Un diálogo con Jorge Salazar

Jerónimo Pimentel

Jerónimo Pimentel imagina un diálogo con el fallecido Jorge Salazar 

Tendría que haber ido a su casa el sábado pasado. Él me habría recibido con una sonrisa y dos huevos revueltos crudos, preparados a la inglesa, como le gustaban. Nos habríamos sentado en la sala de su pequeño departamento de la cuadra siete de Benavides, en esos sillones viejos y mullidos que decoraban una pieza revestida, hasta el techo, de libros e historias. Le hubiera preguntado cómo iba el corazón y él me habría contestado “a la izquierda”. Luego contaría alguna historia de mi padre mientras me invitaba un café sin azúcar, quizá cuando regresaron juntos en barco desde España. Comentaríamos los últimos partidos del Cristal o el biopic que están filmando de Heraud. Luego habría entrado a tema, ya con un Chesterfield en la mano.

Ansioso, es probable que yo haya soltado un ejército de preguntas: ¿este es un buen punto de partida para articular una teoría de la violencia peruana? ¿Es moralmente legítimo sociologizar un crimen? ¿Tienen valor los diagnósticos psiquiátricos televisados? ¿Es trivial o pragmático convertir en símbolo o síntoma un homicidio real? ¿Tiene una víctima el derecho constitucional a la imagen propia, así sea post mortem? ¿Se puede hablar de feminicidio? ¿Habría sido verosímil una matanza de esta proporción en un distrito con más policías per cápita? ¿Que haya ocurrido en un mall nos obliga a considerar un apunte al capitalismo? ¿O lo realmente aterrador es que el banco haya abierto al día siguiente a diferencia de la discoteca, que cerró a manera de luto?

Y él habría contestado: No. No. No. Ambas. No. Sí. No. Sí. No.

Vamos, Coco, habría insistido. La idea es que incorpores este asesinato múltiple a la historia secreta del Perú, esa biografía escrita con cuchillos, garrotes, correas, martillos y balas. La que protagonizan Tatán, Shimizu, el Monstruo de Armendáriz, Patita de Cuy, Poggi, Luza y Clímaco. Cuéntanos si estarías de acuerdo en hablar de una mexicanización de la violencia local. O si Estados Unidos está exportando patologías a través de su industria cultural; es decir, si todo esto no es más que un subproducto de la alienación. Se suponía que la descarga dosificada de violencia —la mentada de madre cotidiana, el escupitajo en cada esquina, el empujón en la entrada del Metropolitano, la incapacidad de ceder el paso o saludar— nos haría un país espantoso, sí, en la frontera de lo invivible, tal vez, pero un país liberado de estas explosiones brutales que solo son entretenidas cuando vienen mediadas por el cine o Internet. Lo nuestro era más atávico, la ronda homofóbica, digamos, o más político, como Ilave.

Él, entonces, habría desdeñado la cháchara y habría buscado dos cosas: el centro del horror y la historia. Y habría replicado: ¿has salido a reportear? ¿Has hecho el recorrido como si fueras tú quien porta la Beretta de nueve milímetros? ¿Te has puesto a pensar como un asesino? ¿Sabes qué lo motiva? ¿Puedes identificar el origen de su afición por las armas y la razón de su exhibicionismo en redes sociales? ¿Conoces su historia clínica? ¿Has investigado el estado de la salud mental en el Perú? ¿Has entrevistado al psiquiatra que le emitió el certificado para portar armas? ¿Tienes una idea de lo que significa vender salchipapas en un puesto ambulante en Independencia, y que te lo prohíban? ¿Por qué lo llamaban “Gringo” o “Colorao”? ¿Cómo es el sistema de coimas de los fiscalizadores de la municipalidad? ¿Por qué no continuó su carrera en la Marina? ¿Quiénes son las víctimas? ¿Has encontrado un patrón? Pero sobre todo: ¿cómo vas a resolver el misterio si ni siquiera lo puedes plantear?

Y yo no habría tenido respuestas.

La verdad, Coco, es que no entendemos nada. La crónica policial, a punto de alcanzar el estatus de género extinto —¿por qué cierta nobleza aparece como pátina sobre las especies que están a punto de desaparecer?—, ha muerto para todo fin práctico. Su reemplazo, ¿lo llegaste a prever?, es un trío de lágrimas: titulares exentos de toda gracia que ofrecen ordinariez en vez de la difícil labor de hermanar oficio con información y sensibilidad; noticieros en modo gore que creen que su función es documentar el rictus de una mujer recién baleada; y toneladas de ligereza y estupidez que día a día, hora a hora, post a post, amenazan con zozobrar al lector desavisado que, por casualidad, busca informarse en la marea de likes. No es esta una de las bellas artes, ni su remedo siquiera. Nos hemos vuelto un poco más cínicos y, a la vez, somos más fáciles de satisfacer.

Un caballero no bebe antes del mediodía, habrías contestado de manera elusiva, como quien propone temas más amables ante la derrota rival. Eras compasivo. Entonces podíamos haber hablado de fogones y copas, de Bud Spencer y Terence Hill, de Sandokán y Jesús, de Gina Lollobrigida y Raquel Welch. Pero yo habría insistido, quizá con una cita pretenciosa, para volver al pleito: James Wood dice que la muerte origina la primera pregunta (“¿por qué?”), pero también mata todas las respuestas. Y habría esperado ansioso la lección del maestro.

Ah, se habría despertado en tu rostro esa mueca entre alegre e irónica de quien nunca deja pasar un lance. ¿Un as bajo la manga?

Cada quien juega con las cartas que tiene, Coco.

Y tú habrías acabado la partida: Yo no le temo a la muerte. La muerte para mí es dejar de ser lo que uno eligió.

Diario El Comercio 01.03.2017