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Crónica de una corazonada

Por Jaime Bedoya

Jorge Salazar, destino de la admiración de su esposa, la modelo inglesa, Moonbeam

Entonces Poggi llega a Caretas al mediodía de un viernes de enero del 86 y vuelven a reírse de él tal como lo habían hecho en otras redacciones; ¿quién es este loco? Aunque no todos se rieron. Víctor Chacón, fotógrafo, se encierra en el laboratorio con pestillo cuando escucha a ese señor decirle a su esposa Katia que viene de parte del descuartizador. Víctor llama a Katia para averiguar de qué se trata. No averiguó nada, no podían averiguar nada, salvo que su nombre era Mario Poggi, sociólogo, que decía saber algo del descuartizador y nadie lo tomaba en serio. Salazar sí le hizo caso a Poggi, lo recibió.
–¿Por qué lo hiciste, por qué no te reíste del tipo raro y te fuiste a almorzar?
–Tuve una corazonada.
Salazar defendió su artículo, Chacón tomó las fotos y el lunes salió un artículo de tres páginas, sin firma. Ese mismo lunes empezaba el Caso Poggi: el sicólogo acababa de estrangular al sospechoso. Los periódicos empezaron a publicar álbumes familiares de Poggi, éste salió en televisión gritando manito ayúdame, se agotó Caretas Nº 892.
–Y tú, ¿por qué le creíste a Poggi?  
–Porque yo he estado en la cárcel y en el manicomio, he vivido en la locura y la desesperación. Y eso vi en Poggi.

Salazar nació en Chosica, un lugar donde no existía la muerte (la gente venía a morirse a Lima), y ahora espera llegar a los 50 años para ser un buen muchacho. Quería ser cura hasta que atropellaron a un amigo suyo frente a él, y se jodió todo. Mis padres se separaron por lo que hoy se conoce como incompatibilidad de caracteres –antes se llamaba “calla mierda” – y se dió la repartición de bienes. Y el bien conocido como “Jorge Salazar” fue destinado con su padre a Lima, donde conoció una sociedad violentista, encanallada, basada en la propiedad de bienes: La casa propia y el nicho perpetuo. Pero la naturaleza es sabia, de alguien ahora olvidado se enamoró Salazar adolescente y empezó con los poemitas y a conocer bibliotecas. Descubrió el otro mundo, el de las palabras; por lo que ahora, mientras espera llegar a los 50, ya puede decir que el Perú no se jodió con la llegada de los españoles, sino que está jodido desde que no tiene lenguaje propio. Los españoles no solo trajeron arcabuces. El lenguaje es un espejo para vernos a nosotros mismos. Al mismo tiempo le preocupa, por ejemplo, que el mejor premio que se les ofrezca a las voleybolistas sea la casa propia. ¿Por qué no mejor asegurarles educación para ellas, para sus hijos? Pero no, pues, ésta es una sociedad violentista donde los bienes están por encima de toda consideración... ¿Por qué Poggi mata a Díaz Balbín?... lo quería utilizar para llegar a ser mayor de la PIP: para lograr un bien.

De Chosica, Salazar llegaría al Anglo-Peruano de Lima, Escocia, San Marcos, Ámsterdam, Madrid, Cuba; estudiando, viviendo, y teniendo trabajos tan variados como extra en películas de cowboys, bailarín de ballet clásico español, apoderado de un matador de toros y un futbolista, etc.; pero antes que nada, periodista. El periodista es un privilegiado. Le pasan cosas. Es el que tiene que ver lo que nadie quiere ver, el que tiene que oír lo que nadie quiere oír. Y no es que no se puedan ver u oír, sino que nadie quiere hacerlo. Ahí está el periodista. Es la profesión del coraje. En medio de la mierda. Putas, corrupción, hipocresía, con eso hay que lidiar. Aparte que se le trata como a sirvo medieval. Hay que tener coraje para poder contar. Pero al hacerlo se está ayudando, nuestra historia necesita testigos y testimonios. La formación de un lenguaje propio. Por eso es que no soy responsable de lo que digo, de lo que escribo: yo hablo por los que me quieren y por los que me odian, por los que no tiene boca. Imagínate: gente que trabaja más de ocho horas al día, se mata pagando casa, refrigeradora, status –bienes– ¿qué tiempo tiene para amar?, ¿qué gana su espíritu y qué puede ofrecer a los demás? Por eso te digo que es una sociedad encanallada, por eso hay violencia... Y me van a preguntar sobre este libro que ¿por qué es un libro de muertos?, (por qué va a ser), ¡porque este es un país de muertos! Pero tengo esperanzas, somos jóvenes, el papel de la literatura es fundamental, recién empezamos. ¿No te he dicho que estoy esperando los 50 para ser un buen muchacho?

Poggi estuvo llamando –y llama– constantemente a Caretas todo este tiempo que ha estado encerrado. Pide hablar con Salazar, con quien sea. El Poggi que Chacón y yo conocimos, el que nos vino a buscar, es otro Poggi completamente distinto al que existe ahora. La cárcel duele. Yo he estado en la cárcel. Y el dolor es como la pobreza: o te jode o te salva. Yo salí fuerte. Poggi se jodió, ahora es un despojo humano. ¿El libro? Mira, el libro es como mi hijo, y yo no voy a hablar de un hijo mío. Si mi hijo sale bueno, malo, allá él. ¿Qué va a pensar Poggi del libro? Creo que no le va a gustar: él tenía pensado escribir un libro. Cuenta los meses que se pasó escribiendo el libro, escuchando las grabaciones de los diálogos Poggi-Díaz Balbín. ¿Quieres escucharlas? Play. Un duelo verbal. Tres o cuatro cassettes de esto. Varias veces lo encontré dormido en el suelo, de madrugada, con el equipo prendido, dice Moonbeam, la mujer de Salazar.
–Bueno, ¿qué es el caso Poggi?
–Una pesadilla más, es una larga lista de pesadillas. Hay varios Poggis caminando por ahí, muchos con uniforme.
–¿Y para qué  puede servir un libro sobre el caso Poggi?
–Para comprender una de las grandes tragedias que vivimos: el de la violencia permanente. La gente protesta cuando amenazan los bienes, perfecto, pero nadie dice nada cuando se atenta contra la vida humana. Se confunden los números con los hombres: veinte muertos, treinta muertos, no importa quiénes sino cuántos.

En su departamento sus bienes se reducen a un primus, un tocacassette, dos máquinas de escribir –una prestada– y muchísimos libros en perfecto desorden. Cuando digo que no veo televisión la gente cree que es una pose. Cada vez que se le pregunta por su vida él responde recordando a un personaje de Stendhal, Soy Lorenzo, hombre libre... pero esclavo de mi amor. Su opción secreta en una sociedad encanallada. Donde los hombres son esclavos de los bienes. Donde un homicida en potencia viene a buscarte para pedir una entrevista. Donde una vez estuvo en la cárcel por guerrillero. Donde hacer periodismo es hacer lo que nadie quiere ver. Meterse en la mierda. 
–Entonces, ¿cuál es el gusto, señor Salazar, de hacer periodismo, de quedarse dormido escuchando las conversaciones entre un sicólogo y un sospechoso, entre un homicida y un descuatizador, entre un despojo humano y un muerto, de escribir un libro de muertos en un país de muertos; ¿cuál es el gusto de meterse en la mierda?
–El poder ayudar a explicar algo. Meterse en almas y cuerpos ajenos, hacer propio el dolor ajeno y convertir eso en una canción. El poder decir: yo estuve en la mierda... y salí limpio.

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Caretas, 23 de noviembre de 1987
Foto: Víctor Chacón Vargas

"Somos una sociedad enferma"



Por Romina Herrán

En 1944, dos familias japonesas fueron asesinadas con un palo de madera. La justicia declaró culpable a Mamoru Shimizu, el hermano de una de las víctimas. Esa fue la versión oficial que Jorge Salazar conoció en su infancia. Nunca la creyó. Pensaba que un solo hombre no podía matar a siete. Años después, viajó a Japón solo para dar de comer a esa curiosidad. Resolvió el caso. Ahora, en su pequeño departamento de Miraflores, cierra los ojos y se sumerge en sí mismo.


Cuando eras niño no querías ser como tus padres. ¿A qué se debió ese rechazo?
Yo no quería ser como mi papá, porque para mi padre todo era “tanto tienes, tanto vales”. Él era hijo de un inmigrante y la pasó muy mal, al punto de que tuvo que cambiarse de nombre para adaptarse. Nosotros no conocimos esa realidad y a él le jodía que tuviéramos una vida tan fácil.

La relación fue distinta con tu abuela. La considerabas una amiga. ¿Fue la primera mujer que marcó tu vida?
Sí. Era una mujer que leía mucho y pasaba noches enteras contándome historias. Aún me acompaña y, probablemente, algunas de las respuestas que te dé, no te las dé yo, sino mi abuela.

Tras tu estadía en Europa, regresas a Lima a luchar por una revolución ajena, la cubana, y esa lucha, finalmente, te sale cara.
Yo no la creí ajena, sino mía. Y creo que cuando uno come, tiene que pagar la cuenta (por unos instantes entreabre su camisa y deja ver las huellas de la tortura). No me quejo.

¿Aún crees en el comunismo?
Ya no creo en él. Solo en algunas cosas: que deberíamos ser solidarios, que tener es compartir y que tenemos la obligación de mandar a la mierda a este mundo de barbaries e injusticias.

Crimen y crimen en el Perú

Un mundo sin delito ¿es posible?
Los ingleses del siglo XIX estaban convencidos de que el crimen era el resultado de la pobreza. Por eso cuando aparece la industrialización y empieza a satisfacer las necesidades básicas, piensan que el crimen va a desaparecer. Luego descubrirían, sin embargo, que los grandes criminales de la época provenían de los sectores más favorecidos. La gente se da cuenta, entonces, que el crimen no va a terminar, que solo se ha industrializado.

¿Uno nace criminal o se convierte en criminal?
Un ser humano solo hace lo que aprende. En la infancia aprendemos a comportarnos observando a nuestros padres. Si falta esa imagen, se genera en nosotros un desequilibrio. Si observas, la mayoría de criminales proviene de hogares destruidos.

¿Por qué se mata? Tú dices que por placer o por un móvil. ¿Cuál es más condenable?
Cuando hablo de placer me refiero al placer sexual. Matar para conseguir placer sexual es un móvil. Crimen y sexo marchan muchas veces juntos. Por eso muchos asesinos se masturban delante de sus víctimas o las violan una vez que están muertas. Siempre hay un móvil. Por lo tanto, todos los asesinatos son condenables.

¿Un crimen tiene justificación? Casi siempre los criminales aseguran que actuaron en defensa propia.
Es un crimen cuando no actúas en defensa propia. Si actúas en defensa es una reacción. En esos casos son circunstancias.

Giuliana Llamoja —la joven que mató a su madre de 49 puñaladas— dice que actuó en defensa propia.
Ese caso es de lo peor. Es un caso típico de incesto. Pero, además, el gran actor acá es el padre y da la casualidad que ese día él no estaba. Lo planearon. Giuliana no puede decir que no tuvo intenciones de matar a su madre, porque basta una herida para que sea mortal. Y ella se ensañó con su madre dándole 63 puñaladas. Y antes había intentado envenenarla.

Entonces no existe una justificación para el crimen.
No. Yo creo que nadie, bajo ningún concepto, tiene derecho a atentar contra la vida. Odio la guerra, una de las grandes degradaciones de la humanidad, donde se pierden miles de millones de vidas. Y todo lo atribuimos a que, dentro de nosotros, hay una carga animal. Esto es falso, porque los animales no se matan entre ellos. El ser humano es el único en su género que puede destruir a otro de su misma especie.

¿Merecía morir Juan Díaz Balbín —el descuartizador que fue asesinado por su psicólogo, Mario Poggi—? ¿Poggi, como decía, le hizo un bien a la sociedad?
Los psicópatas nacionales eligen siempre a las víctimas más débiles, como los maricones y las putas. Están convencidos de que, como se trata de gente que está al margen de la sociedad, nadie va a reclamar. Eso pensó Poggi: ‘Este negro de mierda, subhumano, a quién le importa’. Poggi es mentalmente nazi. Piensa que si eres un hombre con ciertas facciones, eres capaz de todo. Incluso decía, antes del crimen, que Balbín era un negro, un degenerado y que por eso había que matarlo.

Buscaba un reconocimiento. Esa es la hipótesis que planteaste en tu libro “El Caso Poggi”, y todo parece confirmarla ahora. Él es famoso y feliz.
Él estaba en busca de un reconocimiento para alcanzar el éxito económico. Tenía gruesos problemas de revancha contra el medio. Consideraba que lo había tratado muy mal siendo el un ser superior. Pero solo es un pobre hombre perturbado.

¿Qué tratamiento le da el periodismo actual al crimen?
El periodismo se ha deshumanizado. Ahora lo importante es vender, y vender para los periodistas depende de la cantidad de muertos. Antes había en las notas policiales, además de la información, un pedido a la comunidad. Se veía la manera de ayudar a las familias de los deudos. Eso se ha perdido.

Definitivamente, el crimen y su contexto no son independientes. ¿Cuánta es la influencia de uno sobre otro?
En la guerra, uno aprende las técnicas para matar. En el caso del Perú, Sendero influenció en el crimen. Ya no se asalta como antes. Ahora es con metralleta. Si vas a un cajero, te siguen dos tipos y te dan un disparo en la pierna. ¿Quiénes integran estas bandas?. Somos una sociedad enferma. Sendero ha sido una gran enfermedad.

¿Seguiremos siendo una sociedad enferma?
Sí, porque si no sabes que estás enfermo, ¿cómo te curas? Deberíamos entrar a un proceso de recuperación. Eso se intentó a través del informe de la Comisión de la Verdad, que nadie ha leído y que todos, sin embargo, condenan. Si no se reconoce eso, vamos a terminar muy mal.

¿Si para ti la cárcel es la universidad de los criminales, qué se debe hacer entonces con ellos?
Nuestras cárceles son la universidad del crimen, pero solo las nuestras. Acá el papel de la prisión es castigar. La situación es diferente en Holanda o Alemania, en donde te ponen a trabajar de acuerdo a lo que sepas hacer y te pagan por ello y, al salir, te ponen un terapeuta. Es un sistema carcelario de recuperación. Eso es lo que se tiene que hacer. Así nadie pierde, todos ganan.

¿El crimen nunca fue un arte en el Perú?
El arte de verdad es belleza y libertad, y el crimen no es nada de eso. Pero si con arte te refieres a perfección y con ello, a impunidad, en el Perú se resuelve solo el 30% de los crímenes.

Informe sobre el caso Llamoja:
https://www.youtube.com/watch?v=n6dUa6K5MYM

Confesión de parte, Poggi la verdad del caso

Un libro, dicen, es la extensión de la memoria y la imaginación. ¿Qué son entonces las palabras y las fotografías amontonadas en este libro que tú, amable lector, abres? Nada, en verdad, nada. Pero si lo lees y observas las fotografías te podrías dar cuenta que este es un volumen cargado de pasado y, desgraciadamente, de presente.

El domingo 9 de febrero de 1986, no se me aparecía como nada especial. El trabajo del periodista es efímero, pese a todo el esfuerzo que podamos poner en conseguir la noticia o llegar a ella, sabemos los que transitamos por este oficio, que lo que escribamos en la revista o en el periódico, pasará, así de simple, al olvido. A veces nos jugamos la vida en el empeño de llevar novedades o nos armamos de coraje, como los compañeros de CARETAS, y buscan que llegar allí donde los demás no llegan. Y más coraje para escribir lo que algunos no quieren leer. Satisfacciones y tristezas, pero ambos: el dolor y el placer, lánguidos. Duran un número.

Así, ese domingo 9 de febrero, luego de descansar en mi departamento de Santa Beatriz, me apresté a asistir a una función de cine, “Fuerza Siniestra”, era el título de la obra dirigida por Tobe Hooper. Mi colega y amigo, el crítico cinematográfico de CARETAS, Isaac León Frías, me había recomendado el film, no tanto – según recuerdo – por sus virtudes cinematográficas, sino como un palpable ejemplo de cómo las necesidades de horror y sangre de las mayorías del planeta estaban salvando a la industria del celuloide de lo que podría ser una precaria existencia. Viejos mitos como el de Drácula, Frankestein y los ladrones ingleses de cadáveres, mezclados con los “efectos especiales” contemporáneos llenaban las plateas, cumplían una función casi terapéutica y producían cuantiosas ganancias.

Llegué al cine, saqué mi entrada y saboreando un caramelo de menta me instalé en una butaca dispuesto a resistir con la menor cantidad de gestos esa mezcla de horror y ciencia-ficción. Uno ya está curtido.

Del gabinete mágico surgían monstruos absurdos y disparatados, vidas infrahumanas sirviendo de carne experimental para un rústico registro de individuos anodinos y vulgares que ejercían su manipulación en nombre dela ciencia de no sé qué planeta. Otro caramelo de menta y a seguir viendo la película, sin ninguna idea de que a escasos metros de la sala donde me encontraba, un psicólogo, Mario Poggi Estremadoyro estrangulaba a un hombre barbado y de modales finos: Ángel Díaz Balbín. Lo terrible es que la estampa era diseñada en las mismas dependencias del local policial: una habitación en la División de Homicidiosde la Policía de Investigacionesdel Perú, PIP, abriéndose así el episodio inicial de lo que especializados cronistas han dado en llamar "el crimen del siglo", pero que también podría calificarse como un capítulo más en esa inmensa crónica de la desdicha peruana.