Jorge Salazar, el dueño del mundo


Por Daphne Zileri


Jorge Salazar es sorprendentemente puntual. Con aire de trasnochado, pinta de bohemio, bufanda al cuello, preferentemente negra y de seda. Desconcierta.
Aparece para una entrevista.

Coco se preocupa por mí. Siento que el asma cascabelea como un quitasueños en mis pulmones. Pero para no decepcionarlo le digo que estoy muy bien. Después de todo lo estaré pronto. Los milagros, según Coco, están a la vuelta de la esquina.

Coco es cortés. Habla en voz baja y ríe en voz alta.
Pregunta si incomoda la grabadora. “No, para nada”, responde su entrevistado nervioso. Y para qué, si Coco jamás la utiliza.  Él recurre a su memoria comparable a una computadora que además posee la virtud de la imaginación y colorido.

Para disimular apunta jeroglíficos en una libretita de bolsillo.
Escribe vertical, horizontal y diagonalmente en páginas dispares.
Es un poco más cuidadoso cuando logra la receta favorita del entrevistado quien, ya, con las defensas bajas, ni cuenta se ha dado del robo furtivo.

Coco ama la cumbia, el jazz, el afro y Mozart. Ama a las mujeres. Cree en los amores eternos pero fugaces.
Nació en Chosica y es dueño del mundo. Ahí va su pata del “Reina del mar”, ahí está el de los toros de Sevilla y el otro de la pensión de Hungría. Jorge Salazar quiere a sus amigos pero más quiere a su soledad.

Jorge Salazar es generoso y desprendido. A mí, supo darme los pañuelos blancos en su momento oportuno. Ese gesto se lo agradezco infinitamente.

Foto: Max Hernández


Memorias y aroma de Pasión

Qué podría hacer si yo siento que cargo con la infancia y con el barrio en mi sangre. Hay días, noches, en que esas figuras que vienen del pasado no dejan de deambular por mi mente, y es allí, en medio de agitaciones, que intento que la memoria dé un giro hacia otros lados; pero no, el fantasma de Pasión no me da tregua. Lo veo sentado en ese trozo de sardinel que todavía hace frente diagonal con el Jardín Botánico. Esa esquina era una especie de púlpito o plataforma desde donde Pasión lanzaba sus rencorosos anatemas y mentadas de madre contra la japonesa María, que regentaba la chingana al lado del callejón La Estrella. Especie de corral de guapos y criollos, donde por igual concurrían la gallardía de Tatán, las vocecitas infantiles de los hermanos Caitro Soto y la sórdida degradación de los alcohólicos que apuraban copas de azulado ron de quemar. Coma. 

II 

Dicen que Pasión a veces intentaba hacer una especie de borrón y cuenta nueva con la japonesa, pero la buena memoria del rencor se lo impedía. Algunos especulaban con el origen de ese odio. El zambo Montero, que en paz descanse, contaba que el papá de Pasión había sido un gran cocinero, tan bueno con las ollas y las salsas que un día se lo llevaron a un reputado hotel de un balneario de Uruguay. Bastantes años después, el hombre apareció por el barrio. Volvió al mismo cuarto del callejón con un chiquillo de cuatro años, bien escurrido de carnes, devorador de sus propias uñas y ligero acento foráneo al hablar. Pasión, que por esas edades no se llamaba Pasión, era José Luis y de sus ojos verdioscuros saltaban chispas de viveza y lozanía. Esos días, años, fueron su calvario. El papá de Pasión se incendió las entrañas. Se quemó en el azulado ron de quemar que vendía la japonesa. Es decir, murió de “diablos azules”, que es como se le llama al delirium tremens en los Barrios Altos. Coma. 

III 

Peleador y silencioso, Pasión no se parecía a ningún marica conocido ni se juntaba con ellos. Cocinaba como los dioses, coleccionaba libros, confiaba en la baraja y en sus puños. Era nuestra fiesta, la de los más chicos, pues nadie nos contaba historias más bellas ni nos invitaba postres más ricos. A veces se vestía de mujer y decían en los Barrios Altos que parecía una reina: sinuoso, elegante y de trancos pausados. “Me voy a un baile”, se despedía, y desaparecía. Pasaban hasta diez días sin noticias de Pasión, sin el olor se su comida; pero cuando menos se lo esperaba, allí lo teníamos a la sombra de la noche, con un ojo morado, sentado en el sardinel cantando con la guitarra para esconder sus tristezas. A veces, cuando andaba fregado de plata y sin partidas de casino, se ofrecía para cocinar. Así algunos domingos caía por mi casa, se ponía un mandil floreado y preparaba papas romanas y gallina a la francesa, o una sopa boullabaise, platos que habían sido secreto de su padre. Nunca probó bocado de sus delicias: es que era mujer de poco comer, mucho pelear y ningún beber, decía él. Coma. 

IV 

Mientras Pasión cocinaba, volcaba sobre mi madre otra gama de historias: “¿Sabía usted, señora, que los soldados de Julio César, antes de ir a sus mortales combates, preparaban banquetes, se maquillaban y se perfumaban? ¿Sabe usted, señora, quién fue Lúculo?” Y mi buena madre, con la boca abierta. Uno de esos domingos de ollas y cazuelas, mi madre se dio maña para preguntarle acerca de su rencor hacia la japonesa María. Sorprendido, primero miró al vacío; luego, con la cara mojada de lágrimas, dijo algo como: “Si ahora yo tuviese toda la plata que se gastó mi papá en ese maldito ron de quemar, hoy día, señora, estaría hablando con una mujer casada, dueña de un gran restaurante. Si usted viese los pretendientes que me salen”. Por la tarde escuché a mi mamá decirle a mi papá que Pasión era un tipo muy especial, de sabiduría resignada. Coma. 

Una noche de verano, después de una de sus clásicas desapariciones, José Luis volvió más magullado que nunca. Pero igual no dejó de hacer lo suyo: cantó con su guitarra, declamó poemas de puñales y servidumbres que imponen los compromisos de la sangre y el amor. Nos invitó dulces manjares que él había preparado. Habló algo confusamente de un gringo, un novio que era casado y con hijos... A pesar de los quiñes del rostro se le veía elegantísimo. Luego pidió dar la mano, uno por uno, a todos los muchachos. Después, trancaría por dentro la puerta de su cuarto. Aunque junto con los policías también vinieron periodistas, los diarios de los días siguientes nunca sacaron nada sobre Pasión. Las radios tampoco lo mencionaron. Será por eso que ahora les regalo la noticia. Más vale tarde que nunca, así decía. Punto. 


Jorge Salazar. Coma y Punto (Aguilar, 2015, Penguin Random House)


JORGE SALAZAR

Jorge  Salazar, nació en Lima, el 27 de setiembre de 1940. "Jorge Salazar ha tenido una sola avaricia: "No he perdido el tiempo haciendo dinero. Sé que esta copa de la que bebo vino va a durar más que yo", dice casi disculpándose, y su vida lo presenta como un moderno hombre del renacimiento: desde rebelde con causa y bailarín de ballet hasta actor de cine en películas de Bud Spencer y Terence Hill y un intrépido viajero", cuenta el cronista Julio Villanueva Chang.

Estudió los primeros años de la primaria en el Colegio Agustino Santa Rosa de Chosica. "De Chosica, Salazar llegaría al Anglo-Peruano de Lima, Escocia, San Marcos, Ámsterdam, Madrid, Cuba; estudiando, viviendo, y teniendo trabajos tan variados como extra en películas de cowboys, bailarín de ballet clásico español, apoderado de un matador de toros y un futbolista, etc.; pero antes que nada, periodista", sostiene Jaime Bedoya. 


Del Anglo Peruano emigró a los 15 años de edad para concluir la secundaria en Escocia. Desde ese tiempo vivió en Europa. Con su compañía de Danza viajó por Francia, España, Alemania y Estados Unidos; allí, en su hotel conoce a Hilda Gadea. Brillante como fue desde chico, Salazar sorprende a  la esposa del Che Guevara y ella lo invita a Cuba. Llega a la isla en plena celebración del triunfo de la revolución cubana. Salazar luego de esa experiencia decide regresar al Perú e ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

"Lo conocí cuando ingresé a San Marcos. 1962. Fue uno de los primeros comunistas que conocí personalmente. Era responsable de nosotros en nuestros Círculos de la Juventud Comunista en la Facultad de Letras. Recuerdo el grupo de adolescentes: Darío Rubio, Azparrent, Delgado, García-Godos, Luis Ojeda, María Tello, entre otros; en larguísimas reuniones para estudiar, discutir, organizar, conspirar, soñar con la revolución y el socialismo. Coco, siempre impaciente y apurado, mirando a los lados, como esperando permanentemente algo o a alguien. Hablando como quien da sentencias, casi entre susurros, como convenía a un buen conspirador; actuando, en un informe o en un análisis, como un experto mecánico desmontando una máquina, sin olvidar ninguna pieza suelta esencial o secundaria. Coco Salazar nos sorprendía siempre con sus conocimientos. No había hecho político, internacional, nacional o universitario que no conociera lo suficiente para exponerlo, explicarlo y argumentar a favor o en contra. Y cómo bailaban sus ojos cuando se apasionaba en sus intervenciones o conversaciones. Tal era el cúmulo de datos y detalles que quería comunicar, que no parecía suficiente la velocidad de su verbo. Con un eterno cigarrillo quemándole los dedos. Con ternos casi extravagantes por su tremenda estrechez, que lo hacían más flaco (y lo era bastante), de colores no muy usuales, una delgadísima corbata (se podía creer que Jorge había dividido una corbata en dos). Los zapatos siempre bien lustrados, brillantes, enormes. Justamente por eso dejó de ser para nosotros “Coco”. Lo bautizamos como “El Barón Dandy”. El camarada “Barón Dandy”, recuerda el ex Diputado por Izquierda Unida, Rolando Breña Pantoja.

Con Bud Spencer y Terence Hill,
Jorge Salazar parado a la derecha.
"A mediados de la década de los sesenta, caminando una tarde por la Gran Vía de Madrid, conocí a Jorge Salazar. Yo iba tras mis sueños de torero, él era un exiliado político pues había pertenecido a la juventud rebelde de los guerrilleros de aquel entonces. Desde el primer momento existió una empatía entre ambos. Recuerdo que conversamos largamente hasta el anochecer, sentados en la cafetería Manila de la esquina Gran Vía y la plazuela Callao. Hablamos de todo, del Perú, especialmente de literatura; dentro de la conversación yo le dije: “Me gustaría escribir sobre el septuple asesinato de Mamoru Shimizu”. Jorge me respondió como un resorte: “Carajo, no te metas con eso, que yo llevo cinco años investigando el caso”. Veinticinco años después, cuando Jorge tuvo el gesto de invitarme para que yo sea uno de los presentadores de ese libro junto con el prestigioso psicoanalista Max Hernández, en una casona de Barranco. Yo conté esta anécdota para corroborar que verdaderamente Jorge Salazar había venido trabajando ese libro por más de 25 años.
A Jorge Salazar sus amigos cariñosamente le dicen Coco, pero en España los peruanos que trabajamos con él haciendo películas de cine, le decíamos Camborio, en alusión a ese personaje gitano creado por el prodigioso poeta Federico García Lorca. Yo creo que a Jorge le va más exacto eso de Camborio, porque él tiene una cara especial, en el fondo de su mirada brilla la fiebre trágica de los gitanos; de tez oscura como los gitanos de verde luna, acostumbrado a convivir con la muerte y escarbando ese misterio para tratar de comprender la vida. ¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!", rememora  el  periodista Ricardo Mitsuya, amigo leal hasta los últimos días.

En 1969, Salazar publicó el ensayo Una visión del Perú con el que ganó el premio De Gius de los Países Bajos. Y en 1979,  publica Piensan que estamos muertos, escrita al alimón con Alaín Elías, el guerrillero que estuvo en la misma balsa que el poeta Javier Heraud cuando fue acribillado por el ejército. 

En 1980, Salazar ganó el Premio Casa de las Américas por su novela La ópera de los fantasmas. 
"Cuando el año de 1980, después del interregno del gobierno militar, se devolvieron los diarios de circulación nacional a sus propietarios, en Expreso volvimos a empezar con mucho entusiasmo y pocos columnistas. Coco Salazar fue uno de ellos. Semanalmente, puntual, empezó a publicar en la página editorial una medida columna: Punto y Coma. Tan sólo tres sabrosas carillas que no pretendían descubrir y menos teorizar sobre el inagotable y fascinante mundo de los sabores y olores culinarios, sino que se recreaban con la sal, pimienta y facundia criollas. No era una ciencia de oídas sino de vividas. De sus largos y despaciosos vagabundeos por la vieja Europa, de su época de desmañado estudiante londinense. De su trashumancia por las islas griegas, de sus correrías por los zocos de Constantinopla, los bazares de la costa africana y las tascas y colmados españoles. Correrías en las que sobrevivió en unos casos y en otros vivió muy bien, gracias a sus trabajos golondrinos de enterado guía turístico, de escritor y traductor a destajo, en algún caso de bailarín gitano –esto lo puede confirmar y reafirmar Max Hernández– y en las más de las veces como un eximio y buscado cocinero. Pionero, en Punto y Coma, Salazar empezó, pues, algo que con el correr de los años ha cobrado la importancia que hoy tiene, La Cocina, con mayúsculas", señala Ismael Pinto, hoy Mimbro de la Academia Peruana de la Lengua.

Salazar trabajó en casi todos los diarios del Perú, pasó por El Comercio, La República, La Crónica y Expreso. Fue editor de la revista Caretas y columnista del semanario Dier Spiegel de Alemania, Cambio 16 y Vanguardia de España. Escribió sobre teatro y literatura, Historia, gastronomía, fútbol y se abocó a la política internacional cuando hacerlo no implicaba a internet. Fue también –con el caso Poggi– el primer periodista del mundo en cubrir un asesinato antes de que sucediese. 


"Jorge Salazar es sorprendentemente puntual. Con aire de trasnochado, pinta de bohemio, bufanda al cuello, preferentemente negra y de seda. Desconcierta. Coco es cortés. Habla en voz baja y ríe en voz alta. Aparece para una entrevista. Pregunta si incomoda la grabadora. Y para qué, si Coco jamás la utiliza. Él recurre a su memoria comparable a una computadora que además posee la virtud de la imaginación y colorido. Para disimular apunta jeroglíficos en una libretita de bolsillo. Escribe vertical, horizontal y diagonalmente en páginas dispares. Es un poco más cuidadoso cuando logra la receta favorita del entrevistado quien, ya, con las defensas bajas, ni cuenta se ha dado del robo furtivo. Coco ama la cumbia, el jazz, el afro y Mozart. Ahí va su pata del “Reina del mar, ahí está el de los toros de Sevilla y el otro de la pensión de Hungría. Nació en Chosica pero es dueño del mundo. Jorge Salazar es generoso y desprendido", escribe su entrañable amiga, la fotógrafa, Daphne Zileri.

En 1987 Salazar publicó Poggi: la verdad del caso. 

"Por los años ochenta Jorge Salazar lucía su impresionante levedad sobre una mesa circular de madera, cubierta acomedidamente por el clásico mantel a cuadros, en el antiguo café El Koala de la calle Camaná, aferrado a un cigarrillo encendido y con un lapicero sobre un papel en blanco. Ningún escritor podía haber sido más delgado ni tener esos ojos que disparaban como mortales pistoletazos. Por entonces era periodista de la revista Caretas pero El Koala era su verdadero centro de trabajo. Allí atendía a sus invitados y daba vueltas sobre la crónica que le tocaba escribir cada semana. Sin embargo, Coco era apreciado por sus amigos no solo por su charla vertiginosa, sino porque era un cocinero exquisito y un amante obsesivo del fútbol, sobre el cual disertaba con pasión y sapiencia. Pero lo que desconcertaba a sus amigos, que se diluían en envidias de todos los calibres (seamos sinceros), era su facilidad para enamorar a mujeres bellísimas", cuenta el poeta y periodista Enrique Sánchez Hernani.

En 1992, después de 25 años de investigación del caso, publicó su novela La medianoche del japonés, reeditada en 1996 por la Universidad de San Martín de Porres.

Jorge Salazar fue el primer catedrático de gastronomía en el Perú.  En 1995 editó, compiló y es uno de los autores del libro La Academia en la Olla. Fue representante del Perú en el gran simposio internacional realizado en España para celebrar el V Centenario del Descubrimiento de América: Canarias, en la ruta de los Alimentos.

En el 2004 publicó el libro Crónicas Gastronómicas que ganó el Gourmand World Cookbook Awards 2005 como mejor libro de Literatura Gastronómica.

"Lo admirable es que, con todo lo que sabe de comida, Jorge Salazar come poco. Su deleite y ritual gastronómico se inicia con una honda contemplación del plato, en busca de la genealogía e historia que lo hace apetecible. Al iniciarse esta pesquisa –digamos, a partir de una pizca de tausí apenas percibible sobre un ala de pichón– vertiginosamente se sumerge en los miles de años que puedan haber detrás de  algún suceso histórico que tuviera dicho alimento como marco digestivo de fondo, que al entendimiento y argumentación de Salazar se hace protagonista principal por encima del hecho mismo. Cuando esto sucede y sucede siempre, el restaurante, el chifita de barrio, la modesta mesa de cocina –no importa el lugar–, se ve honrada por la presencia de ilustres espontáneos que nadie, salvo Salazar, podría invitar: faraones egipcios de paladar eterno, esclavos persas de papilas liberadas, algún apóstol goloso, o un guillotinado aristócrata francés, cabeza en mano, en busca de la mayonesa perfecta. Acudirán puntuales como el hambre. No me consta que esto suceda cuando Salazar come solo. Aunque dudo que alguna vez coma solo.En un país dolorosamente hambriento como el nuestro, en que el conocimiento gastronómico pasa por elitismo culturoso, moda de bolsillo caro, falso lujo del que recién aprende a comer sentado; para Salazar, y esto es aún más admirable, compartir una mesa es el mejor de los sabores posibles. A la mesa los hombres se hacen hermanos, dice. Tal vez por eso come poco, para que los demás prueben y sepan del placer que él conoce como mejor alimento que nos da la historia, nos da el comer, nos da el vivir; la generosidad. A la mesa y fuera de ella", recuerda el cronista Jaime Bedoya.

Pero Salazar fue también un investigador y analista del fútbol nacional e internacional. Fue asesor y colaborador de UNICEF en temas deportivos. Editó el libro 11 Historias de Fútbol (2000). Y escribió El libro de Oro del Club Sporting Cristal (2007)

"Puede hablar con experticia de todos los temas como si hubiera sido formado para cada cual de modo exclusivo. "Es un gran conversador", dice Juan Carlos Oblitas, quien lo conoció cuando Salazar lo entrevistó en los tempranos tiempos de su carrera deportiva. "Me gustaba conversar con él por su inteligencia", recuerda el legendario jugador. Con el tiempo, la amistad se prolongó a todos los campos. Alguna vez, cuando Oblitas tuvo a cargo la selección nacional, Salazar ofició de consejero psicológico del equipo. "La única vez que como técnico llegué tarde al bus que nos llevaba a entrenar fue en Buenos Aires. Se me pasó la hora conversando con él, desde las dos de la tarde, en que terminamos de almorzar, hasta pasadas las seis, en que debíamos salir", reseña el periodista David Hidalgo en su crónica sobre Jorge Salazar.

"Pareciera que el azar siempre ha compensado su generosidad. Sus amigos recuerdan haberlo visto brillar en los hipódromos. "He ido con él algunas veces y debo reconocer que me asombra su conocimiento, pero sobre todo su suerte", comenta Raúl Vargas. "Ha ganado fortunas en el hipódromo y las ha gastado todas invitando a los amigos o apoyando a los artistas", recuerda la poeta Rosina Valcárcel, amiga de los tiempos de quebradas costillas izquierdas", escribe David Hidalgo.

Jorge Salazar, es considerado, además, el mayor especialista nacional en crónicas policiales, de muerte y misterio y ha publicado cuatro volúmenes especializados sobre la Historia de la Noticia: A sangre y tinta (1996), La guerra y el crimen (2001), De matar y morir (2004) y La sangre derramada (2007).

El 2006 publicó su última novela Los papeles de Damasco.

"Sobre sus conocimientos de historia, geografía y filosofía su obra Los Papeles de Damasco nos dispensaría de mayor comentario aunque nos pondría en problemas de explicar cómo junto al humanista convivía el “burrero” apostador y el tahúr experto en todo tipo de juego de evite. Sí, he dicho bien. En él vivía un tahúr, sino que lo digan los diagramadores y el famoso corrector de Caretas, el señor Campodónico, a quienes inmisericordemente les ganaba sus buenos reales en los entretiempos del cierre de edición. Junten al jugador empedernido y al incansable periodista y obtendrán por necesario resultado una cajetilla permanentemente en la mano derecha, el encendedor en diestra y un pitillo en la boca. Así era “Coco”. Cuántas cosas más se podrían y se tendrían que decir de “Coco” pero modestamente y con el mayor de los afectos yo quisiera recordar al promotor de periodistas jóvenes. Pocos como él, con sus dotes de mago y de demiurgo supo atraer hacia el periodismo a muchos jóvenes, completamente disímiles entre sí. La mayoría de ellos talentosos o sencillamente furiosos y eventualmente confundidos sobre su propio futuro-. Algunos ejemplo que mi incipiente alzheimer me permite recordar: Laura Puertas, Mariela Balbi, Jaime Bedoya, Tomas D’Ornellas, “Cucky” Chesman, Delia Ackerman, Julio Heredia, Gabriela Ezeta. Parafraseando al trovador cubano había gente que quería y que odiaba a “Coco”. Imposible que hubiera sido de otro modo. De lo que sí estoy convencido es que lo suyo fue un milagro de sobrevivencia pues nadie como él practicó el deporte extremo de sacar absolutamente de quicio a Zileri dándole la contra hasta el infinito del alarido. Lo cual -conociendo a Enrique-, no es poca cosa", recuerda Benito Portocarrero.

El 2008, seleccionó las cartas, que se publicaron en el libro: Charlas con Soledad.

"En dos meses debo de terminar de corregir “La vuelta al mundo en 80 platos”, que será publicado por Alfaguara. También estoy preparando “La historia del fútbol peruano”, que la editará la Universidad San Martín de Porres en dos volúmenes y que debe estar lista para fines de este año", declaró, en su última entrevista, Jorge Salazar al periodista Tomasini Sinche López, en abril de 2007. En junio de 2015 a siete años de su partida, "La vuelta al mundo en 80 platos" se publicó bajo el título de: "Coma y punto" una exquisita sobremesa de la culinaria mundial. "La Historia del fútbol peruano" aún no ha sido publicada por la USMP.

"Hablar de Jorge Salazar es hablar de poesía. Su biografía está llena de rebeldía, aventura, arte; pero fundamentalmente de libertad. Es el mismo Jorge quien puede codearse y conversar diplomáticamente en inglés con la más rancia nobleza británica y al día siguiente, ser el faite más grosero en una esquina de Barrios Altos jugando a las cartas. Porque Jorge Salazar juega, porque para él la vida es eso. Pero también, este Jorge Salazar puede ser, al mismo tiempo, un catedrático erudito en la Universidad de Berlín y el más impaciente de los pacientes del INCOR (Instituto Nacional del Corazón), donde le sonríe con ironía a la muerte. Y lo hace sin miedo, como ha hecho todas las cosas en su vida", escribe la poeta Elma Murrugarra.

"Había leído sus libros y lo tenía por escritor notable, naturalmente ninguneado, lo que tampoco le quitaba el sueño. Reaccionaba así a una sociedad enfermamente racista y despreciativa hacia todo lo que no sea blanco y homogenizado. Inclusive ahora, en la hora de su muerte, se preguntan cómo una rubia pudo fijarse en él, culto, leído, viajado, pero azambado. Su enfermedad fue larga y dolorosa. Si tanto aguantó creo que fue al comprobar que amigos y alumnos eran su familia, cariñosa solidaridad que era cosecha de su bizarra y desmedida generosidad. Entre cirugías y el marcapasos con resucitador que le dio un tiempo extra fue grato verlo con sentido del humor y escribiendo, amparado por el inacabable y guerrero afecto de Elma y la paciencia de Saldaña. Debiéndole una visita –teníamos pendiente ver un dvd pirata sobre la vida de Gengis Khan y, si aguantaba, El Resplandor– su muerte me sorprendió a bordo de un avión. Los buenos recuerdos y la gratitud volaban sobre un oscuro cielo de pena", escribe Jaime Bedoya.
"Era de los que teniendo una cultura vasta y erudita, sabía conversar, pues instruía a los jóvenes. En el ambiente periodístico cosechaba envidia, algunas por las mujeres con las que andaba. No valoraba la riqueza material, sino lo que vivió en tantos viajes por el mundo, tantas lecturas y oficios. Su verdadera profesión fue la de un hombre que quería vivir. Que vivió la vida como quiso. Amado y odiado. Nunca se apartó del periodismo y murió sin riquezas. Su hija lo cuidó en sus últimos días y murió seguramente feliz a su lado", señala el periodista del diario el Trome, Patiño.

Jorge Salazar, no tuvo casa, ni carro; no tuvo bienes por decisión propia. Solo sus libros y sus verdaderos amigos. "En su departamento sus bienes se reducen a un primus, un tocacassette, dos máquinas de escribir –una prestada– y muchísimos libros en perfecto desorden. Cuando digo que no veo televisión la gente cree que es una pose. Cada vez que se le pregunta por su vida él responde recordando a un personaje de Stendhal, Soy Lorenzo, hombre libre... pero esclavo de mi amor. Su opción secreta en una sociedad encanallada. Donde los hombres son esclavos de los bienes. Al mismo tiempo le preocupa, por ejemplo, que el mejor premio que se les ofrezca a las voleybolistas sea la casa propia. ¿Por qué no mejor asegurarles educación para ellas, para sus hijos? Pero no, pues, ésta es una sociedad violentista donde los bienes están por encima de toda consideración.. Imagínate: gente que trabaja más de ocho horas al día, se mata pagando casa, refrigeradora, status –bienes– ¿qué tiempo tiene para amar?, ¿qué gana su espíritu y qué puede ofrecer a los demás? Por eso te digo que es una sociedad encanallada, por eso hay violencia... " lo retrata así Jaime Bedoya en una entrevista.

Jorge Salazar, se casó cuatro veces y se divorció cuatro veces. La mayor parte de su vida vivió en Inglaterra, Holanda, España y Alemania, de donde regresó, decía él, para morir en el Perú. Y así fue. El domingo 8 de junio de 2008, partió nuevamente a otro viaje cuyo destino tanto le intrigaba. 

Escritor, cocinero, bailador de flamenco y danza moderna, actor de cine, futbolista, hípico con suerte, historiador, revolucionario, psicoanalista, profesor y periodista fue Jorge Salazar. Sus restos descansan en el Campo Santo Mafre de Huachipa, cerquita de su querida Chosica. As14 G4. Y en su lápida dice como él lo pidió: Pasó por la vida y se dio cuenta. Siempre tiene flores. Alguien tan querido nunca estuvo ni está solo.


Compilación: Ángel Angulo.

La poesía no sirve para nada

por Jaime Bedoya

Jorge Salazar / Foto: Max Hernández
Mi hermano es poseedor de uno de los cuadernos* de poesía escritos a puño y letra por Luis Hernández Camarero. Ese tesoro fue un gentil regalo de Coco Salazar, el indescriptible vampiro diurno, gitano chosicano con visa vitalicia para transitar entre la realidad y lo imaginario sin despeinarse, tal como Hernández lo hacía, sin que el resto del mundo lo comprendiera. Nadie tiene porqué hacerlo.

Coco fue maestro, mentor y facilitador consular de un salvoconducto como el anteriormente mencionado. Un segundo padre que me llevó amablemente de vuelta al primero para luego convertirse en encantadora y fabulante amistad entre ambos. Cocinaba mientras contaba una de sus historias inverosímiles, como su noche con Laura Antonelli en Roma o sus charlas en un manicomio con Paul Tibbets, el piloto del Enola Gay que dejó caer la muerte atómica sobre Hiroshima. Si no era cierto, era ben trovato.

Coco era mi jefe y mi amigo. Por lo que cuando me enteré de que le había regalado el cuaderno de Hernández a mi hermano quedé desconcertado y con derecho a preguntarle porqué. Imposible. Coco ya había muerto. Como respuesta recordaba su sonrisa de niño travieso que acaba de atorar el wáter, mirando intubado en su departamento en las alturas de la avenida Benavides una película sobre Genghis Khan. Un hombre que estaba muriendo sonreía ante otro que conquistaba el mundo.

Luis Hernández / Foto: Carlos Hernández
Cuando hace unas semanas la Casa de la Literatura, esa antigua estación de tren donde aún se sigue viajando [1], anunció que montaba una muestra en torno a los cuadernos de Hernández pensé en ese cuaderno como si fuera mío [2]. Y entendí por qué no estaba en mis manos y a lo que Hernández se refiere cuando habla, como un mantra, de la soñada coherencia.

Fue gracias a Salazar que leí por vez primera la poesía de Hernández en ese mismo cuaderno. Quedé maravillado del viaje dimensional que una exquisita caligrafía, plumones Faber-Castell mediante, lograba convocar con el simple hecho de su lectura. Como en boca de un mago pero sin paloma escondida en la manga, esas palabras suponían magia. Me cagó, que es la escatológica manera limeña de decir me deslumbró sin atenuantes ni vuelta en u. Había que leer todo lo escrito por el poeta médico, obra desperdigada en cuadernos hechos semillas.

Fue gracias a Salazar que conocí a Max y a Carlos, hermanos del poeta ológrafo, fortuna que atesoro, espero que con el merecido esmero. Una conversación con Max es una cátedra no ajena a la remembranza emotiva, poderosa contención de la emoción ante la razón, ejercicio de la escuela taurina de Ronda, pensando en Antonio Ordóñez. Una reunión con Carlos, así sea electrónica pues escribe, plagia y fowardea sin parar desde Estados Unidos, es un deleite sentimental y nostálgico que abarca lo literario, la balada italiana, la dulce maldición del fútbol, und so weiter, es decir más cosas entre cielo y tierra que las que sospecha tu filosofía. En esos escritos Carlos lleva a la práctica lo que su hermano a los cuadernos: vivir es lo único que importa. O, como reza el lema de los tres hermanos Hernández, lo importante es la rosa. Apréndanlo.

Jorge Salazar y Max Hernández
Luis Hernández hizo de su escritura una extensión del juramento hipocrático: apartar el daño de los demás [3]. Su obra, flotante y dispersa en su forma física, es en espíritu un antídoto perseverante contra la medianía, la tristeza y lo unidimensional, guía cromática de los siete colores de Lima que enseña a ver lo mejor de lo peor reuniendo imaginariamente pero de verdad a los prófugos del mundo, amigos y hermanos, muertos o vivos —da lo mismo— como una familia extendida e invulnerable. Es un códice socarrón, festivo y amiguero como era el poeta, a pesar del peruano estigma de hacer de todo vate nacional un ser triste que llora a solas y se lava las manos con Thimolina Leonard [4].

Ese cuaderno, o cualquiera de los suyos aún perdidos, son como su poesía, de todos y de nadie. Como una de esas espectaculares puestas de sol con que la ciudad aleatoriamente sorprende y demuestra que no siempre lo gris es gris. Que es lo que de otra manera Coco decía a cada rato, la poesía no sirve para nada: solo para vivir.

La soñada coherencia, dijo el poeta.

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* Luis Hernández vivió algún tiempo en la casa de Jorge Salazar y fue a él a quien Hernández le regaló varios cuadernos, los mismos con los que Salazar colaboró para la compilación de Vox horrísona que editó Nicolás Yerovi.

[1] Estupendo el trabajo que ahí desempeñan Kristel Best, Joan Muñoz, entre otros. 
[2] El sol lila se inaugura el miércoles 26, a las 19:00, en la Casa de la Literatura (jirón Ancash 207 ). 
[3] Apolo, por quien juran los médicos, no es en vano también dios de la poesía. [4] Frase del poeta, grande, Alonso Ruiz Rosas.

Jorge Salazar el querido “Barón Dandy”

por Rolando Breña Pantoja 


Han pasado ya algunas semanas de la muerte de Jorge “Coco” Salazar. Yo no sé si le tengo una deuda. Porque hace algunos años, bastantes ciertamente, conversando con él en un encuentro casual (casuales fueron todos nuestros encuentros después de San Marcos), lo comprometí (creo que lo comprometí) a sentarnos una noche en un café para que en el transcurso de la noche entera hablara sobre su vida, para una biografía o algo parecido. Pero se murió y no sabré nunca si su promesa fue sólo una salida a mi majadería. 

Lo conocí cuando ingresé a San Marcos. 1962. Fue uno de los primeros comunistas que conocí personalmente. Era responsable de nosotros en nuestros Círculos de la Juventud Comunista en la Facultad de Letras. Recuerdo el grupo de adolescentes: Darío Rubio, Azparrent, Delgado, García-Godos, Luis Ojeda, María Tello, entre otros; en larguísimas reuniones para estudiar, discutir, organizar, conspirar, soñar con la revolución y el socialismo. Coco, siempre impaciente y apurado, mirando a los lados, como esperando permanentemente algo o a alguien. Hablando como quien da sentencias, casi entre susurros, como convenía a un buen conspirador; actuando, en un informe o en un análisis, como un experto mecánico desmontando una máquina, sin olvidar ninguna pieza suelta esencial o secundaria.

Coco Salazar nos sorprendía siempre con sus conocimientos. No había hecho político, internacional, nacional o universitario que no conociera lo suficiente para exponerlo, explicarlo y argumentar a favor o en contra. Y cómo bailaban sus ojos cuando se apasionaba en sus intervenciones o conversaciones. Tal era el cúmulo de datos y detalles que quería comunicar, que no parecía suficiente la velocidad de su verbo. 

Con un eterno cigarrillo quemándole los dedos. Con ternos casi extravagantes por su tremenda estrechez, que lo hacían más flaco (y lo era bastante), de colores no muy usuales, una delgadísima corbata (se podía creer que Jorge había dividido una corbata en dos). Los zapatos siempre bien lustrados, brillantes, enormes. Justamente por eso dejó de ser para nosotros “Coco”. Lo bautizamos como “El Barón Dandy”. El camarada “Barón Dandy”. 

La vida y los avatares políticos nos separaron. Quince o veinte años después lo encontré en la presentación de uno de sus libros. De allí las circunstancias nos juntaron de cuando en cuando. Al conversar no recordamos nunca los tiempos sanmarquinos. Al hablar de política, lo hacía como el médico forense al diseccionar un cadáver: preciso, seco, frío. Al hablar de cocina parecía tener delante una fuente del manjar que describía o cuya historia contaba. Al hablar de fútbol no había historia ni anécdota que no brotara como un torrente por la inmensidad de sus conocimientos, sus recuerdos, sus odios, sus amores. Esta nota acaba abruptamente, incompleta. Hasta la vista, mi querido “Barón Dandy”. 

 Lima, 30/7/2008

Jorge Salazar "El Camborio"

Por Ricardo Mitsuya

¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!

A mediados de la década de los sesenta, caminando una tarde por la Gran Vía de Madrid, conocí a Jorge Salazar. Yo iba tras mis sueños de torero, él era un exiliado político, pues había pertenecido a la juventud rebelde de los guerrilleros de aquel entonces. Salazar escribía, bailaba y era actor de cine por esos tiempos.

"Yo iba tras mis sueños de torero"
Desde el primer momento existió una empatía entre ambos. Recuerdo que conversamos largamente hasta el anochecer, sentados en la cafetería Manila de la esquina Gran Vía y la plazuela Callao. Hablamos de todo, del Perú, especialmente de literatura; dentro de la conversación yo le dije: “Me gustaría escribir sobre el septuple asesinato de Mamoru Shimizu”. Jorge me respondió como un resorte: “Carajo, no te metas con eso, que yo llevo cinco años investigando el caso”. A lo que le respondí aliviado: “Si alguien va a escribir sobre Mamoru y no es de la colonia japonesa, mejor. Porque si yo lo escribo, van a pensar que trataré de exculparlo y no seré imparcial”.

Veinticinco años después, cuando Jorge tuvo el gesto de invitarme para que yo sea uno de los presentadores de ese libro, "La medianoche del japonés", junto con el prestigioso psicoanalista Max Hernández, en una casona de Barranco. Yo conté esta anécdota para corroborar que verdaderamente Jorge Salazar había venido trabajando ese libro por más de 25 años.

Jorge Salazar también ha publicado los libros: "Piensan que estamos muertos", escrito alimón con Alaín Elías, el guerrillero que estuvo en la misma balsa que el poeta Javier Heraud cuando fue acribillado por el ejército. Después escribió "La ópera de los fantasmas" que relata los trágicos acontecimientos del Estadio Nacional cuando murieron más de 400 personas en el partido Perú - Argentina.

"Salazar escribía, bailaba y era actor de cine por esos tiempos"
A Jorge Salazar sus amigos cariñosamente le dicen Coco, pero en España los peruanos que trabajamos con él haciendo películas de cine, cuando Hollywood se mudó a Almería, le decíamos Camborio, en alusión a ese personaje gitano creado por el prodigioso poeta Federico García Lorca.

Yo creo que a Jorge le va más exacto eso de Camborio, porque en el fondo de su mirada brilla la fiebre trágica de los gitanos; de tez oscura como los gitanos de verde luna, acostumbrado a convivir con la muerte y escarbando ese misterio para tratar de comprender la vida. ¡Ese es mi amigo Camborio, gitano de verde luna!

Perú Shimpo Diario Peruano-Japonés
Foto: Ricardo Mitsuya Higa

La economía nipona al menú popular



(De la influencia japonesa sobre la cocina peruana)

No, no se trata de hacer ejercicios de cinismo o de soberbia. En verdad, no sé bien de qué se trata; pero al terminar de leer un reciente y casi lujoso recetario de cocina, se me vino a la cabeza una frase que, conversando sobre gastronomía y futuro, me soltó hace unos pocos años un bien conocido e inteligente escritor español: “En nuestros países tan soberbiamente incultos, toda la gloria del sabor y saber gastronómico se la cargan los comerciantes y sus ideólogos de pacotilla”. Se trata de darle la razón a mi amigo Xavier Domingo y señalar nada más que eso: la cada vez más notoria presencia de supuestos teóricos y especialistas gastronómicos, tragones de lujo, que cada día que pueden tratan de hacer comer al público gato por liebre. Coma. 

II 
Por supuesto que la responsable de los desaguisados teóricos no es la espléndida cocinera cuyo restaurante y carta culinaria han sido tomados como pretexto para realizar un negocio redondo con un arte que bien puede estar, como señalaba Grimod de la Reyniére, en la cima de la cultura. Tampoco uno es tan papanatas como para no entender los conceptos económicos que, hoy por hoy, transitan no solamente por la gastronomía y la cocina, sino por todas las actividades humanas, sean estas creativas o no. Pero lo que no se puede hacer es convertir la historia del arte y la ciencia del buen comer en lugar común con destino inmediato: llenarse los bolsillos de sonoras monedas y sanseacabó. Coma. 

III
Hablar o escribir sobre una positiva influencia de la cocina japonesa sobre la peruana puede ser tan peligroso como apoyar ciegamente las medidas de cualquier régimen político. La historia también sirve para dar recetas y enseñanzas, como que el mundo da vueltas. Y si bien es cierto que hoy la llamada comida japonesa se ha puesto de moda, también es real que algunos conceptos usados hace poco por los comerciantes japoneses de comida nacional han pervertido muchas delicias y delicadezas de la también llamada “comida criolla” del Perú. Creo que bastaría mencionar algunos platos tan cercanos a la idiosincrasia nacional como el cau-cau, la patita con maní, el cebiche o los tallarines, para mostrar la desnaturalización que ha causado el sentido de la economía de muchos comerciantes de comida de origen nipón. Delicias de las que las nuevas generaciones no tendrán memoria. Y como no se puede extrañar lo que no se conoce, la ignorancia premia y peca. Coma.

IV
En el Perú, será recién a partir de la década de 1950 que, superadas las barreras de la xenofobia contra los japoneses, los inmigrantes nipones y sus descendientes se integrarán con mayor plenitud a la sociedad peruana. Esta integración también se producirá en el rubro de la alimentación popular y sus servicios. Así pues, a partir de la señalada década, las ciudades de la costa, principalmente Lima, contarán con una masiva presencia de esa comunidad en cafés y restaurantes de comida popular tradicional, que alcanzarán gran aceptación entre los sectores menos pudientes de la sociedad. Lo novedoso de la incursión japonesa en los predios de la cocina de esos años lo constituyó no el hecho de aportar ingredientes, técnicas o preparados culinarios de origen japonés, sino el abaratamiento de muchos platos criollos, empobreciéndolos. Coma. 

Habrá que esperar hasta la década de 1980 para que lo japonés haga noticia en el mundo de la cocina y la gastronomía nacional merced a lo que alguien denominará la cocina “nikkei”; es decir, aquellos preparados criollos a base de pescados y mariscos elaborados por descendientes de japoneses, quienes pondrán en boga una especie de variante del tradicional cebiche, el sashimi, un plato de entrada elaborado a base de alargados trozos de pescado crudo, sazonados con salsa de soya o “sillao”. La, si se quiere, no muy cuantiosa influencia de lo japonés en el gusto nacional, probablemente se deba, por una parte, a lo frugal y austero de la tradicional dieta nipona y, de otro lado, a que los preparados más sofisticados de esa cocina, al igual que toda la comida del sudeste asiático, tiene un histórico y marcado origen chino. Coma. 

VI

A menudo se olvida o se desconoce que la gastronomía japonesa es muy reciente, dado que Japón, históricamente, fue un pueblo pobre sin riqueza agrícola ni ganadera, a lo que se agrega la tradición budista Zen que exige una alimentación bucólica, vegetariana, para evitar quebrantar el mandato religioso que prohíbe el sacrificio de animales. Recién a partir del siglo XIX, Japón empezará a degustar la carne. Sin embargo, los logros alcanzados en el campo económico, tecnológico e industrial han conseguido, de rebote, dar fama y popularidad a una gastronomía que, sin esos impulsos extraculinarios, no hubiese llegado al lugar que hoy ocupa. Pero las cosas son como están hechas, y no de otro modo. Las actuales delicias tenidas como japonesas tienen un solo y casi natural origen: la China milenaria, nación alfabetizadora de todo aquello que llamamos Lejano Oriente. Punto.

Del libro COMA Y PUNTO de Jorge Salazar (Aguilar, 2015)