Nacer con el alba

Soledad, mi niña, tu tío Max acaba de darnos una mala noticia: Lucho ya no vendrá con nosotros, no te volverá a cargar en brazos ni a cantar canciones en alemán. Lucho –que, a medida que discurría, parecía meternos en un largo viaje en el que atravesaba el mundo, la bruma y la noche– te contaba, a ti pequeña Soledad, que irían los dos uno de estos días a pescar, y luego se reía como un chiquilín; te cargaba en brazos y te confesaba: no, no me gusta pescar, no me gusta incomodar a los peces; lo que en verdad me encanta, volvía a reír, es llegarme hasta las rocas para ver desde allí cómo el mar se engulle lentamente al Sol. Lucho reía nuevamente. Luego, con un plumón celeste anotaba: “Como el Sol tan solo”. 
Luis Hernández

Mi Soledad, los poetas que conozco, al margen de su específica tarea, viven en el mismo mundo que yo: corren en círculo o en línea recta; nos pasamos la vida amontonando miedo. Él, Luis Hernández, no. Había logrado evadirse del inmenso infierno de la lógica y las buenas costumbres. Lo suyo era el laberinto de lo imposible; para eso, creo, había nacido, para inventar historias y palabras. Lucho, a diferencia de su amigo y compañero de claustro, se reía de la pensión de jubilación y de la muerte… decía: “Hoy, por ejemplo, llevé con firmeza el vaso a la boca y le hice un salud”… 

Te explico, mi niña linda. Escribir, para él, certero cazador de palabras, era, pese a lo aburrido que le resultaba la inmortalidad, su manera de no morirse nunca; su modo de estar en casa y con ropa de entrecasa; su forma, te repito, de no morirse y, principalmente, su manera de hacer vivir a las cosas y personas que más había querido. Para inventar algo, fíjate tú si no lo sabía: “hay que cerrar fuerte, bien fuerte los ojos y, por supuesto, apretar los dientes”, decía… 

A veces, pequeña, cuando subimos a un autobús, vemos que todos los pasajeros están muy quietos, tan quietos que el autobús parece vacío. También están mudos, es decir, abren la boca solamente para ordenar “en la esquina”. Y bajan cuando llegan a “su” paradero. Entonces los miras, y te das cuenta de que todos son iguales… ¿Sabes lo que hacía Lucho en esos casos? Se ponía a silbar hasta que, poquito a poco, la voz, todas las voces metidas en la suya, rompían a cantar. Recién allí él se bajaba… 

Nadie consiguió marearlo, ni los muy agradecidos enfermos a quienes curaba gratis ni las novelitas policiales que leía, tampoco las leyendas del Rin, río en cuyas orillas tomaba helados de fresa para dejar mal parado a Savarin. Pedía papas redonditas en la China y salchichas con ensalada rusa en un restaurante de La Colmena, luego se volvía al barrio. Jesús María. 

Invitaba café y después se iba a escribir cartas a Ezra Pound, le advertía: “Ezra / Sé que si llegaras a mi barrio / Los muchachos dirían en la esquina: / Qué tal viejo, ché su madre”… Bueno, supongo, hijita mía, que ahora entenderás por qué no estoy triste cuando te hablo de Luis Hernández, el hombre que viajaba del lado de la ventana para poder darse cuenta de que la historia, como el alba, nace cada mañana…


Jorge Salazar, "Charlas con Soledad" (Editorial Pilpinta, 2008)
Foto: Archivo de Carlos Hernández


*Luis Hernández vivió algún tiempo en la casa de Jorge Salazar, en San Isidro, y fue a Jorge Salazar que Luis Hernández le regaló y dejó varios cuadernos, los mismos con los que Salazar colaboró para la compilación de Vox horrísona de Nicolás Yerovi.