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La poesía no sirve para nada

por Jaime Bedoya

Jorge Salazar / Foto: Max Hernández
Mi hermano es poseedor de uno de los cuadernos* de poesía escritos a puño y letra por Luis Hernández Camarero. Ese tesoro fue un gentil regalo de Coco Salazar, el indescriptible vampiro diurno, gitano chosicano con visa vitalicia para transitar entre la realidad y lo imaginario sin despeinarse, tal como Hernández lo hacía, sin que el resto del mundo lo comprendiera. Nadie tiene porqué hacerlo.

Coco fue maestro, mentor y facilitador consular de un salvoconducto como el anteriormente mencionado. Un segundo padre que me llevó amablemente de vuelta al primero para luego convertirse en encantadora y fabulante amistad entre ambos. Cocinaba mientras contaba una de sus historias inverosímiles, como su noche con Laura Antonelli en Roma o sus charlas en un manicomio con Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay que dejó caer la muerte atómica sobre Hiroshima. Si no era cierto, era ben trovato.

Coco era mi jefe y mi amigo. Por lo que cuando me enteré de que le había regalado el cuaderno de Hernández a mi hermano quedé desconcertado y con derecho a preguntarle porqué. Imposible. Coco ya había muerto. Como respuesta recordaba su sonrisa de niño travieso que acaba de atorar el wáter, mirando intubado en su departamento en las alturas de la avenida Benavides una película sobre Genghis Khan. Un hombre que estaba muriendo sonreía ante otro que conquistaba el mundo.

Luis Hernández / Foto: Carlos Hernández
Cuando hace unas semanas la Casa de la Literatura, esa antigua estación de tren donde aún se sigue viajando [1], anunció que montaba una muestra en torno a los cuadernos de Hernández pensé en ese cuaderno como si fuera mío [2]. Y entendí por qué no estaba en mis manos y a lo que Hernández se refiere cuando habla, como un mantra, de la soñada coherencia.

Fue gracias a Salazar que leí por vez primera la poesía de Hernández en ese mismo cuaderno. Quedé maravillado del viaje dimensional que una exquisita caligrafía, plumones Faber-Castell mediante, lograba convocar con el simple hecho de su lectura. Como en boca de un mago pero sin paloma escondida en la manga, esas palabras suponían magia. Me cagó, que es la escatológica manera limeña de decir me deslumbró sin atenuantes ni vuelta en u. Había que leer todo lo escrito por el poeta médico, obra desperdigada en cuadernos hechos semillas.

Fue gracias a Salazar que conocí a Max y a Carlos, hermanos del poeta ológrafo, fortuna que atesoro, espero que con el merecido esmero. Una conversación con Max es una cátedra no ajena a la remembranza emotiva, poderosa contención de la emoción ante la razón, ejercicio de la escuela taurina de Ronda, pensando en Antonio Ordóñez. Una reunión con Carlos, así sea electrónica pues escribe, plagia y fowardea sin parar desde Estados Unidos, es un deleite sentimental y nostálgico que abarca lo literario, la balada italiana, la dulce maldición del fútbol, und so weiter, es decir más cosas entre cielo y tierra que las que sospecha tu filosofía. En esos escritos Carlos lleva a la práctica lo que su hermano a los cuadernos: vivir es lo único que importa. O, como reza el lema de los tres hermanos Hernández, lo importante es la rosa. Apréndanlo.

Jorge Salazar y Max Hernández
Luis Hernández hizo de su escritura una extensión del juramento hipocrático: apartar el daño de los demás [3]. Su obra, flotante y dispersa en su forma física, es en espíritu un antídoto perseverante contra la medianía, la tristeza y lo unidimensional, guía cromática de los siete colores de Lima que enseña a ver lo mejor de lo peor reuniendo imaginariamente pero de verdad a los prófugos del mundo, amigos y hermanos, muertos o vivos —da lo mismo— como una familia extendida e invulnerable. Es un códice socarrón, festivo y amiguero como era el poeta, a pesar del peruano estigma de hacer de todo vate nacional un ser triste que llora a solas y se lava las manos con Thimolina Leonard [4].

Ese cuaderno, o cualquiera de los suyos aún perdidos, son como su poesía, de todos y de nadie. Como una de esas espectaculares puestas de sol con que la ciudad aleatoriamente sorprende y demuestra que no siempre lo gris es gris. Que es lo que de otra manera Coco decía a cada rato, la poesía no sirve para nada: solo para vivir.

La soñada coherencia, dijo el poeta.

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* Luis Hernández vivió algún tiempo en la casa de Jorge Salazar y fue a él a quien Hernández le regaló varios cuadernos, los mismos con los que Salazar colaboró para la compilación de Vox horrísona que editó Nicolás Yerovi.

[1] Estupendo el trabajo que ahí desempeñan Kristel Best, Joan Muñoz, entre otros. 
[2] El sol lila se inaugura el miércoles 26, a las 19:00, en la Casa de la Literatura (jirón Ancash 207 ). 
[3] Apolo, por quien juran los médicos, no es en vano también dios de la poesía. [4] Frase del poeta, grande, Alonso Ruiz Rosas.

Pasolini un artista...

Jorge Salazar

“Porque soy artista y artesano, y porque he aprendido a extraer rostros, miembros, cuerpos, de la piedra. No tengo porque inquietarme por el juicio de la posteridad, de mis contemporáneos: mi nombre y mi apellido no estarán grabados en parte alguna; conmigo desaparecerán” 
Ingmar Bergman
Pier Paolo Pasolini

El 2 de noviembre de 1975, en medio de la dulce noche romana de Ostia, Pier Paolo Pasolini es asesinado brutal y cruelmente por un "ragazzo dila vita", un héroe de ese submundo que poblaba las ficciones del artista.

El destino hizo que lo conociéramos personalmente. Fue en Londres, en casa de Max Hernández. Eran amigos a pesar de ser demasiado distintos, demasiado diferentes psicológica y culturalmente, pero parecían unidos por una misma complicidad.

Después de la muerte de Pier Paolo Pasolini, su madre ha dicho que era alegre y que por eso le gustaba la compañía de los jóvenes; jugar al fútbol con los muchachos pobres de las barriadas romanas.

Nosotros no lo vimos así. Recuerdo que cuando se despidió (en inglés) la casa quedó impregnada como de un perfume de melancolía y sus palabras siempre fueron las mismas a lo largo de esa noche: La tragedia es la única situación humana que entendía. Si una persona no era infeliz, no le interesaba.


II

Decían los reporteros que fueron a informar que, desde lejos no parecía un cuerpo, por la forma en que había sido masacrado, parecía un montón de inmundicia. Después, poco a poco se fueron dando cuenta que bajo ese montón de inmundicias estaba el cuerpo de un hombre.

Si Pasolini se hubiera −como tantos− encerrado en una torre, o hubiera hecho de su poesía un claustro no hubiera habido noche de Ostia. Pero Pasolini no. Pasolini va a la búsqueda de la fuerza de la calle y no rehuye el combate ideológico que se le presenta todo el tiempo. "La Religión de mi tiempo" y "Las cenizas de Gramsci" son ejemplos de esa lucha. Pero no se queda allí.

También fue articulista en la prensa, removiendo con su pluma los problemas más reales y candentes de la situación político-social; la corrupción política, los sobornos, los problemas sexuales (algo de su propio dolor) y el fracaso de la educación y enseñanza burguesas.

Con toda esta carga de temas explosivos, levantará odios mortales, insidias y reproches. No es extraño entonces que a la hora de su muerte la prensa gorda y burguesa haya dicho escuetamente "Murió Pasollni, el homosexual que hizo del escándalo una forma de vivir".


III

Esa inolvidable noche londinense, coincidentemente, Pasolini se refirió en su discurso a la violencia que cada día se enfrenta en la confrontación de la homosexualidad. Decía que cada día son asesinados, agredidos "suicidados" decenas y centenas de homosexuales, de nombres desconocidos, que aparecen como perdidos en las páginas rojas de la crónica diaria.

Racconti di Canterbury (Cuentos de Canterbury), nos contaba, era su homenaje a aquellos que tienen que sentarse siempre en las últimas filas de los cines, ocultarse en la noche en los parques y en la noche de las playas pobres, solamente porque la sociedad masculina y heterosexual no deja espacios para otros. Aquellos de .quienes mejor es no hablar, a menos que se les mate violenta mente.


IV

"El sexo es un pretexto, para cuantos lo hemos encontrado y aun en el invierno, con la calle abandonada al viento tras las extensiones de inmundicias frente a lejanos palacios, somos muchos y no tenemos sino momentos de soledad".

Estos versos suyos, parecen su testamento, confesión descarnada y trágica, pero el poeta lleva otros dramas consigo. Ante todo es un combatiente socialista y con magnetófono, cámara cinematográfica entrará en el mundo del sub proletariado, enseñando su evangelio y viviendo el terrorífico problema del hombre, del sexo y del dinero, triología que pudre la condición humana de los habitantes pobres de la ciudad, de todas las ciudades. "Ragazzi di vita" (1955) y "Una vita violenta" (1959), son novelas testimonio de ese ciclo de su dolor.


V

Pasolini no nació para ser hombre de un solo hambre. Descubrió el cine como una manera de concretar telúricamente su fuerza expresiva. Llegó a ser guionista, actor y sobre todo el creador cinematográfico más personal que Italia haya producido, quizás con excepción de Rosellini.

Al cine llevó las llagas de la sociedad de nuestro tiempo, que oculta con sus uniformes, con sus ropas y automóviles lujosos todos los pecados y todos los crímenes concebibles.

Pasolini, que llevó al cine el refinamiento, la imaginación y el realismo, también nos trajo nuestra crueldad, nuestro horror, nuestro sadismo. Lo trajo todo. Y esa noche londinense, inolvidable, nos dijo que la tarea del artista es la defensa de la vida con dignidad y que confiaba que el último de los rufianes, el último de los delincuentes se levantará del fango, por la acción misma del socialismo, es decir, la acción misma de la vida y del amor.



Diario Marka, 22 de abril de 1976

Conversando con Sánchez: Max Hernández y Jorge Salazar

Jorge Salazar.- Muy buenas noches y muy agradecido. Antes que nada, debo decir que esta noche me siento tremendamente complacido de estar aquí. Fundamentalmente, porque lo estamos para recordar a alguien de quien fui adversario en una primera etapa –como les consta a algunos compañeros aquí presentes- y que terminó siendo mi amigo y maestro entrañable. Ahora bien, yo quisiera –pese al orden que se debe tener en este coloquio- cederle la palabra a Max Hernández, para que explique qué es lo quiero decir. Yo, particularmente, conozco a Sánchez desde 1975. Es una amistad entrañable aunque un poco corta. Conocí a Sánchez en los años 60 cuando ingresé a San Marcos. Sin embargo, nuestra amistad, esa cotidianidad compartida, data del año 1975 y tuvo comienzo en una llamada que Max, mi viejo compañero, hizo a mi casa. Por eso, lo dejo en el uso de la palabra.

Max Hernandez.- Muchas gracias al Congreso de la República, al Instituto Luis Alberto Sánchez. Empezaré diciendo que celebrar a Sánchez, en este hemiciclo, es un honor. Sin embargo, Sánchez y Porras estarían más contentos si esto hubiese sido el Senado de la República. No quería dejar de decir esto. Bien, ya que Jorge Salazar ha tenido la gentileza –vulnerando como siempre los órdenes preestablecidos- de dejarme el inicio de lo que probablemente va a ser en algún momento un diálogo, seré bastante breve. Me permitiré hacerlo en clave personal para lo cual he ubicado tres momentos de mi relación con Sánchez.
Luis Alberto Sánchez

El primero, el más antiguo, no fue una relación directa con él. Ocurre que dos personas cercanas a Sánchez, Don Ismael Biélich Flores -abogado de la familia- venía ocasionalmente a mi casa siendo yo bastante pequeño. Al conversar mencionaba el nombre de Sánchez, el cual también estaba en algunos libros de la noble, surtida y, por momentos, temerosa biblioteca familiar. Y digo temerosa, porque cuando yo era joven no se vivía una situación democrática. Por lo tanto, guardar ciertos libros siempre era algo que a una familia pequeño burguesa como la mía, la llenaba de sobresalto. La otra persona que le tenía mucho afecto a Luis Alberto Sánchez, era un pariente político mío, un concuñado de mi madre, Carlos Roldán Seminario, a quién, en su muerte, Sánchez dedicó un bello artículo que recuerdo mucho. Roldán también hablaba de Sánchez, aunque estaban en tiendas políticas distintas.

Después lo conocí en San Marcos, universidad a la que voy a describir con tres palabras tomadas directamente del propio Sánchez: “Ese San Marcos alaraquero, liberal, laico”. Yo había ingresado en 1955, año de gran agitación. El año 1956 salí del Perú. Estuve fuera un año durante el cual hubo un receso en la facultad de medicina, en pre-médicas. Me enviaron mis padres para afilar mi vocación de cuchillero, ya que este era el oficio de ellos en una tienda en el Jirón de la Unión.

Regresé a Lima en 1957 (Sánchez había regresado hacia el 56) y recuerdo que en 1958 compré en el Jirón de la Unión ese libro que ha comentado tan bellamente Miguel Marticorena: Perú. Retrato de un país adolescente. Me impresionó mucho que en la primera página citara un poema de T. S. Elliot, “Westland” donde decía: “Aunque no espero volver / aunque no espero volver a regresar”; y añadía él, “pero he regresado”.

Bueno, leí este libro y me impresionó bastante por la cosa polifónica, plural, de país adolescente. Pero me encontré con que entré a la lucha universitaria y fui electo no por la facción que estaba en aquel momento de lado del partido político de Luis Alberto Sánchez. Yo también era su adversario político. Fui presidente de la Federación Universitaria de San Marcos, de fines de 1959 hasta mediados de 1962 y Luis Alberto Sánchez tuvo su segundo rectorado a mediados de 1961. Quiero hacer un breve comentario sobre esto.

En el Consejo Universitario, el Rector se sentaba en un extremo de la larga mesa y el Presidente de la Federación Universitaria, se sentaba al otro extremo de la mesa. Yo me encontraba pues entre dos Sánchez: el Sánchez en persona, y el Sánchez del retrato de Felipe Cossío del Pomar, que Luis Alberto había tenido la audacia de poner en el Consejo Universitario, en medio de tantos señorones vestidos de negro. Ese Sánchez, parecía emerger de un fondo rojizo que parecía más bien salir de algún infierno, al que el tenía particular pasión. Al parecer, prefería esto que estar enmarcado en la solemnidad del claustro.

Claro, tuvimos: muchas discrepancias, pero una gran coincidencia: la defensa del cogobierno en la facultad de medicina. Durante el cogobierno, lo visité muy frecuentemente. Él se refiere a ello con una acidez particular. Dice: «Los delegados estudiantiles mostraron como suele ocurrir en tales casos, una actitud ambivalente y nada leal. (Esto no me gusta pero tengo que leerlo). Mientras hubo peligro, capitaneados por Max Hernández y Antonio Meza Cuadra, me atormentaban con sus visitas, solicitudes y su. inevitable y ubicua presencia. Apenas tuvieron la certeza de nuestra victoria se volcaron contra mí, especialmente Meza Cuadra, a quien ...» etc., etc., Sánchez plantea que algunos de estos estudiantes buscaron puestos y prebendas en la facultad de medicina, a la cual, debo responder, jamás he tenido el honor de pertenecer, salvo como estudiante, porque nunca he sido profesor de esa facultad.

Pero lo digo y me adelanto a lo que estaba por decir, porque con Sánchez tuvimos una relación muy curiosa. Yo veía en el al limeño Viejo y socarrón. Me hacía acordar cosas de mi padre: las frases mordaces, la generosidad con los amigos, la invectiva para con los enemigos, la simpatía, la cosa profundamente ingeniosa y esa sensación de que con el diálogo, todo era posible.

Recuerdo que deje” la Presidencia de la Federación Universitaria. Vino el golpe de Estado, al que, por una tozuda vocación también compartida con Sánchez antimilitarista, me opuse y, mas o menos, desaparecí de la escena. Sin embargo, recuerdo que leí un articulo; no, un discurso de Sánchez que me conmovió muy profundamente, porque también hablaba de un momento muy particular de la historia del siglo pasado de nuestra patria. Es el discurso en el que se refiere a su generación y dice que a unos les tocó ser yunque y a otros les tocó ser martillo. Fue muy duro pero al menos sirvió para algo. En el proceso se pudo ver quienes eran de acero y quienes de hierro dulce.

Bueno, así las cosas, a mediados de 1966, cuando Sánchez era electo Rector por tercera vez -en esa relación que Miguel Maticorena ha calificado de noviazgo, matrimonio, viudez, desencanto, y vuelta de amor- yo me ausenté por varios años del país. Me ausenté justo en esa mitad del año 1966 y volví a principios de 1974. Recuerdo que yo no entendía mucho a mi país en ese momento porque había salido a un proceso psicoanalítico que me cambió. Regrese a un país muy cambiado. Eran los años del gobierno militar y recuerdo que fui a visitar a Sánchez en su estudio. Había ido con mi padre al café del yugoslavo que probablemente mucha gente de la época todavía recuerda. Estaba en la calle Jesús María. De allí me pasé al estudio de Sánchez, a preguntarle que pensaba de esta revolución que vivía el país. Tuvimos una larga, larga conversación. Me planteó su irrenunciable pasión por la libertad, su credo democrático y la distancia que tenía con respecto a las cosas que en ese momento estaban ocurriendo. Luego, deje de verlo.
Jorge Salazar y Max Hernández

Por aquel entonces, Coco Salazar me acogía en su casa porque yo había tenido uno de esos problemas que Sánchez tenía con la Universidad, pero en mi caso era con mi ex mujer. Tuve que ir a la casa de Salazar a buscar refugio por algunos meses. Así, pues, viviendo en casa de Coco, leí un articulo de Sánchez en Caretas, sobre un libro que Jorge Salazar y Alaín Elías habían escrito. Se titulaba Piensan que estamos muertos. Entonces le digo a Coco: «Oye Coco, ¿por qué no llamas a Sánchez?». Coco me dice: «¡Hombre, pero si yo he sido tan opuesto a el!» «Pero oye -le respondo- la crítica es muy interesante, muy respetuosa y muy generosa». Y un poco que animé a Jorge a que llamara a Luis Alberto Sánchez.

Jorge lo llamó y al par de días, Sánchez estaba viniendo a casa de Jorge a comer. Luego de eso, hubo una serie de reuniones en las cuales participaron, creo también en alguna de ellas, Ricardo Letts, Mario Vargas Llosa y otros amigos que llegaban allí a conversar de todo y caían subyugados por el encanto de la conversación de que Sánchez era capaz.

Yo recuerdo una cosa que era maravillosa en su síntesis. Un día le digo a Luis Alberto: «¿Por que fulano -no voy a decir quién- lo odia de tal manera?». Sánchez me dijo: «Es que alguna vez le hice un gran favor y sigue creyendo que se lo infligí». ¿Quien era este Sánchez? Comencé a revalorarlo y leí nuevamente Perú. Retrato de un país adolescente y pensé -como pienso ahora- que era muy importante esta Visión, más bien plural, polifónica y multicultural diríamos ahora, que una Visión cerrada.

Le comenté a Sánchez, como le había comentado también a Aurelio Miró Quesada, mi intención de escribir algo sobre el Inca Garcilaso de la Vega. Sánchez me animó muchísimo. Marlene Polo sabe cuántas veces me jaló la oreja porque me demoraba muchísimo en escribir este libro. Al final no me creía. De manera que cuando le llevé el libro impreso, bastante tarde, se alegró muchísimo y me dijo: «Oiga como usted sabe tanto ya de Garcilaso y nunca va escribir esto, lo invito cuando menos a que vaya al Cuzco a que presente la revisión de mi libro sobre Garcilaso. El Primer Criollo».

En esa epoca tuve ocasión de verlo bastante seguido. Fue para mí enormemente importante. Quiero decir que, en cuanto a su visión del Perú, ha sido esta Visión mas polifónica que sintética; en cuanto a su método, más aristotélico, en el sentido de una «frónesis», que epistémica en el sentido unitario y jerárquico platónico. Para mí Sánchez, sigue siendo aquel hombre con que nos peleamos muchas veces, con quien discutimos frecuentemente en el Consejo Universitario y en quien, sin embargo, al final de su Vida, pude frecuentar y reconocer a un limeño, a un criollo, a un universitario, a un republicano y a un Parlamentario que realmente nos ha dejado una hermosa lección.

Todo esto, en parte, se lo debo a esa llamada que insté a hacer a Coco quien, probablemente, pueda decir algunas cosas mas sobre esas charlas tan simpáticas y amenas que teníamos con Sánchez. Creo que este modo coloquial, es realmente el mejor homenaje que pueda hacerle a Luis Alberto Sánchez. Donde estés Luis Alberto, mis respetos.

Jorge Salazar.- Yo le había preguntado al maestro por que había sido tan generoso de escribir ese comentario sobre lo que Alaín Elías y yo considerábamos que había sido esa tremenda tragedia: uno de los primeros levantamientos marxistas-leninistas del Perú en Puerto Maldonado. Como ha dicho Max, nosotros habíamos escrito un libro que se llamó Piensan que estamos muertos y Sánchez había sido muy generoso, no solamente con nuestra ideología sino también con este gesto heroico que, de alguna manera, le hacía recordar a los de sus viejos compañeros de Trujillo.

Pero, a pesar de todo eso, había una distancia. Yo había sido delegado estudiantil y siempre estábamos en tiendas opuestas. Para mí el día que le llamé, a instancias de Max, me asombró que este señor Sánchez, a quien habíamos atacado tanto y nos había devuelto los ataques de la misma manera, hubiera escrito una cosa tan generosa en torno a nuestro libro. Max insistió: « ¡Llámalo! ¡Llámalo! ». Y yo llamé. Fue un coloquio bastante corto, largo, no recuerdo. El asunto es que Sánchez vino a la casa a comer y me dijo: «Yo se que usted cocina (porque Sánchez se enteraba de todas la cosas que uno hacía, yo no sé cómo se enteraba, pero él se enteraba de todo). Bueno, Vino a la casa y un poco como que se instaló. También venia Mario Vargas Llosa (estoy hablando de Mario Margas Llosa de los años 70 que yo había conocido en Barcelona). El día que Max volvía, me lo había presentado. Entonces, Sánchez llegó y se enteró un poco de la forma en que vivíamos nosotros, que éramos más o menos profesionales; profesionales jóvenes. Entonces Sánchez nos dijo algo que sólo ahora lo acabo de escribir: «Más allá de ideologías o edades, yo siento mío, míos a los que cultivan como yo ese atroz oficio de escribir y de pensar».

A la casa también venia Antonio Cisneros; también asistía la propia Chabuca Granda que estaba justamente conversando mucho con Alaín para hacer esa canción que ustedes creo conocen «Las Flores buenas de Javier». Y era emocionante que este viejo señor, que era 40 años mayor que nosotros, estuviera hablando. Porque yo, igualmente, creo en aquellos que investigan; en aquellas personas interesadas, como Max, en la identidad peruana. Creo asimismo, que Sánchez identifica como nadie a Lima, esta Lima que tiene este tremendo regusto por la palabra. Eso era Sánchez, un hombre con un tremendo regusto por la palabra, por el hablar, por el contar; pero también por el escuchar. Sánchez escuchaba y hablaba; hablaba siempre. Sabíamos que era un pozo de experiencia y, por ello, también hablaba y mucho sobre el que había sido en otro tiempo.

Hemos conocido a un Sánchez referido, en esos tiempos, a una infancia sorprendida por el escándalo. Es decir, nos contaba, por ejemplo, cómo le había sorprendido el ver las pantorrillas de las chicas de la Compañía Velasco, esa Compañía de Zarzuela. Asimismo, Sánchez hablaba de la minifalda. Sin embargo, a la vez, Sánchez recordaba a Sánchez, al adolescente sorprendido diríamos. Volvía a ser ese tipo que visitaba el Hotel al que llamaba «templete de amor mercenario».

Tenía memoria para todo, sobre todo para todas. Como bien lo ha dicho Miguel Maticorena, Sánchez, de alguna manera, era un permanente calificador de su ciudad, de esta Lima. Todavía suenan en mis oídos palabras como «imperturbable». Para él, Lima era imperturbable; para él, era mendiga; pero Lima también era prodigiosa. Sánchez conocía todo el brillo de la ciudad, él hablaba del brillo. Eso era Sánchez.

Mi vida con el APRA, en la Universidad, se contrapuso siempre. Sin embargo, paradójicamente se parecen. Son historias de vida o muerte; plenas de momentos de dolor o felicidad, intensos y violentos. Les estoy contando cuestiones absolutamente vivenciales. Yo no vengo a hablarles de política. Vengo a compartir el vino y el anochecer, a olerlo con ustedes. Eso era Sánchez. Por ejemplo, Sánchez nunca me vio. Yo lo conocí el año 1960, o sea, nunca pudo verme porque, como ustedes saben, ya había perdido la vista. Sin embargo, el doctor me conocía. Por ejemplo, yo soy bebedor de agua, bebo mucha agua, mucho café y él me decía. «Jorge, yo sé que usted proviene de generaciones sedientas». Con ello hacía alusión a que mi padre era hijo de árabe.

Eso de que le dijeran «zorro» puede ser muy sinuoso, decía. Nunca le gustó. Esto va para sus compañeros: Nunca le gustó que le dijeran «zorro». No le gustaba, consideraba que eso era muy sinuoso, muy pobre, muy pobre el homenaje que le hacía.

Una vez vino un poeta escritor conocido. Sánchez me preguntó quién era. (Cuando Sánchez venía a mi casa, venía bastante gente al servicio de él. Por eso, yo le preguntaba: «Doctor ha venido tal persona ¿puede entrar?). En este caso él me respondió: «No, no puede entrar. Yo puedo ser canalla porque soy viejo, pero un joven no puede cantarle a la dictadura».

Múltiples miradas de Luis Alberto Sánchez sobre el Perú contemporáneo, (Fondo Editorial del Congreso del Perú, 2002)

Nacer con el alba

Soledad, mi niña, tu tío Max acaba de darnos una mala noticia: Lucho ya no vendrá con nosotros, no te volverá a cargar en brazos ni a cantar canciones en alemán. Lucho –que, a medida que discurría, parecía meternos en un largo viaje en el que atravesaba el mundo, la bruma y la noche– te contaba, a ti pequeña Soledad, que irían los dos uno de estos días a pescar; y luego se reía como un chiquitín; te cargaba en brazos y te confesaba: No, no me gusta pescar, no me gusta incomodar a los peces; lo que en verdad me encanta, volvía a reír, es llegarme hasta las rocas para ver desde allí cómo el mar se engulle lentamente al Sol. Lucho reía nuevamente. Luego, con un plumón celeste anotaba: “Como el Sol tan solo”. 
Luis Hernández

Mi Soledad, los poetas que conozco, al margen de su específica tarea, viven en el mismo mundo que yo: corren en círculo o en línea recta; nos pasamos la vida amontonando miedo. Él, Luis Hernández, no. Había logrado evadirse del inmenso infierno de la lógica y las buenas costumbres. Lo suyo era el laberinto de lo imposible; para eso, creo, había nacido, para inventar historias y palabras. Lucho, a diferencia de su amigo y compañero de claustro, se reía de la pensión de jubilación y de la muerte… decía: “Hoy, por ejemplo, llevé con firmeza el vaso a la boca y le hice un salud”… 

Te explico, mi niña linda. Escribir, para él, certero cazador de palabras, era, pese a lo aburrido que le resultaba la inmortalidad, su manera de no morirse nunca; su modo de estar en casa y con ropa de entrecasa; su forma, te repito, de no morirse y, principalmente, su manera de hacer vivir a las cosas y personas que más había querido. Para inventar algo, fíjate tú si no lo sabía: “hay que cerrar fuerte, bien fuerte los ojos y, por supuesto, apretar los dientes”, decía… 

A veces, pequeña, cuando subimos a un autobús, vemos que todos los pasajeros están muy quietos, tan quietos que el autobús parece vacío. También están mudos, es decir, abren la boca solamente para ordenar “en la esquina”. Y bajan cuando llegan a “su” paradero. Entonces los miras, y te das cuenta de que todos son iguales… ¿Sabes lo que hacía Lucho en esos casos? Se ponía a silbar hasta que, poquito a poco, la voz, todas las voces metidas en la suya, rompían a cantar. Recién allí él se bajaba… 

Nadie consiguió marearlo, ni los muy agradecidos enfermos a quienes curaba gratis ni las novelitas policiales que leía, tampoco las leyendas del Rin, río en cuyas orillas tomaba helados de fresa para dejar mal parado a Savarin. Pedía papas redonditas en la China y salchichas con ensalada rusa en un restaurante de La Colmena, luego se volvía al barrio. Jesús María. 

Invitaba café y después se iba a escribir cartas a Ezra Pound, le advertía: “Ezra / Sé que si llegaras a mi barrio / Los muchachos dirían en la esquina: / Qué tal viejo, ché su madre”… Bueno, supongo, hijita mía, que ahora entenderás por qué no estoy triste cuando te hablo de Luis Hernández, el hombre que viajaba del lado de la ventana para poder darse cuenta de que la historia, como el alba, nace cada mañana…


Jorge Salazar, "Charlas con Soledad" (Editorial Pilpinta, 2008)
Foto: Archivo de Carlos Hernández

Columna: Charlas con Soledad
Octubre de 1977

Luis Hernández le regaló varios cuadernos de poesía a Jorge Salazar, con los que Salazar colaboró para la compilación de Vox horrísona. 

A manera de aperitivo

Por Ismael Pinto


Para comer mejor el hombre ha inventado civilizaciones, también ha viajado, dictado códigos y, como bien se señala en "Crónicas gastronómicas", ha perpetrado crímenes... Pero no nos adelantemos a hablar de fogones y de ritos de la degustación y el paladeo, y más bien, permítanme los lectores hacer algo de historia, en un país que es desmemoriado más que por excelencia por conveniencia. Este libro tiene una larga y elaborada cocción que viene de muchos años atrás en lo que toca a Jorge Salazar, su autor.


Cuando el año de 1980, después del interregno del gobierno militar, se devolvieron los diarios de circulación nacional a sus propietarios, en Expreso volvimos a empezar con mucho entusiasmo y pocos columnistas. Coco Salazar fue uno de ellos. Semanalmente, puntual, empezó a publicar en la página editorial una medida columna: PUNTO Y COMA. Tan sólo tres sabrosas carillas que no pretendían descubrir y menos teorizar sobre el inagotable y fascinante mundo de los sabores y olores culinarios, sino que se recreaban con la sal, pimienta y facundia criollas. No era una ciencia de oídas sino de vividas. De sus largos y despaciosos vagabundeos por la vieja Europa, de su época de desmañado estudiante londinense. De su trashumancia por las islas griegas, de sus correrías por los zocos de Constantinopla, los bazares de la costa africana y las tascas y colmados españoles. Correrías en las que sobrevivió en unos casos y en otros vivió muy bien, gracias a sus trabajos golondrinos de enterado guía turístico, de escritor y traductor a destajo, en algún caso de bailarín gitano –esto lo puede confirmar y reafirmar Max Hernández– y en las más de las veces como un eximio y buscado cocinero.


En PUNTO Y COMA, Salazar empezó, pues, algo que con el correr de los años ha cobrado la importancia que hoy tiene, La Cocina, con mayúsculas. O mejor, diremos robándole una hermosa frase a Anthelme Brillat Savarin “El Arte de la Gastronomía”, para el cual reclamaba, ya allá por la mitad del Siglo XIX, la calidad de ciencia. Y, según el mismo Brillat Savarin, porque el arte de la Gastronomía está, como diríamos hoy en término grato a economistas y políticos, interrelacionado con la historia natural.


Y es también por los caminos de la historia por lo que transcurre este rico texto de Jorge Salazar. Su vieja experiencia de viajero flamboyante de mundos solares y recovecos a los que no llega la luz de la luna, nos dice de la vieja sabiduría de culturas milenarias como las que florecieron en la cuenca del Mediterráneo dándose el encuentro con la nuestra, con la cultura andina. Un viaje a través del tiempo y de la historia, de las sopas de los trirremeros fenicios, inventores y cultores de la espesa y humeante sopa de mariscos, a la criolla parihuela chalaca y el concentrado de erizos ileños, pasando por la boullabaise marsellesa. De mestizaje se trata sí, pero no excluyente. Sí, afortunadamente confluyente de razas, credos y dioses, de sabores y olores, de comeres, beberes y quereres alrededor de la mesa y la cocina. Por tantas cosas no queda sino alzar la copa: ¡Salud!