hay que enmascararse para desenmascarar”, la cual practica desde los años sesenta. Quizá su libro más conocido sea Cabeza de turco. Allí cuenta cómo se disfrazó para conocer y luego contar las penurias de los migrantes turcos en Alemania: “Encargué a un especialista que me fabricara dos finas lentillas de contacto, de color muy oscuro… me encasqueté una peluca negra para mis entonces ya ralos cabellos, lo que me hizo parecer varios años más joven”. Luego se lanzó a buscar trabajo recogiendo información que se publicaría en el diario Bild. Pero no avanzaremos ahora en esta apasionante forma de hacer periodismo, de la que hay abundante bibliografía, para dar paso a las tres historias que habían sido olvidadas y que hemos recogido aquí. 

III
En 1992 Consuelo Chirre salió a la avenida Arequipa por varias noches aparentando ser prostituta. Sus historias fueron publicadas en el diario La Tercera.

 La idea fue de Jorge ‘Coco’ Salazar, renombrado cronista policial, experto en crímenes, secuestros, prostitución y explotación de menores. ‘Coco’ Salazar conocía bien todo lo sórdido. Transitó por las redacciones limeñas y en 1992 estaba en la agonizante La Tercera, antiguo vespertino del tabloide La Crónica.

 Allí se le ocurrió que la reportera Consuelo Chirre, una muchacha que atraía las miradas de los coleguitas, podría emular al inolvidable Montoro y le propuso la aventura de “Yo fui p…”.

 Consuelo Chirre aceptó y se armó un equipo: un reportero gráfico, un redactor que la seguiría con discreción, muy de cerca por si alguien se propasaba y un chofer que los trasladaría y daría vueltas alrededor de ellos….Una noche, luego de una sesión de maquillaje y cambio de ropa, Consuelo quedó convertida en prostituta. Una peluca postiza, labios exageradamente rojos, largas pestañas postizas, ojeras azules, una buena rociada de perfume barato y una sugestiva minifalda que permitía atisbar sus curvas.

 A las ocho de la noche todos partieron a la avenida Arequipa, a la altura de Lince, a buscar clientes. 

En la introducción al reportaje “Yo fui p…” Salazar recordó a Montoro y agregó: “… Hoy día, en medio de las tragedias que sufrimos, del miedo que nos consume, una joven mujer, periodista y madre de familia, va aún más allá: se disfraza de prostituta y recorre las calles de nuestra golpeada villa y logra el más vívido y dramático reportaje que se haya hecho sobre la prostitución en toda la historia periodística del país”.

 Para la experiencia eligieron la zona de Risso, frente al Marcantonio, un restaurante que ya no existe, y entonces Consuelo comenzó a pasear su bien dotada anatomía por el filo de la vereda, fumando despacio y haciendo girar su carterita con coquetería. Más allá estaban sus guardianes y el propio ‘Coco’ Salazar, quien le había asegurado que no habría problemas: “Si pasa algo me llamas y dices que soy tu caficho…”.

 Fueron varias noches las que salió la reportera a buscar clientes. Allí recogió experiencias mientras el fotógrafo captaba escenas sugerentes y hasta de acoso que tuvieron que ser controladas con energía por el presunto caficho. Luego de cada jornada, el equipo periodístico regresaba al diario y de ahí a un restaurante cercano a cenar, compartir la aventura y reírse un buen rato de los clientes de Consuelo.

 Finalmente, el 18 de agosto de 1992 La Tercera lanzó el reportaje Yo fui p… bajo el título general de “La Crónica Negra” y con el crédito de Consuelo Chirre Livia.

 A la cuadra 15 de Arequipa, por favor 
 Aquí parte del relato de Consuelo que, probablemente, fue mejorado por la buena prosa de Salazar: 

“Era mi hora. Salí del auto y caminé media cuadra, casi al costado del Marcantonio. Se alborotó el cotarro de un grupo, se desgranó una pareja de muchachones, “niños bien”, se les notaba por la vestimenta, también nerviosos. Un tufo tibio, de cerveza, me invadió el rostro.

 -¿Y? ¿Cómo es, mamita?
 -Treinta y cinco.
 -Treinta y cinco ¿qué?
 -Treinta y cinco dólares o cuarenta soles. Es lo mismo.
 El más alto se aventó. Para mí fue sorpresa.
 -¿Los dos?
 -¿Cómo los dos?
 -No. -Huevona…”

 Allí se le pusieron las cosas difíciles a Consuelo porque se acercaron tres jóvenes un tanto agresivos, que el fotógrafo captó inmediatamente, acercándose:

 “El más resuelto, bigotes y un gorro, se adelantó a sus compañeros. Me volví a sorprender, el tipo me saludó:
 -Buenas noches, chinita. Qué tales piernas, chinita.
 -Hola.
 -¿Cómo es la cosa, chinita?
 -Cuarenta soles.
 -¿Nada menos?
 -No
 -¿Y dónde?
 -Tengo un sitio. (…)
 -Mamita ¿tú eres costilla franca?
 -Claro, cojudo.

 Y antes de que me diera cuenta, el tipo me abrió el abrigo. 
-Déjame ver la cosa, la merca…”.

 Consuelo lo largó pero no pudo librarse de él a lo largo de dos cuadras. Hasta que llegó otro cliente que le hizo la mejor oferta: pagarle el doble de la tarifa.

 Viernes 14. 
Era de noche, fin de semana, había plata y sobre todo muchas ganas de querer reventar billete. Trago, juerga, sexo. No importaba la sífilis, el chancro blando, la gonorrea, el sida… “¿China, cuánto? ¿Cuánto? Era la pregunta obligada”.

 La penúltima noche Consuelo decidió dar un paso audaz: subirse al auto de un cliente, exponiéndose, abandonando la protección cercana de sus colegas:
 “-Oye, acércate pues amiga…
 Un volkswagen se detiene, el tipo blanco, ojos claros. Parece respetuoso. Me acerco:
 -¿Qué haces?
 -Aquí, ¿cuánto cobras?
 -Cuarenta dólares o cincuenta soles.
 -Achícate un poco.
 -Treinta y cinco dólares. Cuarenta soles. Nada menos.
 -Ya. Sube pues, amor. Y yo subo. Imploro a los cielos que los muchachos me estén siguiendo en el auto. Zevallos es un buen chofer. Hay que tener confianza, me digo. Y ya estoy arriba.
 -Amor, ¿tienes un sitio?
 -Claro –le digo- al final de la Arequipa. Eso es diez soles nomás.
 -No tengo, la verdad es que no tengo tanto. China, la verdad que solo tengo diez mangos, nunca pago más.

 Pienso rápido o mejor dicho, casi ni lo pienso. Y Dios me ayuda: el auto se detiene en un semáforo. Abro rápido la puerta del Volkswagen y salgo como sea… Los faros de un auto atrás me alumbran el rostro. Casi no puedo ver nada. Sí escucho, claramente:

 -¡China! ¡China! ¡Eres una mierda!

 Y arranca el auto”.

 En la penúltima nota, titulada En la puerta del horno, Salazar decidió que Consuelo debía dar el paso final, esto es, ir a un hotel con un cliente para así explorar el mundo de los “sitios” de las prostitutas. 

Esta vez la reportera fue dejada frente a un hotelito de Petit Thouars y al instante cayó un cliente; negociaron y entraron mientras ella miraba hacia atrás, buscando a sus reporteros.

 “El tipo me cogió del brazo y comenzamos a subir las escaleras. Yo estaba asustada, me decía: “¿Dónde estarán mis ángeles guardianes?” No me fallaron mis muchachos. Al llegar al descanso aparecieron los chicos de La Tercera. Uno de ellos fue directo. Me cogió del brazo y siguió con la actuación:

 -Nos vamos, chinita. Ya es muy tarde.

 Ante esa aparición, el cliente quedó sorprendido, mudo. Mientras nos íbamos, dijo:

 -Puta, hoy estoy piña.

 El final de la historia
 Salazar estiró la historia lo más que pudo, llenó páginas centrales con grandes fotos. Fueron siete capítulos: “Yo fui p…”, “Yo la ví primero”, “La pampa de las otras”, “¡Cuidado con la huaraca!”, “¿Tienes un sitio, amor?”, “Infierno de hombres”, “En la puerta del horno” y finalmente “Último Paradero”, el 27 de agosto, con síntesis y moraleja.

 Consuelo retornó a sus tareas de reportera y no hemos encontrado su nombre en otra aventura parecida. Jorge Salazar fue contratado como profesor de Periodismo Interpretativo en la Universidad San Martín de Porres. Esta le publicó en cinco tomos la serie Historia de la Noticia, un recorrido por su historia de los crímenes en Lima. Nos abandonó en junio del 2008 y su partida fue lamentada en las redacciones.

 ¿Y qué fue de La Tercera? Yo fui p… fue su canto del cisne porque solo dos meses después Fujimori ordenó cerrar el diario. La última edición circuló el 26 de octubre de 1992.


Foto: Archivo La Tercera

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