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Pasolini un artista...

Jorge Salazar

“Porque soy artista y artesano, y porque he aprendido a extraer rostros, miembros, cuerpos, de la piedra. No tengo porque inquietarme por el juicio de la posteridad, de mis contemporáneos: mi nombre y mi apellido no estarán grabados en parte alguna; conmigo desaparecerán” 
Ingmar Bergman
Pier Paolo Pasolini

El 2 de noviembre de 1975, en medio de la dulce noche romana de Ostia, Pier Paolo Pasolini es asesinado brutal y cruelmente por un "ragazzo dila vita", un héroe de ese submundo que poblaba las ficciones del artista.

El destino hizo que lo conociéramos personalmente. Fue en Londres, en casa de Max Hernández. Eran amigos a pesar de ser demasiado distintos, demasiado diferentes psicológica y culturalmente, pero parecían unidos por una misma complicidad.

Después de la muerte de Pier Paolo Pasolini, su madre ha dicho que era alegre y que por eso le gustaba la compañía de los jóvenes; jugar al fútbol con los muchachos pobres de las barriadas romanas.

Nosotros no lo vimos así. Recuerdo que cuando se despidió (en inglés) la casa quedó impregnada como de un perfume de melancolía y sus palabras siempre fueron las mismas a lo largo de esa noche: La tragedia es la única situación humana que entendía. Si una persona no era infeliz, no le interesaba.


II

Decían los reporteros que fueron a informar que, desde lejos no parecía un cuerpo, por la forma en que había sido masacrado, parecía un montón de inmundicia. Después, poco a poco se fueron dando cuenta que bajo ese montón de inmundicias estaba el cuerpo de un hombre.

Si Pasolini se hubiera −como tantos− encerrado en una torre, o hubiera hecho de su poesía un claustro no hubiera habido noche de Ostia. Pero Pasolini no. Pasolini va a la búsqueda de la fuerza de la calle y no rehuye el combate ideológico que se le presenta todo el tiempo. "La Religión de mi tiempo" y "Las cenizas de Gramsci" son ejemplos de esa lucha. Pero no se queda allí.

También fue articulista en la prensa, removiendo con su pluma los problemas más reales y candentes de la situación político-social; la corrupción política, los sobornos, los problemas sexuales (algo de su propio dolor) y el fracaso de la educación y enseñanza burguesas.

Con toda esta carga de temas explosivos, levantará odios mortales, insidias y reproches. No es extraño entonces que a la hora de su muerte la prensa gorda y burguesa haya dicho escuetamente "Murió Pasollni, el homosexual que hizo del escándalo una forma de vivir".


III

Esa inolvidable noche londinense, coincidentemente, Pasolini se refirió en su discurso a la violencia que cada día se enfrenta en la confrontación de la homosexualidad. Decía que cada día son asesinados, agredidos "suicidados" decenas y centenas de homosexuales, de nombres desconocidos, que aparecen como perdidos en las páginas rojas de la crónica diaria.

Racconti di Canterbury (Cuentos de Canterbury), nos contaba, era su homenaje a aquellos que tienen que sentarse siempre en las últimas filas de los cines, ocultarse en la noche en los parques y en la noche de las playas pobres, solamente porque la sociedad masculina y heterosexual no deja espacios para otros. Aquellos de .quienes mejor es no hablar, a menos que se les mate violenta mente.


IV

"El sexo es un pretexto, para cuantos lo hemos encontrado y aun en el invierno, con la calle abandonada al viento tras las extensiones de inmundicias frente a lejanos palacios, somos muchos y no tenemos sino momentos de soledad".

Estos versos suyos, parecen su testamento, confesión descarnada y trágica, pero el poeta lleva otros dramas consigo. Ante todo es un combatiente socialista y con magnetófono, cámara cinematográfica entrará en el mundo del sub proletariado, enseñando su evangelio y viviendo el terrorífico problema del hombre, del sexo y del dinero, triología que pudre la condición humana de los habitantes pobres de la ciudad, de todas las ciudades. "Ragazzi di vita" (1955) y "Una vita violenta" (1959), son novelas testimonio de ese ciclo de su dolor.


V

Pasolini no nació para ser hombre de un solo hambre. Descubrió el cine como una manera de concretar telúricamente su fuerza expresiva. Llegó a ser guionista, actor y sobre todo el creador cinematográfico más personal que Italia haya producido, quizás con excepción de Rosellini.

Al cine llevó las llagas de la sociedad de nuestro tiempo, que oculta con sus uniformes, con sus ropas y automóviles lujosos todos los pecados y todos los crímenes concebibles.

Pasolini, que llevó al cine el refinamiento, la imaginación y el realismo, también nos trajo nuestra crueldad, nuestro horror, nuestro sadismo. Lo trajo todo. Y esa noche londinense, inolvidable, nos dijo que la tarea del artista es la defensa de la vida con dignidad y que confiaba que el último de los rufianes, el último de los delincuentes se levantará del fango, por la acción misma del socialismo, es decir, la acción misma de la vida y del amor.



Diario Marka, 22 de abril de 1976

Por tierras de caléndula

Jorge Salazar


Yo no conocía todavía a Gregorio Martínez cuando recibí una nota suya en la que incluía “Tierra de Caléndula”. El hecho de que el joven escritor se hubiese dirigido a mí con afectuosos términos me extrañaba ¿por qué el distinguido profesor de San Marcos, experimentó la necesidad de escribirme? Por unos días esto fue un enigma.


II

Leyendo “Tierra de Caléndula” el cielo quedó despejado. Ya no hay enigmas. “Tierra de Caléndula” es un buen libro, un libro con un estilo verdaderamente bueno y eso a veces basta, al menos a mí, para saber más cosas. Un libro bueno solamente se logra cuando un hombre ha llegado a ser tan generoso como le es posible. Leamos a Gregorio Martínez:

“Yo también hubiera querido salir de este monte pero la verdad es que me gusta andar suelto como los burros cimarrones y en la ciudad tú sabes muy bien uno tiene que aprender por fuerza y obligación a vivir como gente, sujeto a toda clase de etiquetas para no dar que hablar por eso no me arrepiento de haber quedado aquí en la ignorancia de manera que no te preocupes por mí que en buena cuenta estoy bien único mortificado por la deabetes que me ha cortado la vista y todo el santo día ando con la boca seca como si estuviera mascando ceniza aparte de que orino dulce casi miel tan azucarado que a veces me da pena tanto desperdicio y pienso que si estuviera allá donde ustedes que hay tanta gente y nadie sabe lo de nadie bien podría instalar una chichería para sacarle siquiera algún provecho a esta meadera de rico que ya me tiene cojudo”.


III

Gregorio Martínez, nacido en Coyungo (Nazca) sabe bien de las necesidades de traducir sin ambigüedades las experiencias vividas por su (nuestra) gente. Ha elegido las palabras, la lógica, y la nomenclatura del mundo marginal del Sur Chico, y allí está el mensaje que yo entiendo: Nos pasamos la vida llenando de palabras los papeles cuando habría que pasarse aún doscientos años sacando la mierda a tanto explotador y a tanto traidor.


IV

Tierra de Caléndula” es también todo un espectáculo. Sí, allí no leemos sino vemos; nos vemos a nosotros mismos desde niños abriendo caudalosamente los brazos a la vida. Vemos a los niños cogiendo piedras y jugando con bolitas de tierra. Y a otros niños masticando yerbas y secretamente observando el orinar de las niñas. ¿Cómo funciona la vida? Sin hablar.

“Rosita sin decir nada empezaba a tocarme el cuerpo para que yo también tuviera ese olor a barro mojado que ella tenía en las manos. Pero cuando nos levantábamos asustados que se quemaba el pan era otro olor que teníamos”.


V

Gregorio Martínez sabe que la luna pesa duro y que siempre está fría. Así las cosas, no se deja embriagar por la cacofonía imperial y diz que revolucionaria de los que cotidianamente te dicen: “desarrollo” en vez de veneno de alacrán, “dios” por escupehombres, “sol” a la bomba de hidrógeno. Gregorio Martínez, lúcido, grita que nada de lo bello es cierto, todavía.

“Por los alacranes más era el miedo porque de morirse uno no se muere así tengan cerdas y parezcan hechura del demonio. En cambio con los acerillos era para cuidarse de lo más bonito porque ahí no valía ni comerse la caca de uno mismo calientita ni cualquier otro remedio”.


VI

Un último abrazo. Martínez ha conseguido lo que pocos logramos: escribir sin máscara, llegar hasta la zona sagrada de la objetividad sin más pasaporte que su talento y esas maneras de hablar de sí mismo como si se tratara de los olvidados. De todos los olvidados. De eso se trata.

Columna: Crónicas (casi) secretas
Diario Correo
19 de setiembre de 1976

L. A. S.: Testimonio sobre mi profesor

por Jorge Salazar
Luis Alberto Sánchez

I
El hecho es que Luis Alberto Sánchez haya sido y sea militante de un Partido alejado de mis propias convicciones, no puede –creo- servirme de excusa para, voluntariamente, borrarle de mi recuerdo. L. A.S., el viejo y discutido “Zorro” aprista, a sus setentaitantos años ha tenido la fuerza y el coraje de lanzar un libro actual. ¿Cómo ignorar ese esfuerzo sobrehumano que este hombre realiza para que llegue a nuestras manos su discutible (el lo afirma así) testimonio de las horas que le tocaron en suerte.

II
L. A. S., gran maestro de la paradoja y de la soledad, ciertamente no nos lleva de la mano a través de una edad de oro. Cuando llegamos al final del libro, recién allí nos damos cuenta que hemos leído el diario dramático de alguien que lucha contra el naufragio. Nos encontramos ante una formidable lección de experiencias que, como todas las lecciones de la experiencia, no son sin duda atractivas para los que en todas las épocas se han ceñido las pieles de cordero...

III
Al presentarnos sus recuerdos, Sánchez revive sus experiencias, su incansable peregrinar, sus inagotables recuerdos. Vemos que este adversario ejemplar, nunca se ha fatigado de conocer y tratar a los más curiosos representantes de nuestra geografía política, intelectual y artística. Con su dominio de la lengua, saca chispas, ahora desacostumbradas.

IV
L.Á.S. es (verdad de Perogrullo) un académico, pero esta condición del escritor no debe hacer pensar que su testimonio está escrito con la frialdad, y distancia tantas veces estúpidamente identificadas con lo académico. Al contrario, aunque muchos no lo crean, una disertación académica puede, debe de ser un compromiso cordial y comprometido donde la erudición rigurosa juega el papel de soporte de unos datos perfectamente manejados.

V
Ahora bien, L.A.S. señala desde el principio de su obra que ésta constituye "sólo un testimonio personal", por tanto recusable, discutible y confirmable. Uno atestigua lo que vio . " Y claro, Sánchez ve con sus ojos de intelectual aprista, pero también solitario, porque no olvidemos que L.A. S. no es su partido ni viceversa...

VI
Permítaseme añadir algo de mi propia cosecha. El que esto escribe tuvo la oportunidad,- cuando estudiante, de tratar con L.A.S. En ese entonces (hace casi dos décadas) él era mi profesor y también adversario de la carpa bajo la que yo me guarecía. Ya en esos lejanos días tuve la impresión de que el Apra era un lastre inevitable de mi profesor. De repente, era un lastre conveniente, pero lastre al fin. Hoy, leyendo sus memorias, creo que este viejo agonista y testigo excepcional ha superado los lastres que, a mi juicio, cargaba.


Diario EL COMERCIO, 12 de enero de 1977
Columna: La calle, sí; la calle, no

A mí mismo me observo masacrado

Jorge Salazar

Pier Paolo Pasolini

I
El cadáver de Pier Paolo Pasolini está enterrado, detrás de unos cipreses. En una sepultura sencilla yace el hombre que hasta hace un año era considerado el creador cinematográfico más personal que Italia haya producido, quizás con excepción de Rosellini. Hace un año terminó para siempre la vida del poeta que mejor supo llevar al cine las llagas de la sociedad de nuestro tiempo. Uno de los pocos que pudo manejar la cámara con la navaja al cuello.

II
Formalidad. La prensa dijo que fue un muchacho de diecisiete años −Giuseppe Pelosi− quien mató a Pasolini. A un año de su muerte, yo no lo creo así. Y no miento, ni aventuro diciendo que Pasolini se suicidó sirviéndose de él. Pelosi, hijo de un hogar humilde, es semianalfabeto pero gusta de la serie de comics "Escuadrilla temeraria", fuma cigarrillos negros y "si hubiese nacido en Estados Unidos, sería Marine".

III
Como tantos miles de jóvenes italianos, Pelosi debe de ayudar al sustento de la familia. Pero ya se sabe, no hay muchas vacantes en Italia. Así las cosas, instala su joven cuerpo en la calle. Prostituto. Uno más.

IV
¿Quién puede decir que ese infeliz desposeído que vaga a ciegas por las empedradas calles romanas, sea un asesino? La gente cercana, los amigos de Pasolini, a un año del drama de Ostia proclaman que de haber vivido Pasolini hubiese dicho Pelosi no, él es la otra víctima. Y no hay ninguna irreverencia.

V
A menudo olvidamos que la muerte forma parte de la vida y así como amamos a ésta, añoramos la otra. Sin escandalosas pretensiones, debo decir que tampoco he creído que Pasolini fuese ateo. Al contrario, al buscar permanentemente la muerte, buscaba la salvación, a Dios. Casi diría que anhelaba encontrar a su asesino, tanto como otros anhelan entrar al Paraíso y ver el rostro de Dios. Y es sabido: El que ve la cara de Dios, muere.

VI
Lo dije alguna vez, tuve la fortuna de conocer a Pasolini en el domicilio londinense de un peruano eminente, psicoanalista, para más señas. Allí, Pasolini, repetía que que se sentía muy cercano a nosotros, un mestizo, no de indio y español; sino de violencia y ternura. Pensaba que, particularmente los peruanos, vivíamos en un debatir constante. Puso como ejemplo a Garcilaso Inca de la Vega. Se imaginaba la terrible tragedia que cargaba un ser que era y no era. Un día toro, otro día, torero. La muerte: una liberación. Para el toro y para el torero.

VII
La muerte, esa búsqueda constante, le sirvió para apagar la sed de libertad que lo consumía. Nos contaba algo ya sabido: escapaba en la noche a los barrios bajos, a esos lugares donde la policía teme entrar. Para desafiar el peligro, se mezclaba con los drogadictos, las prostitutas, los homosexuales. Compartía con ellos los horrores que la sociedad tiene reservados para sus hijos más pobres.

VIII
Admirador acérrimo del hombre Jesús, su Evangelio lo dedicó a Juan XXIII. El pecado era una forma de buscar la salvación. Cuanto mayor era el pecado, decía, más profundo será el regocijo liberador del que debe perdonar. No, no había misticismo, eso y más es el hombre. Marxista confeso, tenía sus propios métodos. La política no es el arte de machacar al oponente corno si fuese un diente de ajo, sino la ciencia de estar serenos, comprender, amar...

IX
Pasolini no tuvo tiempo de contestar a sus enemigos, sin embargo los conocía y hasta los amaba. Si leemos estos versos suyos (recientemente traducidos por un común amigo) notaremos que estaba preparado para el último fin:
Trabajo todo el día como un monje
Y la noche dando vueltas como un gato techero en busca de amor.
Propondré a la curia que me hagan santo.
Efectivamente: respondo a la mistificación con la mesura
Miro con el ojo de una imagen
a los designados para el linchamiento.
A mí mismo me observo masacrado
con el sereno coraje de un científico.
Doy la impresión de sentir odio y en cambio escribo
unos versos llenos de puntual amor.
Estudio la perfidia como un fenómeno fatal,
casi corno si no le fuese objeto.
Tengo piedad por los jóvenes fascistas
y a los viejos, que considero formas
del más horrible mal opongo solamente
la violencia de la razón.
Pasivo como un pájaro que ve todo volando,
y lleva en el corazón, en el vuelo, al cielo
la conciencia que no perdona.
X
Un año hace ya de la muerte del poeta que repetía que la tarea del artista no era otra cosa que la defensa de la de vida con dignidad. Un año de la muerte del hombre que confiaba que el último de los rufianes, el último de los delincuentes se salvaría del fango gracias a la magia de una nano extendida con amor. Un año de la partida del valiente que escogió su muerte. Y su cuchillo.


Diario El Comercio, Editorial, 11 de noviembre de 1976
Columna La calle sí, la calle no

Universo y locura de Hernández

por Jorge Salazar
Luis Hernández

Gracias a “Vox horrísoma”(1) ya se puede palpar a plenitud las dos mitades de Luis Hernández. La contradicción terrible que hizo de la suya una palabra doliente y dividida, por ratos infinitamente pasional, y luego, algo exclusivamente bello y cargado de razón.

Fui testigo de que Luis Hernández tuvo (como pocos) la oportunidad de encerrarse en una torre que se convirtió en claustro después de haber sido poema.... sin embargo no, Hernández con coraje ejemplar construyó otros poemas como vías de fuga y llegó hasta la calle. Allí donde perderá la vida.

"Mataron a Chicho Allende
Mi colega
que iba, con una
casaquita. de cuero
A conversar con las placeras
Mataron a Pablo Neruda
Aquí no se respeta
ni al poeta
Ni al médico
Sí señores
Las balas pueden más
quo los versos
Y la medicina”

Hernández es quizás el único entre nosotros que corta el clasicismo con la fuerza de la calle. Y la tentación de la Literatura que se le presenta todo el tiempo convierte su poesía en espada de doble filo.

Así, su doble lengua es muchas veces palabra simple que cabe en el ojo o en la mano, y en el metro que las mide. Y las coloca, y las ínstala, y hasta puede digerírseles...

Pero de repente salta la descripción, viene el paisaje encantado, el fantasma vestido de colores que rodea la colina romana o la playa yugoslava. Da igual si es una pérfida cantina de Surquillo o una comisarla de La Victoria.

La palabra (como diría él: se sale de madre), el discurso se independiza de la lógica, se crea el sueño y ya no bastan los ojos ni las manos para detener tanto escándalo, tanta libertad, tanta locura.

A estas alturas sus frases poéticas (a pesar de su cortadad métrica) se alargan al infinito. Olvidada la razón, se entra de lleno a un universo poderoso multilingüe y bello. Casi, casi como el universo de los dioses: hermosísimo y fugaz. También la vida.

(1) Luis Hernández. "Vox horrísona". Lima 1978.

Diario OJO, 14 de junio de 1978

Hernández: soledad y suburbio

por Jorge Salazar


Luis Hernández

I
Por años se pretendió alevosamente escamotear su voz y su presencia. Hoy gracias a "Vox horrísona" (1) nos enteramos que entre nosotros vivía un poeta maduro desde la adolescencia y que encontró en medio de una tragedia inmensa, estilo propio. Alguien que a pesar de la cortedad de sus días supo escapar del apego a la tradición e hizo de su poesía una manifestación viviente, y no en conserva.

II
Luis Hernández Camarero falleció en Buenos Aires el 3 de octubre del pasado año; sin embargo su llibro “Vox horrísona”, que nació sin él, queda como estremecedora verdad, imprescindible para todo aquel que pretenda conocer las mitades en la que están divididos los hombres...

III
Soledad es una de las mitades del mensaje de Hernández. Pero una soledad solidaria, empeñada mil y una vez en salirse de la Poesía y buscar la otra mitad en el murmullo, en el sudor en la fiesta del cansancio, en la acera de la calle. Allí nos lleva de la mano el poeta y allí está su corazón:

"MATAN A ROBACARROS"
El ladrón de autos ya se encuentra
En la morgue
Fue victimado a la una
De la madrugada
Los guardias primero dispararon
Al aire.
Pero como él se enfrentó
Le dispararon al cuerpo...".

IV
Muchas veces Hernández, aún sujetándose -por tentación clásica o por sentido de equilibrio- a la norma métrica, encabalga sus sonidos hacia la subversión. Pero no una subversión mítica. Es algo infinitamente relacionado con el mundo, con la sangre, con la vida cotidiana. Menciona a Shakespeare y a Darwin pero no se olvida de la gente común, del hablar común y de la calle.

V
Se vuelve a ratos contra la cultura, se siente otras intocable y sagrado. Y una rara conciencia, presente siempre en la médula de sus versos, lo salva y lo destruye todo: desde su soledad de artista, soledad despierta y encantada, palpa que la salvación, la subversión definitiva, ha de venir de la calle o no vendrá.

VI
Por eso, por la necesidad vital de una subversión que trastorne todos los catecismos, es la suya una poesía de contradicción, porque está empeñada en un tiempo, en el canto a la calle y sus gentes, sin hipocresías ni malas conciencias y, por otro, dejándose atar por la terrible soledad, por la belleza de la palabra, por el implacable paso de la historia y del tiempo.

VII
Por esa tentación del encierro y la mixtificación que todos los poetas, desde hace tres mil años, han sentido en su carne. Y que, valgan verdades, ha servido no sólo para describir una angustia o una desesperación, sino para pintar las señas, la identidad del tiempo que se vive. Hernández, al igual que Pasolini, bebe las aguas del oscuro río-tiempo en que se sumerge. Y por ello quizás, por osado, ya no lo contamos entre nosotros.
_______
(1) Luis Hernández "Vox horrísona" Edit. Ames. Lima, 1978

Diario Correo, 27 de mayo de 1978

Bienaventurados los que viven en el fango

por Jorge Salazar
Pier Paolo Pasolini

I
Sabía confiar en los ojo de la razón sin renegar en absoluto de los llamados del sentimiento. No, él no permitía que la inteligencia se transforme en desprecio, elevaba la carne hasta alturas espirituales y sin apagar las luces, enterraba el alma en las profundidades de la carne...

II
Sí, se cumplen ya dos años de la muerte de Pier Paolo Posolini, el poeta-realizador que mejor supo llevar al cine las llagas y las cicatrices de la sociedad de nuestro tiempo. Pero no solamente eso: Pasolini fue un claro ejemplo de intelectual comprometido que desesperadamente busca la riqueza, precisamente, entre quienes no se visten de seda...

III
A diferencia de aquellos que buscan notoriedad embarcándose con los timoneles del poder, Pasolini asumió el socialismo para hallar una salida, no estética, humana, a los problemas del vivir...

IV
Perseguido desde siempre por los perseguidores de siempre, descendió desde su Bologna nativa hacia la gran ciudad, esa Mamma Roma que pudre a los hombres de hambre, sexo y dinero. Pasolini, con su cámara y su sinceridad ideológica, asumió la defensa de la vida y predicó un evangelio: Bienaventurados los que viven en el fango y no se manchan...

V
Combatiente socialista se enfrentó con la incoherente 'cultura' de los que ocultan detrás de sus fastuosos automóviles y grandes edificios, todos los pecados y todas las mediocridades. Al cine llevó la crueldad, el horror, el sadismo y lo hipocresía "de los eunucos que bufan y ordenan"...

VI
“Miro con el ojo de una imagen
a los designados para el linchamiento
A mí mismo me observo masacrado
con el sereno coraje de un científico
Doy la impresión de sentir odio
y sin embargo escribo
unos versos de puntual amor...”

VII
En la Roma histórica –esa vieja ciudad que alterna la inmundicia con la luz y el color de sus muchachas- está enterrado el poeta, y desde la tierra se mezcla con las gentes de dos barrios proletariados para seguir diciendo y gritando que el último de los rufianes se salvará gracias a la magia de una mano extendida con amor...


Columna: Crónicas (casi) secretas
Diario Correo, noviembre, 1977

Diálogo con el agua

por Jorge Salazar

(Para Luis Hernández, cuya calidez ausente me hace imaginar viajes)

I
La vida podría ser hermosa, pese a la pobreza, si no fuese por los recuerdos que, como sueños nebulosos invaden mi cabeza. La imaginación. Sin embargo, entre los recuerdos imprecisos que a veces me aturden, siempre emerge uno nítido y vivo: el rostro anacrónico y los cabellos cenicientos de aquella anciana griega... Su voz temblorosa, voz sin edad, vuelve a acosarme, electrizante...

II
Ni siquiera era una aldea, pero yo andaba feliz entre ese puñado de casuchas de piedra, dominadas por el Peloponeso y las plantas... esas plantas inundadas de sol que parecían invadirlo todo.

III
Las plantas eran algo vivo allí. No figuraban como elemento decorativo. Formaban parte del vivir cotidiano de ese rincón cuarteado de historia. Eran la tierra que se mezclaba con la vida, con el hogar. La casa que yo ocupaba (refugio cedido por Andreas Giannakoulas) también era de piedra. Piedra con rajaduras. Y entre las rajaduras reventaban racimos de hierba azulada. Había también una escalera de piedra y en el borde de cada escalón estallaba una maceta.

IV
Desde el rectángulo de la ventana, su figura se fue agigantando ante mis ojos. Al principio, al verla descender desde los cerros, encorvada y vacilante, pensé que era una de aquellas enlutadas viejas que rondan por los montes. Pero al verla ya frente a la fuente y canturreando al pié del agua, me di cuenta que todas sus facciones se acentuaban, electrizaba por lo resplandeciente.

V
Salí de la casa y me acerqué a la fuente para cerciorarme. Ella, figura negra sobre fondo cristalino de piedra y hojas, conversaba con el agua. Yo no entendía el griego, pero la entendía y tal vez me hubiese quedado más tiempo si no me hubiese como oprimido la mano de Andreas que palmoteó mi hombro: ¡Vamos Jorge! En estos sitios la creen loca...

VI
Andreas me contó que, cuando la guerra, el ejército alemán irrumpió por aquellas colinas milenarias, pero ella no huyó con los demás. Se quedó para llevarle agua a las plantas. Dijo que tal vez los invasores no conocieran mucho de esas plantas y que ella podía enseñarles a regarlas.

VII
Una mañana, cuando las huestes de Hitler formaban filas al lado de la fuente desierta, ella bajó para buscar agua para las plantas. Un joven alto, rubio y afeitado, se le acercó y con señas le pidió agua. La vieja miró fijamente al soldado germano y luego de reflexionar consigo misma le tendió el viejo cántaro de barro.

VIII
El alemán le habló de la novia rubia y lejana, de la madre triste y de la rústica hermosura del cántaro. Ella, a su vez le contó la historia de esas plantas y de los hijos morenos y bellos que luchaban por una Grecia sin invasores. No se sabe nada más, pero se entendieron muy bien porque el joven alemán levantó el cántaro y lo llevó hasta la fuente.

IX
Luego, durante los largos días de la ocupación, el joven uniformado iba a buscarle el agua a la fuente, aprendió los nombres de todas las plantas y las regaba. El día que los invasores se marcharon de esos rincones, la anciana le regaló el cántaro de barro, para que riegues las plantas de tu tierra, le dijo...

X
Cuando acabó la guerra, llegó un correo oficial comunicándole que sus hijos habían muerto bajo las torturas de los germanos. No pudo explicárselo. Si los alemanes son buenos y sufren por sus novias y sus madres, odian la guerra y beben el agua de la fuente en cántaro de barro. Desde entonces sólo habla con el agua...


Revista OIGA, 14 de octubre de 1977
Columna: La calle, sí; la calle, no.

Nacer con el alba

Soledad, mi niña, tu tío Max acaba de darnos una mala noticia: Lucho ya no vendrá con nosotros, no te volverá a cargar en brazos ni a cantar canciones en alemán. Lucho –que, a medida que discurría, parecía meternos en un largo viaje en el que atravesaba el mundo, la bruma y la noche– te contaba, a ti pequeña Soledad, que irían los dos uno de estos días a pescar; y luego se reía como un chiquitín; te cargaba en brazos y te confesaba: No, no me gusta pescar, no me gusta incomodar a los peces; lo que en verdad me encanta, volvía a reír, es llegarme hasta las rocas para ver desde allí cómo el mar se engulle lentamente al Sol. Lucho reía nuevamente. Luego, con un plumón celeste anotaba: “Como el Sol tan solo”. 
Luis Hernández

Mi Soledad, los poetas que conozco, al margen de su específica tarea, viven en el mismo mundo que yo: corren en círculo o en línea recta; nos pasamos la vida amontonando miedo. Él, Luis Hernández, no. Había logrado evadirse del inmenso infierno de la lógica y las buenas costumbres. Lo suyo era el laberinto de lo imposible; para eso, creo, había nacido, para inventar historias y palabras. Lucho, a diferencia de su amigo y compañero de claustro, se reía de la pensión de jubilación y de la muerte… decía: “Hoy, por ejemplo, llevé con firmeza el vaso a la boca y le hice un salud”… 

Te explico, mi niña linda. Escribir, para él, certero cazador de palabras, era, pese a lo aburrido que le resultaba la inmortalidad, su manera de no morirse nunca; su modo de estar en casa y con ropa de entrecasa; su forma, te repito, de no morirse y, principalmente, su manera de hacer vivir a las cosas y personas que más había querido. Para inventar algo, fíjate tú si no lo sabía: “hay que cerrar fuerte, bien fuerte los ojos y, por supuesto, apretar los dientes”, decía… 

A veces, pequeña, cuando subimos a un autobús, vemos que todos los pasajeros están muy quietos, tan quietos que el autobús parece vacío. También están mudos, es decir, abren la boca solamente para ordenar “en la esquina”. Y bajan cuando llegan a “su” paradero. Entonces los miras, y te das cuenta de que todos son iguales… ¿Sabes lo que hacía Lucho en esos casos? Se ponía a silbar hasta que, poquito a poco, la voz, todas las voces metidas en la suya, rompían a cantar. Recién allí él se bajaba… 

Nadie consiguió marearlo, ni los muy agradecidos enfermos a quienes curaba gratis ni las novelitas policiales que leía, tampoco las leyendas del Rin, río en cuyas orillas tomaba helados de fresa para dejar mal parado a Savarin. Pedía papas redonditas en la China y salchichas con ensalada rusa en un restaurante de La Colmena, luego se volvía al barrio. Jesús María. 

Invitaba café y después se iba a escribir cartas a Ezra Pound, le advertía: “Ezra / Sé que si llegaras a mi barrio / Los muchachos dirían en la esquina: / Qué tal viejo, ché su madre”… Bueno, supongo, hijita mía, que ahora entenderás por qué no estoy triste cuando te hablo de Luis Hernández, el hombre que viajaba del lado de la ventana para poder darse cuenta de que la historia, como el alba, nace cada mañana…


Jorge Salazar, "Charlas con Soledad" (Editorial Pilpinta, 2008)
Foto: Archivo de Carlos Hernández

Columna: Charlas con Soledad
Octubre de 1977

Luis Hernández le regaló varios cuadernos de poesía a Jorge Salazar, con los que Salazar colaboró para la compilación de Vox horrísona.