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Jorge Salazar, el dueño del mundo


Por Daphne Zileri


Jorge Salazar es sorprendentemente puntual. Con aire de trasnochado, pinta de bohemio, bufanda al cuello, preferentemente negra y de seda. Desconcierta.
Aparece para una entrevista.

Coco se preocupa por mí. Siento que el asma cascabelea como un quitasueños en mis pulmones. Pero para no decepcionarlo le digo que estoy muy bien. Después de todo lo estaré pronto. Los milagros, según Coco, están a la vuelta de la esquina.

Coco es cortés. Habla en voz baja y ríe en voz alta.
Pregunta si incomoda la grabadora. “No, para nada”, responde su entrevistado nervioso. Y para qué, si Coco jamás la utiliza.  Él recurre a su memoria comparable a una computadora que además posee la virtud de la imaginación y colorido.

Para disimular apunta jeroglíficos en una libretita de bolsillo.
Escribe vertical, horizontal y diagonalmente en páginas dispares.
Es un poco más cuidadoso cuando logra la receta favorita del entrevistado quien, ya, con las defensas bajas, ni cuenta se ha dado del robo furtivo.

Coco ama la cumbia, el jazz, el afro y Mozart. Ama a las mujeres. Cree en los amores eternos pero fugaces.
Nació en Chosica y es dueño del mundo. Ahí va su pata del “Reina del mar”, ahí está el de los toros de Sevilla y el otro de la pensión de Hungría. Jorge Salazar quiere a sus amigos pero más quiere a su soledad.

Jorge Salazar es generoso y desprendido. A mí, supo darme los pañuelos blancos en su momento oportuno. Ese gesto se lo agradezco infinitamente.

Foto: Max Hernández


Jorge Salazar el querido “Barón Dandy”

por Rolando Breña Pantoja 


Han pasado ya algunas semanas de la muerte de Jorge “Coco” Salazar. Yo no sé si le tengo una deuda. Porque hace algunos años, bastantes ciertamente, conversando con él en un encuentro casual (casuales fueron todos nuestros encuentros después de San Marcos), lo comprometí (creo que lo comprometí) a sentarnos una noche en un café para que en el transcurso de la noche entera hablara sobre su vida, para una biografía o algo parecido. Pero se murió y no sabré nunca si su promesa fue sólo una salida a mi majadería. 

Lo conocí cuando ingresé a San Marcos. 1962. Fue uno de los primeros comunistas que conocí personalmente. Era responsable de nosotros en nuestros Círculos de la Juventud Comunista en la Facultad de Letras. Recuerdo el grupo de adolescentes: Darío Rubio, Azparrent, Delgado, García-Godos, Luis Ojeda, María Tello, entre otros; en larguísimas reuniones para estudiar, discutir, organizar, conspirar, soñar con la revolución y el socialismo. Coco, siempre impaciente y apurado, mirando a los lados, como esperando permanentemente algo o a alguien. Hablando como quien da sentencias, casi entre susurros, como convenía a un buen conspirador; actuando, en un informe o en un análisis, como un experto mecánico desmontando una máquina, sin olvidar ninguna pieza suelta esencial o secundaria.

Coco Salazar nos sorprendía siempre con sus conocimientos. No había hecho político, internacional, nacional o universitario que no conociera lo suficiente para exponerlo, explicarlo y argumentar a favor o en contra. Y cómo bailaban sus ojos cuando se apasionaba en sus intervenciones o conversaciones. Tal era el cúmulo de datos y detalles que quería comunicar, que no parecía suficiente la velocidad de su verbo. 

Con un eterno cigarrillo quemándole los dedos. Con ternos casi extravagantes por su tremenda estrechez, que lo hacían más flaco (y lo era bastante), de colores no muy usuales, una delgadísima corbata (se podía creer que Jorge había dividido una corbata en dos). Los zapatos siempre bien lustrados, brillantes, enormes. Justamente por eso dejó de ser para nosotros “Coco”. Lo bautizamos como “El Barón Dandy”. El camarada “Barón Dandy”. 

La vida y los avatares políticos nos separaron. Quince o veinte años después lo encontré en la presentación de uno de sus libros. De allí las circunstancias nos juntaron de cuando en cuando. Al conversar no recordamos nunca los tiempos sanmarquinos. Al hablar de política, lo hacía como el médico forense al diseccionar un cadáver: preciso, seco, frío. Al hablar de cocina parecía tener delante una fuente del manjar que describía o cuya historia contaba. Al hablar de fútbol no había historia ni anécdota que no brotara como un torrente por la inmensidad de sus conocimientos, sus recuerdos, sus odios, sus amores. Esta nota acaba abruptamente, incompleta. Hasta la vista, mi querido “Barón Dandy”. 

 Lima, 30/7/2008

Jorge Salazar "El Camborio"

Por Ricardo Mitsuya

¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!

A mediados de la década de los sesenta, caminando una tarde por la Gran Vía de Madrid, conocí a Jorge Salazar. Yo iba tras mis sueños de torero, él era un exiliado político, pues había pertenecido a la juventud rebelde de los guerrilleros de aquel entonces. Salazar escribía, bailaba y era actor de cine por esos tiempos.

"Yo iba tras mis sueños de torero"
Desde el primer momento existió una empatía entre ambos. Recuerdo que conversamos largamente hasta el anochecer, sentados en la cafetería Manila de la esquina Gran Vía y la plazuela Callao. Hablamos de todo, del Perú, especialmente de literatura; dentro de la conversación yo le dije: “Me gustaría escribir sobre el septuple asesinato de Mamoru Shimizu”. Jorge me respondió como un resorte: “Carajo, no te metas con eso, que yo llevo cinco años investigando el caso”. A lo que le respondí aliviado: “Si alguien va a escribir sobre Mamoru y no es de la colonia japonesa, mejor. Porque si yo lo escribo, van a pensar que trataré de exculparlo y no seré imparcial”.

Veinticinco años después, cuando Jorge tuvo el gesto de invitarme para que yo sea uno de los presentadores de ese libro, "La medianoche del japonés", junto con el prestigioso psicoanalista Max Hernández, en una casona de Barranco. Yo conté esta anécdota para corroborar que verdaderamente Jorge Salazar había venido trabajando ese libro por más de 25 años.

Jorge Salazar también ha publicado los libros: "Piensan que estamos muertos", escrito alimón con Alaín Elías, el guerrillero que estuvo en la misma balsa que el poeta Javier Heraud cuando fue acribillado por el ejército. Después escribió "La ópera de los fantasmas" que relata los trágicos acontecimientos del Estadio Nacional cuando murieron más de 400 personas en el partido Perú - Argentina.

"Salazar escribía, bailaba y era actor de cine por esos tiempos"
A Jorge Salazar sus amigos cariñosamente le dicen Coco, pero en España los peruanos que trabajamos con él haciendo películas de cine, cuando Hollywood se mudó a Almería, le decíamos Camborio, en alusión a ese personaje gitano creado por el prodigioso poeta Federico García Lorca.

Yo creo que a Jorge le va más exacto eso de Camborio, porque en el fondo de su mirada brilla la fiebre trágica de los gitanos; de tez oscura como los gitanos de verde luna, acostumbrado a convivir con la muerte y escarbando ese misterio para tratar de comprender la vida. ¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!

Perú Shimpo Diario Peruano-Japonés
Foto: Ricardo Mitsuya Higa

En memoria del maestro Jorge Salazar

por Esther Vargas

Jorge Salazar
(1940 - 2008)

Conocí al maestro Jorge Salazar hace muchos años, cuando trabajaba en el Diario La República. 
Mi jefe me asignó una comisión que se transformó en una de las mejores experiencias de mi carrera. 
Hablar con Jorge Salazar era un lujo. Y gracias a esa comisión tuve la oportunidad de verle la cara a un verdadero maestro de la crónica. 
Jamás olvidaré sus historias. Jamás olvidaré su mirada congelada en el vacío.

Lima, 9 de de junio de 2008


"Dice Salazar que la gran mayoría de homicidios ocurren por causas domésticas y caseras, detalle que nos diferencia de otras sociedades. Se refiere a celos, borracheras, cuernos y rupturas sentimentales. (Basta echar un vistazo a las páginas policiales del momento para constatar que la afirmación del cronista es muy cierta). En un segundo plano, aparece el lucro".  
Entrevista de Esther Vargas a Jorge Salazar, 16 de marzo de 2002.
https://laoperadelosfantasmas.blogspot.com/2016/10/antologia-del-crimen.html

El Gitano Chosicano

por Jaime Bedoya

Los italianos Bud Spencer y Terence Hill, acompañados por el elenco de actores, en Almería, España. Coco, Jorge Salazar, parado a la derecha. 

Sentado en un escritorio con una pierna ensortijada en torno a la otra cual enredadera de tibia y peroné, el cuello en diagonal, largo el parpadeo, Jorge Salazar dio una pitada al cigarro para preguntar qué se me ofrecía. Era 1985 y se me ofrecía buscar trabajo. Ni tanto. Con una oportunidad bastaba.
En busca de ella me había presentado en Caretas llevando una máquina de escribir portátil para demostrar mi disponibilidad inmediata. Al constatar mi mamerto despiste, en la puerta misma fui remitido al cuarto piso, donde Salazar. Al parecer tenían experiencia con gente así.
Él hacía no poco tiempo había cobijado a un grupo de periodistas jóvenes –Gonzalo Rojas, Mariana Creimerman, Tomás D´Ornellas–, que junto con él mismo y bajo el anagrama de Rosa Creidor había honrado la legendaria escuela de la revista. De ese equipo solo quedaban escritorios vacíos y fotos a punto de caerse de un panel de tecnopor. Luego de oír un intenso y olvidable alegato hizo una sola pregunta:
–¿Sabes que este trabajo puede volverte loco, no?
–Eso no es un problema, respondí.
Acto seguido era enrolado como meritorio de las secciones Concurso Canalla y Amenidades. Un desconocido de mirada ruda y huesos elásticos me daba la oportunidad de mi vida: Inventar la vida privada de la calata de la penúltima página.
Junto con la redaccion de los brevísimos textos que acompañaban El Concurso Canalla, aparentemente la intrascendencia periodística estaba asegurada. Jorge me demostró lo contrario. En diez líneas tenía que lograr un texto que sin noticia alguna atrapara al lector por sí mismo: el lenguaje era su propio tema. No tenía la menor idea ni capacidad para hacer eso. Percatado de mi orfandad Jorge bombardeó mi cabeza con lecturas e ideas de lo que él tenía por nociones básicas del oficio; y de la vida por extensión.
La magia de la palabra era una de ellas.
Obsesionado ya con la vida de Jesús citaba recurrentemente las escenas bíblicas donde el milagro sucedía a consecuencia del verbo: Levántate, camina; ¡mira!, tú que eres ciego. La palabra precisa y bien dicha tenía el poder de insuflarle vida hasta a una bidimensional mujer desnuda. Qué no podría hacer en un reportaje.
Otra de sus ideas era que el mejor de los sabores al compartir una mesa era el de la amistad. Gastrónomo pionero a años luz de la actual novelería culinaria, convertía una visita al Koala en penúltima cena donde se convocaban a la historia toda, compartiéndose por igual pan e ideas, todas comestibles, desde las más cultas y exquisitas hasta las inclasificables. Como el día que planteó una interrogante de alcances metafísicos sobre la que sostuvimos un debate durante años: Jaime, ¿poto es palabra?
Su otro tema, el arte de amar a la mujer. Tomé notas, pero pretencioso sería creer poder abarcar la complejidad de su teoría y praxis. Solo diría que en ella había de Jean Valjean, son cubano, Changó, Antoñito el Camborio, Berlín Oriental, Herodoto, el muelle de Brighton, Borges, y chifas, todos los chifas del mundo.
En el chifa el verbo se hacía carne –v. gr., pichón–. En el chifa los platos no eran de nadie sino de todos. Y en el chifa las mujeres, iluminadas por la combinación única de luz fluorescente reflejada sobre sillaus y tamarindos, refulgían en irrepetibles tonalidades chinescas. Y si no había mujeres, la comida siempre era magnifica.
Guiado por Jorge trapeé la cubierta de las últimas páginas de Caretas durante más de un año como feliz aprendiz. Alguien acabó leyéndolo y conseguí trabajo de periodista. Ahora me doy cuenta que eso era lo que Jorge tenía en mente. No volverme periodista. Sino que aprendiera a trapear con orgullo y sin vergüenza.
Al hacernos amigos lo empecé a llamar como lo llamaban todos, Coco. Pero jamás dejé de verlo como jefe y maestro.
Había leído sus libros y lo tenía por escritor notable, naturalmente ninguneado, lo que tampoco le quitaba el sueño. Reaccionaba así a una sociedad enfermamente racista y despreciativa hacia todo lo que no sea blanco y homogenizado. Inclusive ahora, en la hora de su muerte, se preguntan cómo una rubia pudo fijarse en él, culto, leído, viajado, pero azambado.
Su biografía improbable, de niño chosicano, extra de películas en España, estudiante de tweed en Inglaterra, tahúr perdido entre el póquer de La Victoria y la pelousse de Monterrico, asaltante de bancos por la revolución cubana, el temido Rayo que dejaba en la quiebra a los timberos de diagramación en Caretas, y más, le confería el salvoconducto de discurrir fluidamente y con una sonrisa la porosa frontera entre realidad y ficción; pero cuando sucedían en estado silvestre era magia.
Sucedió en Perulandia Park, fallido parque de diversiones de su natal Chosica, cuando improvisaba la génesis a sus tristes juegos. Sucedió en Nieve Nieve, pueblo fantasma vecino a Santa Rosa de Chontay donde con una tira de carne escuálida hizo un lomito saltado alucinante para media docena de comensales del fundo Sierra Morena. Sucedió en el chifa bailable El Dorado, vetusto último piso de un edificio en Arenales donde con Aída, Gabriela y Coco se nos ocurrió, vestidos de gala un día cualquiera, presentarnos como delincuentes con el natural resultado de ser tratados como nunca antes se nos había tratado en la vida. Por sus otras obsesiones, a saber la muerte, el fútbol y ciertos rencores que él mismo decía arrastrar de mil vidas anteriores, nunca pude interesarme.
Conocí al mejor Coco. 
Su enfermedad fue larga y dolorosa. Si tanto aguantó creo que fue al comprobar que amigos y alumnos eran su familia, cariñosa solidaridad que era cosecha de su bizarra y desmedida generosidad. Entre cirujías y el marcapasos con resucitador que le dio un tiempo extra fue grato verlo con sentido del humor y escribiendo, amparado por el inacabable y guerrero afecto de Elma y la paciencia de Edgardo. Debiéndole una visita –teníamos pendiente ver un dvd pirata sobre la vida de Gengis Khan y, si aguantaba, El Resplandor– su muerte me sorprendió a bordo de un avión. Los buenos recuerdos y la gratitud volaban sobre un oscuro cielo de pena.
Felices los que nacen sabiendo. Nunca tendrán que agradecerle nada a nadie. Para los demás, con suerte, alguien se nos cruzará en la vida para hacernos ver que aquí se viene a aprender. A ti Coco te digo gracias. Anda separando una mesa grande en un chifita del otro lado.

Foto: Archivo personal de Ricardo Mitsuya

Jorge Salazar: IN MEMORIAM

Jorge Salazar /Foto: Pável Ugaz
Por Carlos Sotomayor

La primera vez que lo vi no sabía quién era. Su imagen desgarbada, su caminar despreocupado y un cigarrillo entre los dedos que parecía ser parte de su propia estructura corporal atraparon mi atención de manera inmediata. Era invierno. Lo recuerdo bien. Él llevaba un abrigo largo, por debajo de las rodillas, que alargaba aún más su delgada figura. El patio de la universidad lucía húmedo, una leve garúa cubría la ciudad y a mí me parecía que aquel tipo, que debía ser profesor de algún curso de periodismo, era diferente al resto de anodinos docentes que nos atosigaban con inocuas peroratas teóricas. Tardé un poco en saber que se trataba de Jorge Salazar, el escritor y periodista que había escrito Poggi: La verdad del caso, un libro que yo había devorado con la febril voracidad de un lector entusiasta varios años atrás.

No llegó a ser mi profesor. El destino, siempre imprevisible, no lo quiso así. Y en lugar de un salón de clases, la sala de su casa en Pueblo Libre –atestada de libros– fue el escenario de sus enseñanzas, enmascaradas en amenas y entrañables charlas. Me fascinaba escucharlo. Allí, envueltos ambos en interminables humaredas de tabaco, con una copa de vino en la mano –cortesía de su siempre hospitalaria despensa–, mientras la tarde caía detrás de las ventanas. Coco, como solían llamarlo sus amigos, llevaba la conversación por territorios diversos: historia, fútbol, gastronomía, literatura, periodismo, mujeres.

Coco era amigo de mi padre y, sin embargo, curiosidades de la vida, casi siempre lo vimos por separado. Así nació mi afecto por él, además de la delectación con la que solía entregarme a la lectura de sus textos, como me sucedió con esa estupenda novela policial La medianoche del japonés, que leí completa, de manera casi ininterrumpida, durante una madrugada de escaso sueño. Recuerdo una vez haberlo visto escribir un artículo, sentado frente a la mesa del comedor, deslizando sus largos y delgados dedos por encima de las teclas de una máquina de escribir mecánica. Y mientras lo observaba en ese mágico ritual de atesorar las palabras, desee escribir tan bien como él.

Coco ya no está. Y como uno es dueño de sus recuerdos, eludo los últimos, aquellos enmarcados por el deterioro. Prefiero evocar su imagen durante aquellos años de mi temprana juventud, en su casa, hablando sin parar mientras iba y venía, siempre activo, con su sonrisa pícara y sus ojos vivaces, mostrándome algún extraño libro o simplemente relatándome algún episodio de la historia de Alianza Lima. Mi club; su club. Esos son los recuerdos que suelen hacer tolerables las ausencias.


  Diario Correo, jueves 19/06/08.

La última crónica de Jorge Salazar

Por Enrique Sánchez Hernani


PERIODISTA Y ESCRITOR DE PULSO NERVIOSO, CULTOR DE LA CRÓNICA ROJA Y AUTOR DE NOVELAS PREMIADAS, JORGE SALAZAR SE MARCHÓ ESTOICAMENTE A LOS 67 AÑOS. FUE TODO UN PERSONAJE EN LAS REDACCIONES DE DIARIOS Y REVISTAS DONDE LABORÓ, Y LABRÓ SU VIDA COMO UNA INTERMINABLE AVENTURA. TAMBIÉN ERA UN GOURMET DE POLENDAS Y UN GRAN AFICIONADO AL FÚTBOL. AQUÍ UNA BREVE SEMBLANZA EN SU MEMORIA

Por los años ochenta Jorge Salazar lucía su impresionante levedad sobre una mesa circular de madera, cubierta acomedidamente por el clásico mantel a cuadros, en el antiguo café El Koala de la calle Camaná, aferrado a un cigarrillo encendido y con un lapicero sobre un papel en blanco. Ningún escritor podía haber sido más delgado ni tener esos ojos que disparaban como mortales pistoletazos. Por entonces era periodista de la revista Caretas pero El Koala era su verdadero centro de trabajo. Allí atendía a sus invitados y daba vueltas sobre la crónica que le tocaba escribir cada semana.

A pesar de ser tan flaco, Coco -así le llamaban sus amigos- había cultivado una fama de hombre con poca misericordia. Me parece que le gustaba aparentar que era tan duro como Clint Eatswoood. De menor altura que el actor, Coco, sin embargo, era una copia mestiza del desalmado pistolero que aquel encarnaba en las pantallas. Y siempre tenía una historia cruda con la cual impresionar a sus contertulios. Diríase que tenía una afectuosa propensión a las historias donde había mucha sangre coagulada y un par de nudillos sacándole un chasquido a la piel ajena.

No por nada en 1980 había ganado el codiciado premio literario Casa de las Américas con su novela La ópera de los fantasmas. El volumen, con una prosa nerviosa y cuajada en la crónica roja, narra la tragedia del Estadio Nacional, cuando el 24 de mayo de 1964 un árbitro nos anuló un gol durante un partido entre las selecciones del Perú y Argentina y desencadenó una furibunda e innecesaria reacción policial frente a la irritación de las tribunas. El resultado: 327 personas muertas. Coco estuvo allí y contó lo que vio en su libro.

El otro rasgo que pudo contribuir a esa falsa imagen suya de rudeza era su pasado en una de las tiendas políticas de izquierda que se hizo célebre en los sesenta: el Ejército de Liberación Nacional, cuyo mártir más visible fue el poeta Javier Heraud. Coco se había hecho un ferviente admirador de Cuba cuando a los veinte años, tras un holgado peregrinaje por Inglaterra, regresó al Perú visitando Canadá, los Estados Unidos y Cuba. El verbo flamígero de Fidel Castro en la Plaza de la Revolución lo había persuadido.

Sin embargo, Coco era apreciado por sus amigos no solo por su charla vertiginosa, donde acumulaba homicidios y otras defunciones, cuando no las pormenorizadas hazañas de sus viajes, sino porque era un cocinero exquisito y un amante obsesivo del fútbol, sobre el cual disertaba con pasión y sapiencia. Pero lo que desconcertaba a sus amigos, que se diluían en envidias de todos los calibres (seamos sinceros), era su facilidad para enamorar a mujeres bellísimas. La más célebre fue una núbil modelo inglesa de nombre Moonbean, con quien volvió al Perú, después de uno de sus viajes a Inglaterra.

Moobeam desconcertó al entorno salazariano. Era rubia, de intensos ojos azules y tan bella que mirarla muy seguido hacía que nos dolieran los ojos. Tanta luz no era tolerable para la retina humana. Pero un día se marchó y Coco no dio ninguna pista de haber quedado descompuesto o maltraído por la partida. Siguió departiendo en El Koala, bebiendo tanto café cargado como podía soportarlo una persona de menos de cincuenta kilos de peso y fumando a pulmón batiente.

Lo suyo era la literatura y el periodismo. Y cocinar a veces, o conversar con los amigos en otras, o conquistar una nueva beldad. Coco pasó por otras redacciones y publicó más libros: Poggi: la verdad del caso (1987), La medianoche del japonés (1992) y Los papeles de Damasco (2006). En todos había su cuota de marginalidad, salvo el último volumen, el cual indagaba sobre la esquiva y misteriosa figura del Jesús histórico, distinto del Mesías religioso. La novela le sirvió para despacharse sobre la idiosincrasia de la sociedad judía de aquella época y dar cuenta de la fascinación que, en el fondo, tenía por ese personaje con rasgos de mago y que curaba tan solo con la palabra.

Cuando últimamente empezó a dar señales del mal cardíaco que lo afectaba, toleró el apremio con dignidad. Siguió, mientras pudo, con sus clases de periodismo en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Martín de Porres, asombrando a sus alumnos. Y a sus alumnas, valgan verdades. Hoy debe estar deambulando en ese espacio oscuro (o tal vez cristalino) donde moran los personajes a los que persiguió en sus crónicas periodísticas, haciéndoles preguntas, sin darles tregua. Descansa en paz, Jorge.

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13/06/08 diario "El Comercio"



Coco

Por Manuel Eráusquin

Mirar y tocar el alma del otro: pocos son los que tienen ese don. Un don que no depende de las miles de páginas que se hayan leído o escrito. Tampoco de los diferentes países que podamos haber visitado. Existen cierto tipo de sensibilidades que nacen con uno y determinan nuestra forma de vivir. Jorge Salazar nació con el don de ver y sentir lo que el prójimo sentía. Sus escritos lo comprueban.

Conocerlo en mis tiempos universitarios fue aprender y asumir que la decisión más importante es vivir. Que sobrevivir sería sucumbir a la infecciosa enfermedad de la mediocridad. Que el dolor o nos hace más fuertes o nos encanalla. Que no vencer el miedo sería nuestra condena a pasar nuestra existencia de rodillas.

En su casa, donde preparaba un exquisito arroz con pato y otras bondades de la buena mesa, se apreciaba la conversación inteligente, se defendía el derecho a pensar. Y claro, también a dudar, incluso de él. Sus diversas y épicas experiencias de vida eran demasiado, demasiado para cualquiera.

Confieso que a veces dudaba de sus historias, relatos en los que podía ser bailarín de flamenco en Alemania, cocinero en un barco de guerra israelí, piel roja en alguna película de Hollywood o, tal vez el que más me costó creer, exitoso seductor de bellas mujeres. Su extraño aspecto físico impedía que creyera tales conquistas. Con el paso del tiempo, la verdad se manifestaba y siempre estaba de su lado.

A Jorge Salazar le debo mi camino periodístico. Él abrió algunas puertas para que empezara en este oficio de la mejor manera. Sus llamadas telefónicas a sus amigos más influyentes pavimentaron mi ruta. Lo sabe él, lo saben quienes me conocen y lo saben aquellos que fueron bombardeados por esas llamadas de ferviente generosidad.

Hace más de una semana que falleció; un mal cardiaco lo ha conducido a un nuevo viaje. A mí me quedan los recuerdos: los buenos y también los malos; pero esos no importan, sobre todo cuando la reconciliación limpió heridas y llegó a tiempo. Ahora deseo que su nueva aventura le sea propicia, que se siente en la mesa de los dioses y que todos ellos conozcan la magia de su humanidad: magia pocas veces vista en este mundo.

Diario Correo, miércoles 18/06/08.

La generosidad del maestro, Jorge Salazar

Por Jaime Bedoya

Jorge Salazar (Holanda, 1969)
Lo admirable es que, con todo lo que sabe de comida, Jorge Salazar come poco. Gastrónomo pionero a años luz de la actual novelería culinaria, cada vez que hemos compartido una mesa no ha dejado de sorprenderme los pocos bocados con los que se satisface, dejando sutilmente a entender que el mortal y común apetito que nos lleva a coger los cubiertos no es la única ni menos aún la principal razón por la que Salazar rinde culto a las tres comidas diarias, que a veces es solo una, pero suficiente. 

Su deleite y ritual gastronómico se inicia con una honda contemplación del plato, en busca de la genealogía e historia que lo hace apetecible. Al iniciarse esta pesquisa –digamos, a partir de una pizca de tausí apenas percibible sobre un ala de pichón– vertiginosamente se sumerge en los miles de años que puedan haber detrás de la incorporación de un condimento otrora salvaje a la refinación culinaria, recreando en breves estampas animadas que a veces comparte y otras también, algún suceso histórico que tuviera dicho alimento como marco digestivo de fondo, que al entendimiento y argumentación de Salazar se hace protagonista principal por encima del hecho mismo.

Así, el inicio del poderoso Imperio Romano al concretar el dominio militar de Egipto a través de cruentas batallas, no es en verdad sino un pretexto por controlar el crujiente pan que se lograba con el dorado trigo del Nilo. Pan, luego imperio.

Cuando esto sucede y sucede siempre, el restaurante, el chifita de barrio, la modesta mesa de cocina –no importa el lugar–, se ve honrada por la presencia de ilustres espontáneos que nadie, salvo Salazar, podría invitar: faraones egipcios de paladar eterno, esclavos persas de papilas liberadas, algún apóstol goloso, o un guillotinado aristócrata francés, cabeza en mano, en busca de la mayonesa perfecta. Luego, con la misma velocidad con la que fueron convocados desaparecen hasta la próxima cita invisible. Acudirán puntuales como el hambre.

No me consta que esto suceda cuando Salazar come solo. Aunque dudo que alguna vez coma solo. En un país dolorosamente hambriento como el nuestro, en que el conocimiento gastronómico pasa por elitismo culturoso, moda de bolsillo caro, falso lujo del que recién aprende a comer sentado; para Jorge Salazar, y esto es aún más admirable, compartir una mesa es el mejor de los sabores posibles. A la mesa los hombres se hacen hermanos, dice. Tal vez por eso come poco, para que los demás prueben y sepan del placer que él conoce como mejor alimento que nos da la historia, nos da el comer, nos da el vivir; la generosidad. A la mesa y fuera de ella.

El cantar de las cenizas de Salazar

Por Carlos Cabanillas

Todo personaje es un conflicto. Todo personaje busca resolverlo: he ahí el móvil. Algo debe ser eliminado o ser conseguido. Recapitulando: hay un conflicto, ergo un móvil, uno o varios delitos, una o varias muertes metafóricas o reales: da lo mismo. Algo muere en toda historia. Hamlet, Edipo Rey, Jesucristo, el Jesucristo de Los Papeles de Damasco (2006). Jorge Salazar tiene razón: las historias son policiales. La suya también. 

Quienes lo conocen más aseguran que siempre estuvo rodeado de mujeres hermosas. La belleza y la muerte, siempre de la mano. La gastronomía, ese refinado policial donde la víctima va en el plato, es otra de las muchas pasiones de Salazar. Editó y escribió en forma colectiva La Academia de la Olla (1995), y luego se embarcó en sus sibaritas Crónicas Gastronómicas (2004), libro que ganó el Gourmand World Cookbook Award 2005. Ahora come menos, mucho menos. “Lo que te da la vida te la puede quitar, según la dosis”, dijo alguna vez sobre un medicamento que tomaba para su corazón. 

Más lejos de la cocina, mas no de la sangre, logró terminar este año su saga de muertos, sin heridos o contusos. Su ambiciosa obra en cuatro tomos, Historia de la Noticia, es un velado best-seller: A sangre y tinta (1996), La guerra y el crimen (2001), De matar y morir (2004) y La sangre derramada (2007). Un repaso de crímenes pasionales, familiares y duelos (“Todo honor se paga con sangre”, decía el Mamoru Shimitzu de su novela La medianoche del japonés) . Cuando quiso escribir menos, lo hizo mejor: en 1980 ganó el premio Casa de las Américas por su novela La ópera de los fantasmas, ambientada en la tragedia del 64 en el Estadio Nacional, a la que sobrevivió.

También participó en la revuelta de Javier Heraud (Piensan que estamos muertos, al alimón con Alain Elías), y la sobrevivió sin perder su amor a la vida y al deporte rey. Compiló 11 Historias de Fútbol (2000) y escribió los 50 años de Sporting Cristal. Sobrevivió, finalmente, a ser editor de CARETAS (“definirla sería como intentar traducir al japonés el canto de los pájaros”), donde entre notas de política internacional y leyendas urbanas supo cosechar el eterno policial, que se hizo libro en 1987 con Poggi: la verdad del caso.

Fue y es catedrático e investigador en la Universidad de San Martín de Porres. Fue redactor de Der Spiegel de Alemania y Cambio 16 de Madrid. Es decir, viajó. Y actuó, bailó, amó y escribió. Y escribe, y espera terminar El cantar de las cenizas, novela sorpresa. Y vive, como en un policial inconcluso.

Revista Caretas, diciembre 2008

JORGE SALAZAR, OPERA MAGISTRAL

Una crónica de ELOY JÁUREGUI
COCO 1
“Cuando se escribe, se enseña y también se aprende. Se enseña vida y se aprende a vivir”.
 Jorge Salazar.
1.
Víctor “Kilo” Lobatón era un delantero más que obtuso, oscuro. Sin embargo ese domingo del 24 de mayo de 1964 pasó a la historia. Lobatón era zurdo, de izquierdas masivas. El Perú enfrentaba a Argentina en el Estadio Nacional para un cupo a las Olimpiadas de Tokio. Lobatón se había levantado con el pie izquierdo pero esa tarde hizo el gol. Levantó su zurda pegó un planchazo y la pelota fue rodando a la malla del arquero Cejas. El Perú, que esa vez atacaba solo por la izquierda, se unió en un grito tan feroz que incendió la tarde fría. Fue gol de zurda. El juez uruguayo, Ángel Eduardo Pazos, que terminó de sacerdo, inhumano, lo anuló. 47,157 espectadores se sublevaron. El ciudadano Víctor Melasio Campos, alías “Negro Bomba”, con sus 95 kilos, ofuscado, saltó al terreno para agredir al árbitro. Las autoridades dijeron que fue necesario lanzarles a los perros policías para detenerlo. El público se enardeció en extremo al ver la pateadura. La autoridad adujo que era necesario evacuar el estadio y lanzó bombas lacrimógenas a las tribunas. Decenas  de aficionados fueron pisoteados por las hordas. Cifra oficial: 328 hinchas de fútbol, muertos. Luego vinieron los saqueos en el Centro de Lima. Muchos sostienen que fueron más los que murieron en las calles pero que esos cadáveres fueron desaparecidos. El gobierno de Belaúnde suspendió las garantías constitucionales. En un documento oficial de la entonces Guardia Civil y en el informe final del juez instructor del 6° Juzgado Benjamín Cisneros se responsabiliza de las muertes a la agitación comunista.  Fútbol y política habían creado las condiciones para la subversión. El Perú, insisto, atacaba por izquierda.
Jorge Suriel Oswaldo Salazar nació en Lima, el 27 de setiembre de 1940. Fue escritor, cocinero, bailador de flamenco y danza moderna, actor de cine, futbolista, hípico con suerte, historiador, revolucionario, psicoanalista, profesor y periodista. Eso era Salazar. Lo que no se dice fue que esa tarde de 1964 en el Estadio Nacional resultó uno de los sobrevivientes. Por eso, ante “la agitación comunista” que urdieron las autoridades, él respondió con un libro. Texto de memorias solemnes e investigación periodística hizo que se convirtiera en una novela. “La opera de los fantasmas” fue proclamada en 1980 novela ganadora del, en ese tiempo, prestigioso premio Casa de Las Américas y editada de manera poco convencional ese año. Luego fue publicada en el Perú por editorial Mosca Azul, y reeditada 30 años luego  –bajo el genio de Elma Murrugarra– en el sello Proyecto Literal.
A Jorge Salazar lo conocí en la vida. Era de modales crispados pero serenos. Igual que su escritura. Una noche cerca al diario Expreso apareció de la nada y se hizo amigo del todo. Ya era columnista en ese tiempo, de arte único e individual. Su repertorio siempre fue la humanidad y su acervo, la experiencia vívida. Contaba de las experiencias más sencillas y de los efectos magistrales, todo, en clave de gran periodismo. Por ello cuando en 1980 le otorgaron el premio y él ya viviendo en Alemania, agradeció en un cable de la agencia DPA a los periodistas peruanos. Curioso en un hombre que había diseñado precisamente un arte de ser distinto al escribir de todo y con luminosidad única. En su libro, las masas futboleras protestan e inician un  ciego motín que asciende al nivel simbólico de revolución política. En un país de leyendas su historia real es un pretexto para la ficción.
2.
Salazar era un personaje inventado por él mismo. Esa era su estirpe, escribir en los límites de “lo real” y de lo fantástico. Era del mejor periodismo y así fue acumulando libros. De ejercicio, de mística, de prácticas, de misticismo callejeros. Policiales y humanistas. De crímenes y de cocina. Y uno recuerda la entrevista que le hiciera Jimena Pinilla Cisneros en el diario El Comercio el 15 de enero de 2005  –fatalidad, Jimena también está muerta y muy joven–. A la pregunta de Pinilla: Has revisado la Biblia mejor que cualquier católico. ¿Descubriste a un Jesús amante de la comida? Y Salazar contesta: “Él es el cordero de Dios que quita los pecados del mundo. El cordero, que es una carne exquisita. Están los milagros, los peces, los panes y el vino. O la última cena. Jesús para despedirse convoca a una gran cena como lo haría yo si me voy de viaje o me voy a la muerte”. Salazar había comenzado un largo periplo desde esa vez por los paladares de sus amigos en una larga última cena.
Cuando lo volví a encontrar vivía en la cuadra siete de la avenida Benavides en el séptimo piso de un edificio de departamentos. Ahí le escuché decir sus alumnos y amigos que lo frecuentábamos que había sido un cronista que amontonó puntualmente, aunque tal vez sin mucho orden, testimonios, imágenes, historias y pormenores del tiempo que tocó vivir. Ere ya pues, Salazar, el tipo de la acuciosidad histórica y nivel dramático del texto. A José Antonio Galloso le contó: “Yo gané el premio de literatura Casa de las Américas en 1980 porque yo estuve allí. Era un estudiante, y era consciente que los muertos probablemente sobrepasaban los mil, fue así que empecé una investigación que culminé en España y en la ciudad de Colonia en Alemania y que terminó con aquel libro”. Vaya que Salazar tenía aquello que los periodistas tienen, la raza de la ubicuidad.
Una noche, cuando yo salía de mi trabajo de un canal de televisión a reforzar mi estima en el salsódromo “Quimbara” alguien me llamó en medio de la oscuridad y en torno a la bulla de la orquesta. Era Salazar que me decía: “poeta”. Me había descubierto en uno de mis vicios, la música. Nos quedamos hasta que el sol nos daba en la cara en la playa La Herradura. Ahí descubrí yo también la armonía de este hombre que había diseñado una gramática textual entre la vida plena y la sobrevivencia. Agonizaba desde ese tiempo Salazar pero celebraba las nimiedades con una gran vida. Su opera no tenía fantasmas pero sí un corazón herido de grandezas. No le fallaba la ternura sino el tiempo que le quedaba libre para sus homenajes. Y vamos que pertenecí ese club privado –junto a los cronistas de El Comercio de finales del siglo XX—de las fraternidades totales. Una noche murió Salazar y el mundo ya no fue el mismo. Con él se fue el último cronista de los tiempos felices, el de la armonía y el más solemne desconcierto.
Cuando alguien se pregunta como escribe uno, muchos dicen que es como se cocinara. Hay en la culinaria una suerte de arte que corresponde a lo mismo que cuando una escribe una crónica. Por ello Salazar sabía de cocinas. En el caso del Perú, de una gran culinaria como una gran mezcla. Cierto, existe el prurito de ponerle bandera a las cocinas cuando todas son mestizas. Salazar sostenía que “todos los pueblos comen lo que tienen y a medida que hay una aristocracia se van refinando”. Finalmente, otra vez voy a recordar a Jimena Pinilla cuando le preguntó: “Hace tres años te salvaste de la muerte. ¿Qué sabores terrenales te daría más pena dejar?” Y Salazar respondió como un sabroso epílogo: “Los camarones, el cordero, el pato. Bien difícil escoger uno. Estamos de vacaciones de la muerte y eso lo tengo muy claro. Por eso trato de dormir poco, total después voy a dormir para siempre”.
3.
Salazar –recordado siempre con mujeres y libros bajo el brazo– fue muy querido en aulas, bares y redacciones, sobre todo cuando estas coincidían en un solo escenario. También en la Universidad San Martín, donde dictó –literalmente– cátedra. Dio lecciones de historia en el club Sporting Cristal y en la selección peruana de fútbol. Pasó por El Comercio, La República, La Crónica y Expreso. En esta revista escribió sobre teatro y literatura, entrevistó a políticos y escritores cuando ambas especies podían hablar de ambos temas, y se abocó a la política internacional cuando hacerlo no implicaba a internet. Fue también –con el caso Poggi– el primer periodista del mundo en cubrir un asesinato antes de que sucediese. En 1969, Salazar publicó el ensayo Una visión del Perú con el que ganó el premio De Gius de los Países Bajos. Y en 1979,  publica Piensan que estamos muertos, escrita al alimón con Alaín Elías, el guerrillero que estuvo en la misma balsa que el poeta Javier Heraud cuando fue acribillado por el ejército. En 1980, Salazar ganó el Premio Casa de las Américas por su novela “La ópera de los fantasmas”.
Por último su testimonio:  “Nací en los Barrios Altos, en 1940. Buena parte de mi infancia la pasé en Chosica y un poco en Santa Beatriz, con incursiones en La Victoria. Estudié en San Marcos, pasé por Filosofía en París y también por universidades alemanas; terminé estudiando Arte y Periodismo en Madrid. Tenía una familia pudiente que me mandó allá. Mi tránsito literario incluye “La ópera de los fantasmas”, con la que tuve la fortuna de ganar el premio Casa de las Américas; también gané un premio de ensayo en Holanda. Soy un hombre de suerte, un periodista con suerte, creo que soy un escritor de suerte. Creo que ser de izquierda, militante, era una opción impostergable en los años de juventud, los años ‘60. Los jóvenes no podrían dejar de lado el tren de esa historia. Todavía, y creo que nunca pasará, me duelen la muerte de mi abuela y mi madre; la de algunos compañeros luchadores, Heraud, Pedro Pinillos. Y, por supuesto, me cuesta trabajo saber que Lucho Hernández no vendrá a cenar a la casa”.

Jorge Salazar, Confesiones verdaderas: San Marcos, la literatura y la amistad


Por Rosina Valcárcel 



1940: Jorge Salazar, nace en Chosica el 27 de septiembre. Se muda a Lima y el choque es tremendo, le parece que todos llegan a morir a la capital. “Ha sido una suerte haber terminado la escuela en Europa, Inglaterra. El vivir tantos años fuera te enseña a tomar conciencia de tu propio país: sus miserias y grandezas; también a darte cuenta que somos herederos de una formidable civilización y tendríamos que estar a la altura de ello. Conocer otros pueblos, satisface curiosidades y te convierte en un humanista”. 

1962-63: Lo conozco en el Instituto Mariátegui, él tiene 23 años, es alto, delgadísimo, de tez morena, serio, solitario, inconforme y militante de la Juventud Comunista. Admiramos a la Revolución Cubana. Estimamos a Miguel Tauro y a otros revolucionarios. “Creo que ser de izquierda, militante, era una opción impostergable en los años de juventud, los años 60. Los jóvenes no podrían dejar de lado el tren de esa historia”. 

1964: En la Universidad de San Marcos, cerca a Adriana Palomino, Dora Ríos, Pancho Izquierdo López (fallecido recién), Carmen Sánchez León, Alaín Elías, cultivamos sueños, inquietudes, silbando canciones de la Guerra Civil Española. Él aprecia a los compañeros del ELN, y conspira algunas tareas. Consume harto café y cigarrillos. Con el tiempo, su humor y cierto escepticismo se expresarán en sus libros reconocidos. 

1976: “Piensan que estamos muertos”, coautor Alaín Elías. Mosca Azul, edita. 

1980: Ganó el Premio Casa de las Américas (La Habana) por su obra magistral, la novela “La ópera de los fantasmas”. 

1987: “Poggi: la verdad del caso”. 

1991: “La medianoche del japonés” (El Barranco edita). Novela y crónica periodística sobre un caso que conmocionó a la Lima de mediados de los años '40. La existencia culposa de un asesino atómico, los avatares existenciales de un novel periodista de La Crónica, y el parco descenso del nipón Mamoru Shimitzu en los abismos herméticos del homicidio múltiple en Chacra Colorada, son las tres historias principales que se entrelazan y retroalimentan “La medianoche del japonés”. “Como escenario de fondo, intensas y disímiles geografías cosmopolitas: desolación en New York, gris medianía limeña, ceremoniosa y engañosa calma a la vera el Oka, se alternan como proveedoras de atmósferas propicias a esta afilada narración histórica y personal. Salazar, periodista versátil y escritor experimentado en aquellas lides donde las palabras se hacen crimen, honra los rigores de la investigación periodística bajo cualidades literarias de gran aliento. El fruto, sin duda es una de las más destacadas novelas policiales de la última etapa, ajena a lo light y fiel al juramento de Shimitzu: todo honor se paga con sangre. Tinta roja también sirve”. (A la Media Noche: Caretas). 

1995: Octubre, “La academia en la olla”. Reencuentro. Desde entonces de modo intermitente, platicamos alrededor de una mesa frente a un delicioso plato de comida preparada por él, como un pescado a vapor, arroz chaufa con camarones y generosas copas de vino blanco, sea con Dora, Alfredo Allaín, Carlos CF, Elma o Edgardo. Así verifiqué cómo para el amigo escribir es todo, le causa tristeza y dicha; cuando concluye algo se siente un dios, por crear universos que substituyen el real, que mejoran todo lo ya caduco: la Iglesia o el Partido político. 

1996: “La medianoche del japonés” (la USMP reedita). Es un gran bailarín, conversador carismático y buen galán. Investiga, lee, escribe diario. Sobrevive su afecto por Luis Hernández, Alaín Elías, Gregorio Martínez, Coco Pimentel, Julio Heredia, Eloy Jáuregui, entre otros. 

2000: “11 historias del fútbol”, me entero que Juan Carlos Oblitas, el entrenador de fútbol es su amigo. 

2005: “Crónicas gastronómicas”, entre otros. 

2006: Miércoles 10 de mayo presenta en Quintaro “Los papeles de Damasco”, lanzado por la editorial Alfaguara. Una historia en los tiempos de Cristo, novela que aborda un tema siempre misterioso (el cristianismo), que en este libro no encierra clave alguna y que, con un ágil lenguaje, es desarrollado a modo de crónicas. Coco es un escritor importante y un agudo periodista ameno, por sus viajes se hizo mundano, tahúr favorecido por la suerte en el juego, lo que es resultado de su fe en el azar y le permite compartir sus frutos. 

2007: Diciembre 2, domingo, 4: 30 de la tarde. Jorge me espera en su departamento de la Av. Benavides 712, piso 703 del mismo edificio donde vive hace años. Ahí lo acompañan sus viejos libros, múltiples casettes de música y algunos cuadros bellos, dos de Carlos Ostolaza. A sus 67 años de vida y 47 de periodista, Coco no deja de escribir, sea sobre su infancia u otros recuerdos. No es casual que para Coco la amistad y la literatura sean los dos puntos de apoyo con los que puede mover su mundo y defenderse de la adversidad. Jorge ha trabajado en casi todos los medios escritos del Perú como Expreso, Correo, Caretas, La República, El Comercio y en algunos del extranjero: Vanguardia de Barcelona, Cambio 16 de Madrid, Spiegel de Alemania. Ha sido catedrático universitario, también es un investigador y analista del fútbol nacional e internacional, es asesor y colaborador de UNICEF en temas deportivos. Hoy sobrevive como los gatos (que amamos) y va por su sexta vida toreando los males del corazón. 

Lima, Miraflores, jueves 6 noviembre de 2007. 
*Testimonio expuesto en Homenaje a Jorge Salazar. 28a Feria del Libro Ricardo Palma a las 7: 00 p.m.

Foto: Max Hernández

Sal y azar

 


por Elma Murrugarra


Hablar de Jorge Salazar es hablar de poesía. Su biografía está llena de rebeldía, aventura, arte; pero fundamentalmente de libertad. Él representa la libertad en su estado más puro: la libertad de pensamiento, de acción, de vida. No ha perdido el tiempo haciendo dinero, porque dice que siempre se ha dado cuenta de en qué consiste la vida.

Es el mismo Jorge Salazar quien puede codearse y conversar diplomáticamente en inglés con la más rancia nobleza británica y al día siguiente, ser el faite más grosero en una esquina de Barrios Altos jugando a las cartas. Porque Jorge Salazar juega, porque para él la vida es eso. Pero también Jorge Salazar puede ser, al mismo tiempo, un catedrático erudito en la Universidad de Berlín y el más impaciente de los pacientes en el INCOR (Instituto del Corazón), donde le sonríe con ironía a la muerte. Y lo hace sin miedo, como ha hecho todas las cosas en su vida.

Sin embargo, muchos lo han enmarcado en el rol de periodista, que por cierto lo es y brillante: de internacionales, deportes, política, policiales, cultura o gastronomía. Y es que él es un humanista en general. ¿Habrá algo sobre lo que no pueda escribir Jorge Salazar? Pues Salazar parece una enciclopedia, y además detesta la internet. Él es uno de los mejores y más esclarecidos cronistas del Perú. Pero su singularidad y su indiscutible talento lo hacen ser tan buen novelista, como periodista y también como maestro.

Recordemos que sus escritos traspasaron nuestras fronteras cuando aún era Jorge una de las jóvenes promesas de las letras nacionales en los años sesenta. Él obtuvo el Premio De Gius de Los Países Bajos por su ensayo Una Visión del Perú. Y luego el codiciado premio Casa de las Américas en 1980, con justicia, por su novela La ópera de los fantasmas.

Nos ha entregado una vasta producción con títulos como Piensan que estamos muertos, La medianoche del japonés, Poggi: la verdad del caso, hasta su mas reciente y celebrado libro, tanto en el Perú como en México, Los papeles de Damasco. Como un prestigiado representante de la literatura policial, también ha ganado aplausos con su colección de La historia de la noticia, libro de consulta obligatoria en todas las facultades de periodismo del país.

Jorge Salazar ha viajado por los cinco continentes, recogiendo de cada lugar lo más selecto para ofrecerlo a nuestros espíritus. Su obra Crónicas gastronómicas, premiada como el mejor libro de literatura gastronómica en el mundo, nos causa tanto deleite literario como cuando degustamos una de sus antiguas recetas. Porque Jorge Salazar es también un excelente gastrónomo y cocinero. Él sabe sazonar el cariño y la amistad con historias, con leyendas y con su amor profundo por todo lo hermoso que tiene el ser humano.

En todas las actividades que ha realizado siempre ha destacado. Premiado como escritor, exquisito como cocinero, brillante como periodista, sorprendente como futbolista, solicitado como actor, admirado como catedrático, respetado como político, sensacional como bailarín y preciso como historiador. Afortunado en el juego y en la vida, con un corazón noble y un alma buena, siempre genial y generoso. Y aquí estamos sus amigos, colegas y alumnos, para dar fe de ello.

Gracias a Jorge Salazar por todo lo que nos sigue dando en letras y sabores. Gracias a la Cámara Peruana del Libro, por permitirnos rendirle homenaje y poder estar con él en esta noche tan importante.

(Leído en el Homenaje a Jorge Salazar por la Cámara Peruana del Libro, en la Feria del Libro Ricardo Palma 2007)
Foto: Jorge Paz

Todas las vidas de Jorge Salazar

Por David Hidalgo Vega

 A nadie le corresponde más la imagen de hombre camaleón, de varios hombres en uno, de una historia que es varias historias, porque las ha condensado todas en sí mismo. "Los hombres y mujeres que verdaderamente aman la vida están dispuestos a morir por ella", puso en boca de un personaje en su novela más reciente "Los papeles de Damasco". Y pocos deben dudar que Jorge Salazar ha vivido con esa premisa desde hace mucho.

 El hombre camaleón, identificado como Jorge Salazar, deambula en un territorio cercano a la oscuridad. Con los años ha explorado la historia de sangre que tiñe las páginas del periodismo nacional. "El homicidio casero o doméstico continúa dando el perfil del criminal peruano", apunta en el cuarto tomo de "Historia de la Noticia: La sangre derramada", su ya célebre tratado sobre el crimen. Pero su olfato va más allá: alcanza a Mamoru Shimizu, el japonés que mató a siete de sus familiares, en "La medianoche del japonés", o a Mario Poggi, el psicólogo que debía analizar al supuesto descuartizador de Lima y terminó ahorcándolo con una correa, en "Poggy, la verdad del caso".

"Lo que siempre me ha impresionado es el sentido que Coco le da a este oficio tan superficial y efímero: simplemente decir estuve en la mierda y salí limpio", comenta Jaime Bedoya, un discípulo y amigo personal. Quiere decir que el periodista puede sumergirse en los abismos de la política más corrupta, el morbo de los asesinatos, las ambiciones más traicioneras, y regresar para contarlas sin morir en el retorno. "Aprender a salir limpio de esa vaina, esa es su mejor enseñanza", insiste Bedoya.

Jorge Salazar muda la piel y los sentidos cuando se trata de cocina. Es el mismo, pero distinto, si tal ubicuidad es posible. "Es un tipo cosmopolita. Conoce mucho de cocina internacional", asegura Raúl Vargas, otro sibarita del culto gastronómico nacional. No se trata del conocimiento adquirido en los salones de lujo, sino de la doctrina trashumante del viajero. En el libro "Crónicas Gastronómicas", un sabroso tratado de historias y recetas publicado en el 2004, Salazar da fe del aprendizaje facilitado por sus fugas y exilios en el extranjero.

"Por ahí y en compañía de expresivos árabes ha degustado el más renombrado plato de los desiertos: el cordero mechui, es decir el cordero ensartado y mechado de los beduinos", dice de sí en tercera persona, como corresponde a la descripción de las especies más evolucionadas.

 En algún momento muy remoto tuvo una conexión con los sabores orientales que no se ha perdido jamás. Existe una foto suya de niño en la fachada de un restaurante en el barrio chino de Lima. Por allí se lo puede ver con cierta regularidad mientras se aprovisiona de ingredientes para recetas que, a decir de algunos amigos, pueden ser deliciosas invenciones suyas.

"Coco es una de las personas que más sabe de cocina china", dice Liliana Com, promotora del chifa Wa Lok, donde Jorge Salazar suele caer una vez por semana, como un rito personal. "Hay gente que dice saber, pero nunca ha probado pejesapo", comenta. Salazar ha bautizado varios paladares con ese manjar, incluyendo el de quien escribe. En otra ocasión, alguien llamó a Liliana con la sugerencia de poner atención al pichón, como en China. Salazar le confirmó con un tono condescendiente que esa presa ya se consume en Lima desde los años cincuenta. "Es un sibarita, a pesar de ser tan delgado", comenta esta amiga de sabores cercanos.

Es cierto. Sus invitados suelen sorprenderse de que él no participe del reparto. Salazar, puesto en la piel de gourmet, se deleita con las reacciones, con los gestos de placer de los demás. "Para él, y esto es aun más admirable, compartir una mesa es el mejor de los sabores posibles. A la mesa los hombres se hacen hermanos, dice, y no se cansa de repetir cientos de ejemplos que empiezan con las bondades de la éltima Cena y terminan con el horror del Banquete de los Asesinos", escribe Bedoya en el prólogo del libro de cocina.

En el recetario hay piezas tan sofisticadas como una langosta a la Newburg, una trucha a la Juana de Arco o un faisán flamenco. "Cuando prepara las langostas, puedo decir -y yo he viajado mucho- que nadie logra el sabor que le pone él", dice el ex crack y hoy entrenador de fútbol Juan Carlos Oblitas, otro de sus amigos entrañables. Y, sin embargo, el paladar de Salazar no se aparta de los sabores peruanos. "Una de sus especialidades es el arroz con pato, que le sale extraordinariamente", precisa Raúl Vargas. Entrenador y periodista coinciden desde la distancia.

El arte de la cocina es una prolongación de su lengua camaleónica, esa que puede hablar con experticia de todos los temas como si hubiera sido formada para cada cual de modo exclusivo. "Es un gran conversador", dice Oblitas, quien lo conoció cuando Salazar lo entrevistó en los tempranos tiempos de su carrera deportiva. "Me gustaba conversar con él por su inteligencia", recuerda el legendario jugador. Con el tiempo, la amistad se prolongó a todos los campos. Alguna vez, cuando Oblitas tuvo a cargo la selección nacional, Salazar ofició de consejero psicológico del equipo.

"La única vez que como técnico llegué tarde al bus que nos llevaba a entrenar fue en Buenos Aires. Se me pasó la hora conversando con él, desde las dos de la tarde, en que terminamos de almorzar, hasta pasadas las seis, en que debíamos salir", recuerda. El poder del verbo debe figurar en la taxonomía de su especie. A veces, puesto en la piel del periodista deportivo, ha mostrado un tono lapidario. Oblitas recuerda que le sugirió parar la mano con las críticas que escribía sobre el técnico Francisco Maturana, tras una decepcionante campaña nacional. "Me dijo: Juan Carlos, tú y yo somos muy amigos, pero antes que nada soy periodista y tengo que decir lo que pienso". Desde entonces, las líneas quedaron definidas, para bien de la amistad. "Es un hombre muy racional y casi siempre tiene razón".

El hombre camaleón es oscuro de pómulos, fiel a cierta línea árabe de su sangre. Ocurre que Salazar ha pasado largos períodos en el exterior. Primero de adolescente, cuando se suponía que solo iba a estudiar en Edimburgo y terminó contagiándose de bohemia; después como autoexilio, cuando la agitación de sus militancias políticas lo puso en aprietos. En Madrid ancló por lo segundo. Fue un tiempo próspero en vivencias para este hombre que nunca pareció conformarse con una sola piel. Ni la ajena ni la propia, porque cambió de oficios y aventuras casi por cábala, como cuando fue extra en westerns de Hollywood que se filmaban en España para reducir costos. "Lo hacían pasar por gitano o mexicano, en esa época había mucho trabajo", recuerda Ricardo Mitsuya, el primer torero niséi peruano, a quien conoció en Madrid.

Pareciera que el azar siempre ha compensado su generosidad. Sus amigos recuerdan haberlo visto brillar en los hipódromos. "He ido con él algunas veces y debo reconocer que me asombra su conocimiento, pero sobre todo su suerte", comenta Raúl Vargas. "Ha ganado fortunas en el hipódromo y las ha gastado todas invitando a los amigos o apoyando a los artistas", recuerda la poeta Rosina Valcárcel, amiga de los tiempos de quebradas costillas izquierdas.

Arrastra del pasado una ansiedad incandescente por conocer el fondo de las cosas: Jorge Salazar es un cronista policial de buen paladar, un sibarita erudito, un historiador que habla de fútbol, un filósofo de la seducción amorosa. No cambia de color sino de ciencia y casi puede jurarse que esa es la razón de su talento para hacerse imprescindible.